Paul Bowles, en un fotograma de la película El cielo protector, basado en su novela homónima.

Cuatro palabras en inglés que vaticinan una grandísima novela, para muchos entendidos la mejor que escribió el autor de El cielo protector. El neoyorquino Paul Bowles vio en aquel pasaje de Macbeth el sentido completo para Déjala que caiga, publicada a comienzos de 1952 y ambientada en la ciudad de Tánger, mítica urbe de múltiples connotaciones enclavada en lo que entonces aún era la Zona Internacional de Marruecos. Banquo, al salir del castillo junto a su hijo comenta de pasada a los hombres que están fuera: “Let it come down”. Cuatro sucintas palabras en referencia a la lluvia que se aproxima. Bowles nos hace amar esa lluvia, ese lento transitar hacia lo inevitable y misterioso que atrapa.

Un descenso premeditado y buscado a un infierno reparador hallado en los bajos fondos de la indescriptible ciudad de Tánger

Bowles, viajero empedernido y sobre todo nómada que encontró en la ciudad norteafricana su lugar en el mundo desde que la conoció apenas siendo un veinteañero, transmitió en buena parte de su narrativa de ficción su pasión por el paso del tiempo, la desubicación geográfica, el sentido del desamor inmerso en una búsqueda interior acompañada de un discurrir por geografías ignotas y remotas… En definitiva, una literatura particularísima que logró resonancia mundial sobre todo después de que el cineasta italiano Bernardo Bertolucci llevara a la gran pantalla su versión de El cielo protector en 1989, una década antes de la muerte del escritor en la ciudad marroquí.

Grupo de Tánger de la Generación Beat, con Burroughs, Ginsberg y Bowles (sentado en el suelo con traje blanco).

Como cuenta el propio Bowles en ‘Treinta años después’, introducción de la novela que ahora rescata Galaxia Gutenberg con una nueva traducción a cargo de Guillermo Lorenzo, “la ciudad a la que se celebra en estas páginas hace mucho tiempo que dejó de existir, y los acontecimientos que se relatan resultarían ahora inconcebibles”. Déjala que caiga narra el descenso premeditado y buscado de su protagonista a un infierno reparador hallado en los bajos fondos de la indescriptible ciudad de Tánger de mediados del pasado siglo, un enclave que ya sólo existe en el recuerdo de los que la vivieron y en las páginas de novelas como esta.

Nelson Dyer trabaja como cajero de un banco en Nueva York. Comenzó diez años “antes de la guerra”, siguió “durante la guerra y después de la guerra. ¡No lo soporto más, eso es todo!”, replicaba a los amigos y familiares que le recriminaban que estaba loco al dejar su puesto de trabajo y emprender un viaje tan incierto como reparador. El cambio radical a su existencia lo encuentra en Tánger, donde comienza a trabajar en una agencia de viajes de un viejo conocido. Su objetivo vital pasa por sumergirse en todo aquello que de enriquecedor le pueden deparar los bajos fondos de la ciudad: burdeles, salas de cine porno, bares, turbias transacciones… Quiere que ese ambiente dirija desde entonces su destino, que finalmente desembocará en una concatenación de acontecimientos imprevisibles tan siniestros como inevitables.

Paul Bowles, en Marruecos.

El mejor Bowles, aquel extraviado de la generación beat, nos invita de nuevo a un viaje infinito, inacabable, hacia el pozo interior de nosotros mismos, en una búsqueda permanente de nuevas sensaciones, nuevas vibraciones. Todo con el fin de sentirnos vivos al fin y al cabo, que de eso se trata, ¿no?

 

Déjala que caiga
Paul Bowles
Galaxia Gutenberg
320 páginas
21,50 €

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