Foto: Naomi Savage.

Nadie, ni siquiera hoy, el día que es de obligado cumplimiento escribir unas palabras a modo de obituario, puede aclarar quién fue realmente Philip Roth. Su grandeza se irá conociendo poco a poco, conforme el paso de los años vaya dejando ver la oquedad dejada en las letras estadounidenses, anglosajonas y universales por la muerte de este escritor estadounidense nacido en Newark (New Jersey) en 1933 y de ascendencia judía. Otro grande que llama al Olimpo de los grandes entre los grandes sin Nobel. Borges, Joyce, Kafka, Virginia Woolf y un puñado de selectos lo acompañan ya para siempre.

Pero Roth no ha querido irse sin ofrecerle un regalo a fondo perdido a sus millones de fieles seguidores en todo el mundo: el solitario y contradictorio Nathan Zuckerman será ya para siempre propiedad de sus lectores, un delicioso álter ego del escritor, o un ‘álter mente’, como el mismo escritor lo denominaba, que hizo las delicias con novelas míticas como las que conforman la Trilogía americana (Pastoral americana, 1997; Me casé con un comunista, 1998, y La mancha humana, 2000), o también La visita al maestro (1979), Zuckerman desencadenado (1981) o La lección de anatomía (1983).

Se hace muy difícil poner el foco en una única novela, un ensayo o un libro que haya marcado la impresionante trayectoria literaria de Roth. Cada lector tendrá su obra preferida en la mesilla de noche, sin duda, pero si no hay más remedio que seleccionarla habría que colocar con letras de oro dos de las muchas que ha escrito: El lamento de Portnoy (1969) y Pastoral americana, protagonizada por su mítico Seymour Levov, el Sueco, novela con la que obtuvo el Pulitzer en 1998 y se convirtió en referente de la literatura que se hacía de Estados Unidos.

Sus novelas son el fiel retrato negro sobre blanco de todo un país, de sus traumas, sus obsesiones, su personalidad, la convivencia entre comunidades de distinto signo religioso, étnico o cultural…

Pese a que Nathan Zuckerman quedará como su entrañable álter ego, otro protagonista mítico se graba para siempre en la mente de los lectores una vez leída la novela: Alexander Portnoy. Este joven obsesivo sexual nos adentra, entre cínicas y satíricas reflexiones monologadas a modo de una extensa sesión de psicoanálisis, en la mentalidad de la comunidad judía de Estados Unidos, marcada por una religión que determina todo una forma de vida.

No por no haber sido nunca merecedor del Nobel, aunque sí eterno candidato, dejó de recibir galardones: el National Book Awards en dos ocasiones, otros tantos National Book Critics, tres PEN/Faulkner Awards, un Man Booker International, amén del Pulitzer mencionado por Pastoral americana. Y como colofón el Príncipe de Asturias de las Letras de 2012, el año que decidió de motu proprio colgar la pluma definitivamente. El jurado de este galardón dijo de Roth: “La obra narrativa de Philip Roth forma parte de la gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Bellow o Malamud. Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente. Posee una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva”.

Todo esto y mucho más se puede decir del estilo literario de Roth, cuyas novelas se devoran mientras se disfruta al unísono con tramas que son mucho más que meras andanzas y vivencias de seres concretos. Son el fiel retrato negro sobre blanco de todo un país, de sus traumas, sus obsesiones, su personalidad, la convivencia entre comunidades de distinto signo religioso, étnico o cultural, las ambiciones, los ideales…

En definitiva, Roth es el gran cronista de toda una época de un inmenso país como es Estados Unidos, pero en todo momento determinada su peculiar visión de nación por su ascendencia asquenazi. Con Philip Roth se cierra toda una generación de grandes escritores estadounidenses entre los grandes, todos ellos con alguna ansiada Gran Novela Americana entre su bibliografía. Saul Bellow, John Updike, Bernard Malamud, y Norman Mailer cierran el círculo.

Roth, junto a Primo Levi.

En su libro El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras, Roth recoge conversaciones, encuentros y charlas con colegas abordando temas como la literatura, la religión, la política, la sexualidad, el exilio y la supervivencia ante la barbarie nazi. En 1986 viajó en 1986 para conversar con Primo Levi en su domicilio de Turín. Allí, le dice al autor de Si esto es un hombre: “Hay algo que no debería resultarnos tan sorprendente como en principio parece, y es que los escritores dividen al resto de la humanidad en dos categorías: los que escuchan y los que no escuchan”. Con la literatura de Philip Roth somos todo oídos. Sigamos disfrutando de Nathan Zuckerman, es su regalo a fondo perdido. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

quince − cuatro =