Afirmar hoy en día que un niño tiene mucha imaginación, produce temor. «¿Podrá ganarse la vida con eso?» parece ser el primer pensamiento que surge en la mente de los adultos. Lo cierto es que la imaginación se necesita para todo, pero, en especial, para ser mejor persona, para poder tener sentimientos que nos permitan acercarnos a los demás; ponernos en sus zapatos.

Cuando nosotros íbamos a la escuela dibujábamos personas haciendo palotes y círculos. Era nuestro modo de expresarnos. Eran dibujos pequeños, realizados con lápiz y al que aplicábamos un poco de color.

Hoy se envía a los pequeños, me parece a mí, demasiado pronto al colegio. Se me dirá que así es la vida moderna, bueno, a mí esa respuesta no me consuela, porque si así es la vida, deberíamos estar haciendo algo para cambiarla.

Cuando uno de mis nietos era más pequeño volvía del colegio con esos cuadernillos que sirven de complemento de tareas. En ellos hay unos dibujos que abarcan el tamaño de un folio; gigantes, a mi modesto entender, para las manitas de un niño. Los niños deben destinar mucho tiempo a esa tarea, para ver finalmente una figura pintada. Y yo me pregunto: ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué deben realizar ese tipo de tareas? ¿Para qué? ¿Con beneficio para quién? No quiero pensar que para las editoriales. ¿Acaso es una manera de mantener quietos a los niños en clase? Yo prefiero mil veces uno de sus espontáneos dibujos que tanto nos alegran. Allí hay nubes de colores, gente hecha con palotes y redondeles, ventanas y puertas con forma de corazones; estrellas que sonríen.

Pero aún sabiendo que eso me molestaba, lo que más me dolía era oírle cantar mientras pintaba esos folios, lo mismo que cantaban en el colegio, en un run-rún monótono, supongo. Dice la canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito».

Si enseñamos a los niños a no salirse de esos marcos que les son impuestos, ¿cómo vamos a favorecer su imaginación? ¿Cómo vamos a creer que la imaginación es algo valioso? ¿Es que no salirse de la línea de esas figuras es un gran logro? De verdad: ¿no hay mejores métodos? Si se trata de aumentar su autoestima y no de ocupar un espacio de tiempo en el que las manecillas del reloj marcan y marcan las horas, dejémosles en libertad para pintar el mundo como ellos lo perciben.

Sé, y lamento saberlo, de alguna maestra que prohíbe usar de entre los lápices de colores, el negro. ¿Cuándo, me pregunto, de qué modo, en cuántos años, han cambiado tanto las cosas? ¿Qué miedo hay de que los niños pinten dibujos oscuros o expresen cosas desagradables? ¿Desagradables para quién? Si los hacen, ¿no será porque su vida es triste? Simplemente, estarán expresando lo que sienten. Sé de colegios en donde no se festeja el día del padre o de la madre, porque en ellos hay muchos niños que tienen sus padres divorciados. Sé de otro, donde ante la misma situación, optaron por festejar «el día de la familia», una elección que les pareció respetuosa hacia todas las sensibilidades. Pero la pregunta es: ¿de los niños o de los adultos?

En nuestros tiempos, si llegaba el día del padre o de la madre y estos estaban separados (no había divorcio entonces) o alguno había fallecido, a todos sin excepción, nos tocaba hacer en clase una tarea sobre el tema o preparar un regalito. ¿Eso nos hacía más débiles? Sin duda, nos hizo más fuertes. Aceptábamos nuestra situación, nos reconocíamos valientes, y sabíamos que tendríamos que salir adelante.

Me duele esa canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo…». Porque por ese camino, el de pintar por el filito y no salirse, se llega al primer empleo o a la universidad y acaso allí, también te pedirán más de lo mismo.

En fin, de verdad, no sé en qué laberinto nos hemos perdido, debe ser uno de esos que hay en esos folios enormes que pintan y repintan los niños de hoy a temprana edad en los colegios, mientras cantan esa insípida canción («Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito»).Pero, sinceramente lo digo, creo que no nos haría nada mal retroceder un poquito, y mirar ciertas cosas buenas del pasado, en la que a los niños se los reconocía por lo que eran: pequeñas y pequeños valientes capaces de asumir el mundo real.

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