La intención del gobierno mexicano, encabezado por el presidente, Enrique Peña Nieto, y el secretario de Defensa y responsable de las Fuerzas Armadas, Salvador Cienfuegos, de aprobar una ley que perpetúe la presencia de los militares en la calle, no parece lo suficientemente fiable para luchar contra el crimen organizado, teniendo en cuenta que desde el año 2006, una enorme cantidad de miembros del Ejército y la Armada han sustituido a la policía, y los resultados no parecen dar razón a que la aprobación de dicha ley vaya a cambiar nada en cuestión.

México, en la actualidad, es un desgarro de sangre, un país en alerta, una incredulidad para quién observa desde fuera, un desatino incorregible que no parece trazar una ecuación viable que organice una resolución posible, o al menos, trazo alguno que bosqueje por dónde comenzar a fraguar algún arquetipo factible.

Hay que recordar que, México ha acabado el año 2017 con una cifra de alrededor de 27000 muertes violentas, y que la solución de perpetuar los militares en la calle, anulando toda posibilidad de crear una policía fiable en todo el país, solo parece otro parche más, otra salida para callar bocas y sostener una idea que se tambalea, una política errónea, y en múltiples casos, salpicada por la propia corrupción del crimen organizado y los narcotraficantes.

Cuando en el año 2006 se autorizó a los militares a patrullar las calles de México para intentar derrocar el crimen organizado, las víctimas siguieron creciendo durante los siguientes años hasta el 2011.   Solo en los tres años posteriores a este, hubo una disminución de los mismos, pero nuevamente, a partir de 2014, los asesinatos se incrementaron hasta alcanzar el año presente una cifra de alrededor 80 víctimas al día, siendo el 2017 el más violento de los últimos veinte años.

Una vez más, los parches del tablero político tienden más a maquillar las grietas que a repararlas. La levedad de parecer sigue siendo un engaño del presente, pero no el pilar donde sostener estructuras sostenibles.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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