Es muy fácil convertir a alguien en víctima. Sólo es necesario que desde todos los puntos y frentes posibles se le ataque sin compasión y traten de hacerle culpable de una situación de la que no es culpable en solitario.

A Pedro Sánchez lo han convertido en una víctima. Los ataques despiadados de medios de comunicación como El País, antaño medio progresista, hoy convertido en un periódico de claro corte neoliberal y más cercano al centro derecha, junto a los continuados órdagos lanzados por los barones del partido, en especial por parte de Susana Díaz, dueña de su particular cortijo andaluz, han hecho de Sánchez la víctima perfecta. Esa persona presa de sus circunstancias por la que todos sentimos algo de pena y compasión.

Me recuerda Pedro Sánchez a esos personajes de Kafka atrapados por su propia tragedia y que al final logran causarnos lástima y compasión. Desgraciadamente la historia siempre recuerda mejor el nombre de los culpables que el de la víctimas. Y visto lo visto a Pedro Sánchez, borrado de un plumazo por el todopoderoso Felipe González, no lo va a recordar nadie.

Mucho más a mi razón cuando gran parte del aparato y algún sector de la militancia socialista, sobre todo por aquí en Andalucía, sigue fiel, cual zombi de serie B, a la todopoderosa líder y a sus dictados. Susana Díaz representa lo que nunca me gustó de la política. Un personaje que ha echado los dientes en este tinglado desde muy joven y que se ha perpetuado en su liderazgo a base de juegos de tronos, no permitiendo que nadie alce la voz en su contra y cortando cualquier atisbo de disidencia en el seno de su partido. Si no, pregunten al alcalde de Jun y su intento de presentarse a las primarias andaluzas, que fue cercenado de raíz por el aparato “susanista” por miedo a que la militancia la mandase a paseo.

Me decía un amigo que Susana Díaz era como la cerveza Cruzcampo, que gusta mucho en Andalucía pero que de Despeñaperros para arriba no gustaba tanto. No vamos a hablar de los gustos cerveceros españoles pero no le falta razón a mi amigo. Y ese es el miedo de Susana Díaz y lo que con toda seguridad ha sido impedimento hasta ahora para tomar el poder en el PSOE a nivel nacional. Sabe que sus fieles se cuentan por miles en la federación que dirige, muy controlada por un aparato todopoderoso y por el sistema de guillotinar a todo lo que huela a disidencia, pero también es consciente de que fuera del confort de Andalucía, su liderazgo se cuestiona y no es vista por la militancia como una líder de izquierdas capaz de llevar al partido precisamente hacia la izquierda, a ese espectro ideológico o lugar del tablero político del que cada vez está más alejado.

Porque el problema del PSOE no es únicamente de liderazgo. Los problemas de liderazgo se solucionan cambiando de líder o buscando una cara nueva. Los problemas del PSOE no han acabado con borrar a Pedro Sánchez del mapa, sino que estos problemas no han hecho más que empezar. Mucho más cuando el gran problema de la socialdemocracia española es que ha perdido el rumbo, atrapada en su misma contradicción, tratando de ser un partido de izquierdas en ciertos aspectos sociales, pero rindiéndose claramente a poderes económicos que en definitiva son los que han aupado este sistema sustentado en la alternancia de dos partidos hegemónicos, el llamado bipartidismo, que hoy claramente parece que ya ha tocado fondo y que llega a su fin.

Ahora la gran incógnita se abre hacia nuevos horizontes. El primero es el futuro de la izquierda en este país y el segundo cómo unir fuerzas para derrotar a un Partido Popular que sabe a lo que juega y que nunca ha tenido conflictos morales con los tipos de política que lleva a cabo. Pues la solución aunque parezca sencilla no lo es. La solución pasa por aglutinar fuerzas en torno a un proyecto de izquierdas y progresista que recoja a toda esa militancia y sectores del PSOE que ahora se sienten huérfanos de partido, a todos los actores que quieran formar parte de una gran marea nacional que de una vez por todas confeccione una hoja de ruta de políticas que nos saquen de este escollo desastroso al que nos han llevado las políticas neoliberales practicadas por la derecha y los poderes económicos.

Parece sencillo a primera vista, pero todos sabemos que no lo es. Para ello sería necesaria buena voluntad y sobre todo capacidad de entendimiento. Algo que desgraciadamente parece que últimamente no está muy de moda en el panorama político de nuestro país.

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