El desarrollo industrial con el que Euskadi supera la postguerra tendrá dos derivadas urbanísticosociales importantes: Una, que la industria quedará alojada en el fondo de los valles, donde están el agua, la alta tensión y las comunicaciones. Dos, que dicha industria consumirá una cantidad ingente de mano de obra mayoritariamente proveniente del resto de España que quedará alojada en barrios masivos de vivienda que ocuparán el único terreno que se les dejará: las vertientes de los valles, esculpidas a golpe de barreño en forma de urbanizaciones casi verticales con los edificios paralelos a las curvas de nivel. Su dotación de equipamientos será mínima. Su accesibilidad se confiará a las piernas de unos recién llegados mayoritariamente jóvenes y sanos.

El marco social de Euskadi ha cambiado profundamente. La pirámide poblacional del país, antes una campana, ahora una pagoda, es el reflejo más dramático de esta situación. Estos barrios de vivienda continúan ocupados por sus habitantes originales, cuyas piernas no san ya ni tan jóvenes ni tan sanas. Tanto para resolver los problemas de accesibilidad que tiene esta población (ahora perentorios) como para crear los equipamientos que se necesitan ahora no quedan más terrenos que aquellos demasiado empinados como para construir en ellos: terrenos marginales en el sentido literal de la expresión. Terrenos que, como Euskadi es Euskadi, bullen de una vegetación verde y exuberante.

El estudio donostiarra Vaumm(1) ganó el concurso para resolver la accesibilidad en Alaberga, un barrio de Errentería donde estos problemas se hacen patentes. Como los vascos solo construyen plantas bajas(2) se les puede considerar unos expertos en estas lides, experiencia que ya demostraron resolviendo la accesibilidad de otro barrio de esta misma ciudad. La manera de conseguirlo es conceptualmente muy sencilla: si consideramos la ladera del valle como la hipotenusa de un triángulo rectángulo se construyen los dos catetos del mismo, se convierte el vertical en un ascensor y el horizontal en una pasarela a pie plano. Los desplazamientos se desglosan en una vertical absoluta y una horizontal absoluta. Y no veas las vistas. En su intervención previa, además, esto se completó excavando bajo la ladera para conseguir espacios de aparcamiento invisibles.

Ninguna sorpresa: el único lugar disponible en Alaberga para disponer estos dos catetos es una falda que salva los dos niveles del barrio a través de una especie de resto lleno de árboles crecidos muy bonitos. El desnivel no es ninguna broma, ya que debe de rondar sus buenos cuarenta metros, casi imposibles de salvar, tanto por motivos económicos como de impacto ambiental, con una única torre de ascensores. Se necesitan dos, una tras otra, enfiladas para construir un eje urbano que hasta ese momento tan sólo era virtual.

La decisión principal del proyecto no es saltar sobre este desnivel para obviarlo: es convertirlo en lugar. Conseguir que este resto verde tan inconveniente urbanísticamente como agradable para la vista signifique algo.

La manera de conseguirlo ha sido revestir toda la construcción con espejos, no hechos de cristal, sino de acero inoxidable pulido. Reflejar el lugar es hacerlo aparecer. La torre juega este juego ambiguo de imponer su presencia y a la vez querer desaparecer. Y no solo eso: se convierte en un reloj que, con su manera cambiante hora a hora de relacionarse con el entorno, nos habla del paso del tiempo: de las horas del día, de las estaciones, convirtiendo un mamotreto agresivo en una pieza sensible y respetuosa. Porque este proyecto ejemplifica los dos caminos de la dignidad que constituyen la arquitectura: el camino del pragmatismo, el resolver la necesidad inmediata de no dejarse las rodillas en pendientes que serían ilegales hasta para una rampa de aparcamiento (ya no hablemos de si vas en muletas, andador o silla de ruedas) y el camino de la identidad. No se trata solo de conseguir ir de un sitio a otro fácilmente. Se trata de estar en un barrio significado por una obra única que no está (que no puede estar) en ningún otro lado ni de la localidad ni del mundo. El camino no se crea solo en un sentido físico. El camino, comunicando los dos niveles del barrio, también ha creado un lugar más digno, cultural y humanamente significado. Y lo que valen la pena las puestas de sol allí.

 

Foto: Aitor Estévez

(1) Vaumm está formado por los arquitectos Marta Álvarez Pastor, Iñigo García Odiaga, Jon Muniategiandikoetxea, Javier Ubillos y Tomás Valenciano.

(2) No es broma. Si nos fijamos en un caserío vasco encontraremos que éste se incrusta en la ladera de un valle para dejar limpios los terrenos planos donde se puede cultivar (versión agrícola y poco densa de la situación industrial). La gran pendiente se usa para conseguir entrar a pie plano a todas las plantas de la casa, desde los corrales del nivel inferior al pajar ubicado en la azotea. Literalmente un caserío solo tiene plantas bajas. Los Vaumm lo saben tan bien que convirtieron su proyecto más conocido, el Centro Culinario vasco, en un enorme caserío moderno. Imaginad los cimientos que necesitan los caseríos vascos para ello, cimientos también necesarios para las versiones modernas del mismo que propone Vaumm. El libro más interesante que se podría hacer sobre este estudio sería un recorrido por los cimientos de sus obras.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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