Un periódico ya no es tan siquiera aquel papel de ínfima calidad entintado hasta el tuétano con el que algunos envolvían el pescado del día siguiente saltándose las normas sanitarias más fundamentales. Hoy es mucho más que eso, porque ya no ensucia los alimentos, pero sí puede llegar a contaminar, sobre todo la mente de los lectores si se eligen los canales erróneos de información. Pero algo que indudablemente sí sigue manteniendo una plena vigencia es el periodismo, la profesión más bella del mundo, que dijo el Nobel colombiano que contó Cien años de soledad.

Con esta obra de referencia “uno descubre a partes iguales la revolución rusa y el periodismo en estado puro”

Eso es precisamente lo que hizo hace un siglo el revolucionario, escritor y periodista norteamericano John Reed cuando, sobre el terreno, decidió ver con sus propios ojos qué pasaba en la Rusia que se desmoronaba del recién eliminado zar y contarlo al mundo entero tal y como lo sentía, como lo veía; en definitiva, como fueron los hechos con todo lujo de detalles. Diez días que estremecieron al mundo es un título de cabecera para cualquier estudiante de Periodismo, para cualquier apasionado de la Historia y de las historias bien contadas.

En el prólogo de la edición preparada por Antonio J. Antón Fernández para la editorial Siglo XXI, Pascual Serrano asegura que “uno de los mayores sucesos históricos es la revolución rusa, uno de los grandes periodistas que lograba explicar el mundo era John Reed, y el libro con el que ese periodista ese momento clave en la historia de la humanidad es Diez días que estremecieron el mundo”.

Serrano constata que con este libro de referencia “uno descubre a partes iguales la revolución rusa y el periodismo en estado puro”.

Una aseveración tajante que da buena muestra de la dimensión histórica de un producto que nació como trabajo periodístico, y continuó su crecimiento hasta encumbrarse por méritos propios en vector de referencia para la Historia con mayúsculas. Y esto es así más allá de filias y fobias pro y anti comunistas al uso, pro y anti cualquier movimiento izquierdista que defienda, ampare o denigre qué supuso para esa misma Historia con mayúsculas aquella revolución que marcó para siempre el designio de los tiempos, como así ha quedado demostrado al hacer balance de aquellos hechos un siglo después.

Serrano asegura que este periodismo “revolucionario” utiliza los mejores instrumentos de esta bella profesión: “sencillez, belleza, emoción, profundidad”. Hasta alguien llamado Vladímir Ilich Uliánov, más conocido por el sobrenombre de Lenin, recomendó este libro “con todo el alma a los obreros de todos los países” para dar a conocer lo que según él era la “revolución planetaria” y la “dictadura del proletariado”.

No cabe duda alguna de que el periodismo corría de arriba abajo por las venas de este norteamericano atípico, enterrado con honores militares en la necrópolis de la Muralla del Kremlin, junto al mausoleo levantado en honor de Lenin, después de morir prematuramente a causa del tifus otro mes de octubre tres años después del octubre más famoso del siglo XX.

Esta pasión por su profesión él la dejó plasmada de cabo a rabo con el compromiso y la veracidad que sólo los grandes periodistas son capaces de lograr. Por algo reconoce al comienzo del libro que las fuentes principales utilizadas para este libros son sus propios “apuntes”. Periodismo se llama esto. Y ahora que venga cualquiera un siglo después a rebatirle la veracidad de lo contado.

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