La historia nacional (oficial, si se quiere) de un país es una construcción hecha mediante la elección de una serie discreta de hechos relevantes enfilados prestando poca o ninguna atención a los interludios entre ellos, lo que significa también obviar vidas cuotidianas y el grueso de habitantes de este país. La historia nacional tiene alguna cosa de foto de estudio mostrando el perfil bueno. Esto es un hecho universal, común a todas las culturas y a todos los países. Sin excepción. Cuando el relato afecta la conservación del patrimonio, cuando eso sigue pasando hoy en día, hace pensar que no hemos avanzado demasiado.

Parece que no haya pasado gran cosa en Cataluña entre el Gótico y la Renaixença, movimiento que surge el segundo tercio del siglo XIX adscrito a los principios del romanticismo más combativo: el sentimiento prima por encima de la razón, el relato sobre los hechos, la ruina olvidada por encima del patrimonio integrado en la vida cuotidiana. La Renaixença será responsable en buena parte del olvido de los tiempos precedentes, un olvido que se ha mantenido hasta hoy en día y que incluye la construcción protagonista de este artículo. Empecemos.

El descubrimiento de América fue fatal para Cataluña, dejando el país en una crisis sostenida desde finales del siglo XV hasta finales del XVIII. Esta crisis, sin embargo, si se observa con atención, da muchas claves para entender la realidad cuotidiana del país. La crisis englobará todo el periodo renacentista catalán, que pasará de puntillas por el territorio sin olvidarse de dejar una serie de obras que vale la pena reivindicar.

Granada cae en 1492. En una fecha tan temprana a esta caída como 1526 Pedro Machuca ha construido un manifiesto cristiano dentro del símbolo de dominio árabe local, la Alhambra, el Palacio de Carlos V, palacio que será una de las principales realizaciones del Renacimiento(1) universal, todo proporciones y relaciones geométricas y una sobria materialidad que otorgan al edificio un giro cultural respecto del Renacimiento italiano, una construcción mucho más respetuosa de los que parece en su contexto para su contundencia al conseguir ubicarse en aquel entorno tan delicado derribando tan solo una crujía de una de las construcciones existentes.

Cataluña necesitará cincuenta años para desarrollar sus propios edificios renacentistas. No llegarán en lugares icónicos y principales del país, sino en los pequeños pueblos del interior del Campo de Tarragona, las comarcas interiores de la provincia, agrestes y sin mar. El Renacimiento catalán está ligado a dos nombres propios: el autodidacta mossèn (párroco) Jaume Amigó, rector de Tivissa y hombre de letras, y el arquitecto Pere Blai. Del primero se conocen pocos datos personales. Nació en Ulldemolins, un pueblo del norte del Priorat, en fecha desconocida. La fecha de su muerte oscila seis años según el documento. De Pere Blai hay más información, aunque no tanta. Natural de Barcelona, Blai pasará su juventud en el Campo de Tarragona construyendo capillas e iglesias colaborando con mossèn Jaume Amigó. La que a mi juicio es su colaboración mayor es la iglesia de Sant Jaume d’Ulldemolins, la parroquia del pueblo natal de Amigó, cosa que nos puede hacer suponer lo querido que era para él este proyecto (ah, la coincidencia de nombres). Sant Jaume d’Ulldemolins es el resultado de la sustitución de una iglesia románica del siglo XII gravemente dañada, una construcción sencilla de una sola nave. No se sabe la edad que tenía Jaume Amigó cuando la hizo. Pere Blai(2) tiene tan solo 32 años. El espacio interior es una bellísima nave de proporciones canónicas y un sabio dominio de la luz cenital. La fachada es una joya. Atribuida al mossèn, constituye un ejercicio extraordinario de cómo dar el mínimo en una construcción para significarla en un estilo de manera canónica. Allí está en cuadrado perfecto gobernando toda la composición, las pequeñas ventanas, los frontones-dentro-de-frontones, las volutas albertianas(3) en un ejercicio sobrio y contundente si consideramos el lugar y el momento.

La iglesia es difícil de visitar, adscrita en un lugar donde apenas hay un poco de turismo rural que no suele interesarse demasiado por la cultura. Después de peligrar seriamente está, por fin, restaurada. Recuerdo perfectamente la primera vez que la visité. La fachada estaba escondida tras un andamio que la soportaba. El campanario estaba torcido. Ulldemolins, uno de los pueblos más pobres del Priorat, tiene un substrato de piedra calcárea y yeso, el considerado peor para cimentar de todos los terrenos que existen por el hecho de ser expansivo y empujar los cimientos hacia arriba, corriendo el riesgo de partir las construcciones en dos y provocar su colapso. La iglesia está cimentada sobre yeso. Su presupuesto fue tan reducido que el mortero de cal adecuado para la construcción se terminó a media altura. Continuaron con mortero de yeso, tan expansivo como el propio suelo. Las paredes corrían el riesgo de reventar. La restauración de una construcción de estas características, escondida y aislada, es cara, delicada y compleja. El edificio, único, remite a un pasado incómodo que recuerda un país empobrecido donde la cultura, más que proponer, resiste.

El patrimonio es el lugar común de buena parte de Europa, donde muchos pueblos están llenos de pequeñas grandes historias que pueden sumarse, complementar, contrapuntar o contradecir la historia oficial. Historias que a veces sobran en este relato. Sería un iluso si dijese que esto no tendría que ser así, más cuando yo mismo he forzado a menudo la historia para encajarla en un relato que a veces tiene más coherencia interna que real para con la historia sea porque también he simplificado aunque ponga la complejidad por bandera, sea porque he retorcido/tergiversado algún hecho como perífrasis. En este marco dejar, preservar, contar el patrimonio da armas para que cualquiera pueda crear relato apoyándose en lo que puedes ver y tocar. Es más justo. Aunque pueda ser más incómodo.


 

(1) No hay que olvidar que el Renacimiento es el último estilo puramente católico y europeo que existe: la Reforma hará que no haya uno, sino dos barrocos, el católico y el protestante. El católico, además, construirá algunas de sus mejores realizaciones en América o Asia, constituyéndose en uno de los primeros estilos mundiales.

(2) El Pere Blai maduro volverá a su Barcelona y construirá uno de los edificios más conocidos del principado, tan conocido que poca gente se suele fijar en sus muchos méritos arquitectónicos: la ampliación del Palacio de la Generalitat hacia la plaza de Sant Jaume. El balcón desde donde se proclaman Repúblicas es obra suya, ya no de un estilo renacentista puro, sino adscrito a un bello y sobrio barroco temprano.

(3) Es decir, inventadas por Leon Battista Alberti como solución ad hoc para la fachada de Santa Maria Novella en Florencia, y desde allí institucionalizadas como recurso renacentista universal.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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