Por fin. Por fin ha sonado la campana. Se acabó el temblor en las manos y en las piernas. Los golpes y las voces. Los aplausos y la estupidez. El odio y las reverencias. Ha sido largo, muy largo, el combate. El gran combate que los engloba a todos. Pero ya no será necesario volver a subirse jamás al ring.

“Pegas como una nena” susurra a la vida, no hay rival tan duro y pertinaz, el mejor boxeador de todos los tiempos, el gran orador, la estrella mediática, el incansable y siempre original bailarín Cassius Clay, Muhammad Ali.

“Pegas como una nena”, se lo susurra a la oreja a la vida como se lo susurraba a la pared de músculos llamada George Foreman en Kinsasa, como se lo escupía a Frazier, y a cualquiera que pensase podría acabar con él.

Muchas veces, a solas, desde que comenzó el castigo en los riñones, la cabeza, el estómago… la enfermedad de Parkinson machacándole hasta el alma, se decía a sí mismo la frase que sin embargo jamás dejaba que saliese de su boca: “Me tendría que haber muerto a tiempo, joder”. Pero era demasiado fuerte, y había algo salvaje en él que le impedía tirar la toalla. La toalla de seguir respirando y vivir.

Antes o después, sin embargo, tendría que sonar la campana, la que le sacase para siempre del ring. Y por fin. Ding ding ding. Música celestial para los oídos del rey. Ya había terminado el gran combate, ya se podía ir. Miró a la vida por última vez, borrosa y desdibujada. Y sonrió. Bah, no había sido para tanto. O sí. Pero él había sabido resistir. Y antes de desaparecer por completo, de convertirse en recuerdo y personaje inmortal, buscó la oreja del gran rival y lo susurró, burlón, campeón, maestro bailarín, otra vez:

“¿Esto es lo más duro que sabes hacer? Pegas como una nena, vida. Y yo soy, y seré, para siempre, hasta el final de los tiempos, mientras exista memoria en la humanidad, Muhammad Ali. Y Cassius Clay”.

Tigre tigre.

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