Parece ser que el enemigo público número uno en España no es un terrorista del Daesh ni un capo de la mafia rusa que vive a todo tren en Marbella. En nuestro país el enemigo público número uno es el Secretario General del Partido Socialista Obrero Español por su coherencia a la hora de negarse a ser cómplice de que Mariano Rajoy vuelva a ser Presidente del Gobierno en las condiciones en que el Partido Popular pretende que sea investido: a cambio de nada.

Las presiones que está recibiendo Sánchez para que se abstenga vienen de todos los lados posibles: de la patronal, de la Iglesia, de los partidos de la derecha española, de la prensa y, lo que es más grave, de antiguos dirigentes socialistas que piensan más en lo que se ha dado en llamar «responsabilidad de Estado» y que no es otra cosa que favorecer los intereses de quienes se han beneficiado de las medidas adoptadas por el gobierno del Partido Popular y que tanto daño han hecho al ciudadano de a pie. Todos aquellos que están pidiendo la abstención del PSOE dicen que lo hacen porque el partido del puño y la rosa es lo contrario al populismo de Podemos o porque sabe lo que es gobernar y las cesiones que hay que hacer cuando se está en el poder, porque un partido responsable debería inmolarse ante sus votantes y sus militantes por el «bien de España». Hay que tener en cuenta que cuando se habla con tanta facilidad del «bien de España» a lo que realmente se están refiriendo a sus propios intereses, a su bien personal, al gatopardismo de que nada cambie porque durante los últimos años en que Rajoy y el PP han gobernado aplicando un rodillo que aproximaba a nuestra democracia a un régimen autoritario a las élites les ha ido muy bien. Los datos están ahí: mientras los salarios y las condiciones de los trabajadores se rebajaban hasta acercarlas a un estado de semiesclavitud, mientras en este país se ha llegado a una situación de emergencia social que no se vivía en España desde la posguerra, los beneficios de las grandes empresas, de las grandes fortunas y el número de millonarios se incrementaban. En esas élites hay miedo a lo que la izquierda pueda hacer porque, aunque no ganaron las elecciones, tienen la capacidad para bloquear cualquier medida, cualquier ley o cualquier reforma de corte neoliberal que atente contra los intereses de los ciudadanos para favorecer los suyos y pueden imponer sus diputados para legislar de un modo más cercano a las necesidades reales de los hombres y mujeres de España, algo que, evidentemente, esas élites no pueden permitir porque se les acaba el chollo.

Todos los que leen mis artículos saben que me opuse de manera frontal al pacto con Ciudadanos para la investidura de Pedro Sánchez y sigo pensando que fue la causa principal de que se tuvieran que celebrar unas segundas elecciones. Sin embargo, ¿por qué no hubo en el mes de marzo la misma presión con el PP para que se abstuviera y permitiera la formación de un gobierno? Es evidente que el «pacto de la vergüenza» afectaba directamente a sus intereses a pesar de estar lleno de unas medidas de corte neoliberal que fueron aceptadas por Pedro Sánchez porque era el único modo de presentarse ante el Congreso con más diputados que los 90 con que contaba en la anterior legislatura. Sin embargo, no hubo titulares, no se hicieron encuestas, no hubo tertulias que pidieran a Mariano Rajoy que se abstuviera para dejar gobernar a Sánchez o que lo hicieran los diputados del grupo popular necesarios para que el secretario general socialista fuera investido. Más bien ocurrió todo lo contrario y ahora lo que se le está pidiendo al PSOE es que se inmole políticamente porque una abstención es un apoyo indirecto a las políticas del PP, es convertirse en cómplice del dolor, del hambre y de la miseria que generó el anterior gobierno. Eso es algo que no quieren entender desde la derecha, algo que ni siquiera se plantearon cuando ellos pudieron abstenerse en el mes de marzo. La portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid dijo el otro día que al Partido Socialista no se le estaba pidiendo un voto afirmativo sino sólo una abstención como dando a entender que el no votar ni a favor ni en contra no tenía valor político pero olvidándose de una manera bastarda de que la abstención para investir a un presidente como Mariano Rajoy supone convertirse en cómplices de lo que se ha hecho y de lo que se hará.

Los lectores saben que Pedro Sánchez no es santo de mi devoción por el modo en que está llevando al PSOE al abismo gracias a su falta de liderazgo y al modo autoritario con que está gestionando al partido desde el mes de enero de 2015, un autoritarismo que hemos visto nuevamente en la imposición de candidatos afines, de «pedristas» declarados, en las listas electorales para las elecciones gallegas o en las amenazas dirigidas desde Ferraz a la Federación Socialista Andaluza de poner a dicha federación bajo la dirección de una gestora si continuaban las críticas a la Ejecutiva, es decir, el mismo sistema que utilizaron en el PSM con la defenestración de Tomás Gómez y en federaciones y agrupaciones de importantes ciudades que se opusieron a las imposiciones de Ferraz. Sin embargo, a pesar de que esté convencido de que Pedro Sánchez es lo peor que le ha podido pasar el Partido Socialista, creo que su «NO» tajante a investir a Rajoy de una manera activa o pasiva está siendo coherente con lo que el socialismo español defiende. España no es un país como Alemania o Suecia donde es habitual que los partidos socialdemócratas lleguen a acuerdos con los conservadores para gobernar, incluso con coaliciones como la que mantiene en el poder a Angela Merkel. Por tanto, Pedro Sánchez está siendo coherente por una vez en su vida y eso le convierte en el enemigo público número uno de las élites y del establishment hispánico.

Otra cosa es que ese «NO es NO» se esté utilizando para otras cosas que beneficien a Sánchez desde el punto de vista interno. En cualquier régimen autoritario y personalista una de las armas para mantenerse en el poder es la creación de una división en los órganos de ese régimen, el «si no estás conmigo, estás en mi contra». Eso es lo que está ocurriendo en el PSOE actual. La división entre «pedristas» y socialistas es cada vez más insostenible y, sobre todo, más contraria a los intereses del secretario general. Por eso necesita que los procedimientos congresuales que deberían haber sido convocados en el mes de febrero se estén aplazando condicionando la fecha de su celebración a la resolución de las negociaciones para formar gobierno. La negativa cerrada de Sánchez a la abstención hace que esos plazos se sigan alargando y él pueda mantenerse en la secretaría general. No es descartable que, tras la más que probable investidura fallida de Rajoy, Sánchez mueva los hilos (si no los está moviendo ya) para intentar de nuevo llegar a la Moncloa, incluso pensando en enfrentarse con el Comité Federal, para seguir en el candelero y evitar que se vea que hay más socialistas que «pedristas» y la militancia le bote sin honores.

Es evidente que el PSOE no puede ser cómplice de un nuevo gobierno de Mariano Rajoy. Sin embargo, la actitud que se está tomando demuestra la poca visión política y la nulidad de liderazgo se Sánchez. Le han convertido en el enemigo público número uno por su coherencia, como ya he dicho, pero también por su ineptitud a la hora de abordar la estrategia más favorable para el partido. La estrategia adecuada para afrontar este proceso es la que hubiera tomado un líder de verdad: primero poner un NO rotundo encima de la mesa para marcar el territorio pero, pasado un tiempo, habría demostrado altura de miras presentando ante los españoles un documento en el que se pusieran las condiciones mínimas para que el Partido Socialista pudiera plantearse la abstención, condiciones como la derogación total de la Reforma Laboral, de la LOMCE o de la Ley Mordaza, por citar algunas, condiciones innegociables, condiciones que, evidentemente, serían rechazadas por el PP. De este modo la culpabilidad de que no haya gobierno ya no recaería sobre el PSOE sino sobre los populares por haber rechazado un acuerdo de investidura que no rompía de ningún modo con la ideología ni lo presentado por los socialistas en su programa electoral.

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