Y ETA se desarmó. La presión social, el signo de los tiempos y la continua lucha de las fuerzas de seguridad del Estado han llevado a la banda terrorista al camino de la disolución. Escenificarán, con toda seguridad, un acto de propaganda con la entrega de las armas. Lo mismo hizo el IRA en su momento. Mas, por mucha propaganda que quieran utilizar, dan el paso a la civilización. La Ilustración (o Iluminismo como dicen en Latinoamérica) tenía como fin último civilizar la humanidad y que las guerras fueran sustituidas por la razón. La paz perpetua de Immanuel Kant es el más valioso ejemplo de ese comportamiento civilizado a nivel universal. Desde luego está muy lejos de conseguirse pero cualquier desarme es un avance en ese sentido.

Sin embargo, el ser humano tiene su propia cultura, inscrita en el inconsciente colectivo, que se va alimentando de los diversos discursos racionales y emocionales que encuentra a lo largo de su vida. La ideología, como uno de los discursos colectivos, determina en parte todo ese corpus mental que el ser humano debe manejar en su día a día. La ideología, como el río que lleva agua potable o impura, llena el recipiente del ser aparece de manera inconsciente en el día a día. Así ha pasado con el desarme de ETA. Por un lado, han aparecido aquellos para los que ETA no era más que un cuerpo de gudaris frente al imperialismo español (ideología nacionalista) y, por otro, todas esas personas que sólo entienden el final como una victoria total y aplastante (ideología conservadora). En medio queda una masa silenciosa. Una masa racional o, simplemente, apática. Desde luego ni la primera, ni la segunda son producto de la Ilustración, ni de la cultura cristiana como se verá.

El ciudadano impecablemente implacable

La principal alegría de los demócratas se sintió en 2011 cuando ETA comunicó que llevaría a cabo una tregua final. Esto no es más que la coletilla de aquello, pero no deja de ser una buena noticia para todos aquellos que desean el progreso humano. Que alguien decida no matar, cuando tiene los medios para ello, es alentador y supone un triunfo de lo racional frente a lo irracional. Hace años el profesor Rafael del Águila acuñó dos conceptos de ciudadano respecto a la razón de Estado: el ciudadano impecable y el ciudadano implacable. El primer tipo de ciudadano es aquel que antepone la ética y lo justo a la razón de Estado. El segundo, por su parte, antepone la razón de Estado (“el fin justifica los medios”) a cualquier componenda ética.

Estos dos tipos de ciudadano se pueden trasladar a otras actuaciones de la vida pública como la guerra, la acción político-ideológica o el terrorismo (sea de Estado o no). El ciudadano impecable siempre intentará esgrimir la justicia, lo ético y lo universal frente al ciudadano implacable que aceptará atajos y medias verdades (por no decir, falsedades). Si se mira a derecha e izquierda, comportamientos similares son habituales en unas u otras personas. Es casi consustancial a la formación del propio ser humano. Los hay más idealistas y existen los más realistas. Sin embargo, en algunos temas aparece un tipo de ciudadano para el que defender lo justo, lo ético y la ley debe llevarse hasta sus últimas consecuencias. Claro, habría que decir, “lo que él o ella creen justo o ético”. Es el ciudadano impecablemente implacable. Es este tipo de ciudadanía la que alimenta dentro de sí el discurso del Odio y lo proyecta a la sociedad.

El discurso del Odio hoy

En toda España se ha sufrido el terror de ETA, el mirar debajo del coche, no ir en ciertas ocasiones a centros comerciales por miedo, etcétera. Eso ha sido doblemente sangrante en el País Vasco porque no sólo existía el miedo a perder la vida en sí, sino que los etarras sembraban el miedo incluso a vivir bajo la propia forma de ser. Han pasado años negando al ser que no era igual o se adaptaba a su ideología. Unos murieron pero a otros quisieron enterrarles en vida. Esto tuvo como consecuencia que el odio fuese alimentado dentro de cada uno de aquellos que estaban no-viviendo el día a día. Pero también hubo muchísimas personas que entendieron que no sólo había que ganarles con las leyes sino con la razón. Ciudadanos impecables que mediante el uso de la razón, la ética y la justicia intentaban día a día convencer a los contrarios que ese no era el camino.

A la par surgían, como no puede ser de otro modo, ciudadanos implacablemente impecables. Querían que la ética y lo justo reinase sobre toda España, pero a costa de no dialogar, de imponer por todos los medios (no punibles) su discurso. Esto es, enfrentar a la alteridad. También hubo ciudadanos implacables que directamente utilizaron las mismas armas que los terroristas, recuérdense la Triple AAA, el Batallón Vasco Francés o el GAL. Pero el enfrentamiento con la alteridad, por mucha invocación a lo justo que se haga, sólo servía para alimentar en el otro (el que podía matar) su discurso. Venían a ser dos vasos comunicantes al fin y al cabo. Ahora ya ha claudicado una de las partes, la que mataba. Sin embargo, la otra parte sigue en un discurso, que parece muy ético, pero está lleno de rencor y odio.

Es comprensible que muchas personas clamen justicia divina por todos los muertos que ha dejado esta salvajada, pero ha llegado el momento de atemperar y no de la venganza. El diálogo, que en muchas ocasiones faltó, debe seguir siendo el primer paso para todo el proceso que viene. En nada ayudan portadas como la de La Razón donde se muestran los casos sin resolver, una pistola apuntando al lector y las supuestas armas que no entregarán. Es conocido que Francisco Marhuenda tiene grandes amigos en Interior y le pasaron esos datos, pero sólo alimenta el odio y la desconfianza. Y en algunos casos el sonrojo porque 5 toneladas de explosivos en seis años y sin cuidados deben ser hoy en día fosfatina. Eso si no las vendieron hace muchos años ya a las gentes de las primaveras árabes o algún grupo terrorista de la antigua Unión Soviética.

Ni liberales, ni cristianos

Lo del periódico conservador se suma a la campaña contra la impunidad de un colectivo de personas que piden justicia eterna para los que queden en ETA. Recuerdan, como hace Marhuenda, que aún quedan casos sin saber quiénes fueron los asesinos. En especial resulta chocante cuando lo dice alguien como Rafael Hernando, el portavoz de las fuerzas del mal, que niega a las miles de familias que tienen muertos en las cunetas la posibilidad de un entierro digno. O cuando los que piden cuentas desean arrasar a los islamistas en Siria o donde haga falta. Lo justo de manera implacable siempre. Además es curioso que este mismo tipo de comportamiento se produzca en otros países donde se han iniciado procesos de paz, como en Colombia. Los mismos posicionamientos ideológicos y las mismas peticiones. Venganza pero sin decirlo. Guerra justa, pero guerra.

Es curioso que estos ciudadanos impecablemente implacables se digan, en su mayoría, liberales y cristianos porque chocan frontalmente con el ser de las propias doctrinas. El liberalismo político, hijo predilecto de la Ilustración, tiene inserta la ética kantiana que propugna: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan”. Incluso en su versión de ética utilitaria, el diálogo procuraría la mayor felicidad a la mayoría. Si el odio persiste nada, ni nadie puede asegurar que no volviesen a las armas. Eso se hizo durante la transición donde unos (la izquierda) dialogó con otros (los franquistas) en pos de una virtud más elevada. Y es curioso como los liberales actuales hablen del sacrosanto consenso transitivo y ahora lo nieguen. Parece que quieren la sangre del enemigo caído. Mal camino para la convivencia.

Y en su aspecto cristiano recuerdan más a Salmo 69:25-26: “Derrama tu enojo sobre ellos, los alcance al ardor de tu cólera; su recinto quede hecho un desierto, en sus tiendas no haya quien habite”. O que invoquen al dios del Salmo 94:1: “¡Dios de las venganzas, Yahveh, Dios de las venganzas, aparece! ¡Levántate, juez de la Tierra, da su merecido a los soberbios!”. Podrían recurrir al Salmo 103:8-9: “Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor, no se querella eternamente, ni para siempre guarda su rencor”. Esto, claro, es el Antiguo Testamento y es mucho más utilizado por, paradójicamente, evangelistas, baptistas y demás protestante. Pero incluso la palabra de Jesús de Nazaret deja una muestra de amor por el prójimo que no se encuentra en estas personas de cilicio y cruz al hombro.

Tomen las bienaventuranzas en Mateo 5:6-7, o si lo prefieren Lucas 6:27-28: “Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen”. Y, cómo no, Marcos 12:31 “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Ninguno parece haber asimilado estas enseñanzas éticas de su propia fe religiosa. Prefieren las siete trompetas del Apocalipsis o la posterioridad de los mil años. No parecen cristianos, ni liberales.

Es tiempo de diálogo y de sacrificio porque la virtud de los demócratas es la deliberación, el uso de razón y el intento de progresar para obtener un mundo mejor. La lucha entre razón e inconsciente (individual o colectivo) sigue siendo un batalla cotidiana. En este caso hay posiciones racionales y viscerales. Las primeras posibilitan el progreso humano, las segundas la retroalimentación del odio, por muy éticos que parezcan sus postulados. Se puede comprender a las víctimas, nunca al victimario. Hoy en día es tiempo de hablar sin necesidad de humillarse, pero sin imposiciones excesivas.

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