El bitcoin ha cumplido 9 años el pasado 3 de Enero superando varias crisis durante estos años, y, por lo tanto, ya se puede observar que su valor no proviene de un lugar desconocido sino de una construcción intelectual que nace cuarenta años atrás, y de la evolución de un protocolo peer-to-peer único que opera sin una autoridad central y que permite tanto la gestión de transacciones de valor, como la emisión de bitcoines, en un registro público e inalterable. Pero, ¿qué va suceder en 2018 con el Bitcoin y la tecnología blockchain?

En primer lugar 2018 será el año en el que la comunidad de desarrolladores y precursores del bitcoin afrontará la realidad. Desde hace dos mil años no hay nada relevante que haya escapado al derecho romano en tiempos de paz. El bitcoin nace con una ambición: prescindir de bancos centrales y banca privada desde una perspectiva radicalmente outsider de origen libertario. Sin embargo, el espectacular incremento de valor de los criptoactivos respecto a las divisas tradicionales durante 2017 ha despertado a las bestias dormidas y, como siempre, la ambición ha revelado cuál es en realidad la naturaleza humana. Así han nacido supervillanos como Roger Ver, personas que se desmarcan de la idea original del libro blanco de Satoshi Nakamoto buscando un beneficio personal. Ahora mismo, la fiebre es intensa y el bitcoin lucha por deshacerse de enfermedades como Bitcoin Cash, y es precisamente por eso por lo que el Bitcoin (y la tecnología blockchain, mucho más importante que la criptodivisa) no pueden seguir considerándose algo que quiera operar desde fuera del sistema para destruirlo, y al contrario, empiezan a apelar a él para que lo proteja. Por tanto, no estamos, en el mejor de los casos, ante una revolución social, sino ante una transformación tecnológica revolucionaria, que es diferente. Las revoluciones las llevan a cabo personas, no las herramientas que utilizan.

Voces de la comunidad se están quejando de la falta de amparo por parte de los reguladores institucionales, y también se están dando cuenta de los problemas que implica la ausencia de regulación y de patentes comerciales. La aparición de esos supervillanos oportunistas es posible gracias a que nadie puede, por ejemplo, demandar a Roger Ver por utilizar la palabra bitcoin o por ser dueño del dominio bitcoin.com, a pesar de no haber aportado ningún incremento de valor en el desarrollo del protocolo. O a Coinbase por estar operando con síntomas de conflicto de interés respecto a Bitcoin Cash, algo que por ejemplo en España está prohibido por el artículo 70 quarter de la Ley del Mercado de Valores.

Además de las demandas de la propia comunidad de bitcoin core, núcleo y guardián del protocolo de bitcoin, existen otros síntomas de que el año que empieza será el de la institucionalización de los criptoactivos. Por un lado, están las ICO (Inicial Coin offering), que al ser una nueva manera de capitalizar empresas y distribuir beneficios ya están siendo objeto de regulación por organismos como la SEC (Securities and Exchange Commission) de Estados Unidos, que en Noviembre de 2017 obligó a registrar las ICO mencionadas como ofertas de valores y, por tanto, según la legislación del país americano, en ellas sólo pueden invertir inversores profesionales o experimentados.

Bitcoin exhibe como fortaleza el hecho de ser el único criptoactivo mencionado en alguna legislación y, muy probablemente, durante este año también veremos aparecer fondos cotizados (ETF´s).

El FMI, como era previsible, también está desplegando su estrategia ante un mercado que no para de crecer y una tecnología, la de cadena de bloques, que tiene potencial suficiente para transformar casi todos los ámbitos de la vida doméstica de las personas. Desde el tratamiento de los datos personales y la privacidad hasta el registro de derechos de autor, hay un amplio campo de batalla para esta innovadora tecnología. En este caso, lo que planteará el FMI es ligar los activos digitales a activos tangibles del mundo real mediante los Derechos Especiales de Giro (DEG). Esto significa, en primer lugar, que se desvirtua de nuevo el sentido original del Bitcoin como herramienta emancipadora y, en segundo lugar, que el statu quo actual del mundo financiero no pretende hacer una guerra frontal contra las criptodivisas, porque posiblemente ha analizado sus posibilidades de éxito concluyendo que son escasas, y está optando por llevarlas a su terreno.

En este punto los criptoactivos se pueden revelar como completamente contrarios a su espíritu original, ya que la digitalización absoluta del dinero permite dos cosas que no le van a gustar a nadie hasta que un colaborador de Susana Grisso diga algún día que son buenas: por un lado, recortar la privacidad, y por otro, establecer tasas de interés negativas para los depósitos de los particulares. Lo segundo significa que la banca podría empezar a gravar depósitos, en lugar de pagar interés por ellos, sin posibilidad de que nadie retire sus fondos del sistema. Esto cobra sentido si entendemos cuál es el endeudamiento mundial, quiénes son los tenedores de deuda, y quiénes los mayores deudores dentro de la ancestral guerra de divisas que viven las grandes potencias económicas, con el dólar reinando en solitario desde los años 70. Desde luego que confiscar un porcentaje de los ahorros de la población de la zona Euro podría solucionar el problema de sobreendeudamiento público provocado por la banca comercial, pero algo tan impopular no puede ser implantado de la noche a la mañana, ni es algo que las instituciones financieras vayan a hacer mirando de frente a la ciudadanía, aunque sea a través de serviles políticos. Todavía existe capacidad de apalancamiento en el sistema fiduciario y financiero actual para seguir una década más con políticas monetarias expansivas, así que, para contrastar todo esto, debemos vernos las caras de nuevo en 2028, es decir, 20 años después de la crisis de 2008.

El presente año también es previsible ver que se implementan mejoras en el protocolo bitcoin, la más esperada es la conocida como Lightning Network, una innovación que permite escalar y acelerar cadenas de bloques, lo que empujará el potencial de la criptodivisa más grande del mundo como medio de pago, ya que durante 2017 ha quedado claro que su valoración actual es por su consideración como reserva de valor, y no porque con él se puedan adquirir bienes o servicios. También es probable que el bitcoin pueda incorporar contratos inteligentes, algo que ya se puede hacer, por ejemplo, en Ethereum.

Durante el transcurso del año será muy interesante ver en qué dirección avanza bitcoin, si hacia la utopía proyectada por Sathoshi Nakamoto, o hacia la distopía que a largo plazo planea el FMI. Un hito importante puede ser el hecho de que alguno de los bancos centrales más importantes decida incorporar como reserva estratégica al bitcoin durante 2018 ya que abriría un nuevo episodio en la teoría de juegos de la guerra de divisas, y en él intervendría un actor que antes no existía, la comunidad descentralizada de bitcoin. A pesar de que la capitalización del bitcoin sube como la espuma no es suficiente para hacer frente al volumen de riqueza almacenado, supuestamente, en papel, pero la intervención de los bancos centrales comprando bitcoines con seguridad desencadenaría otro nuevo rally del alcista, y en ese momento habría que pararse a hacer números de nuevo y ver si entonces, de verdad, el bitcoin es un rival para el euro, o el dólar. Australia, Japón o Rusia podrían ser los primeros en golpear y no sería mala estrategia.

En resumen, el bitcoin y el mercado de criptoactivos serán regulados y restringidos además de perder privacidad. Además, ganarán en seguridad jurídica y desarrollo tecnológico haciendo más popular su uso comercial. El valor del bitcoin seguirá sufriendo una alta volatilidad, por lo que lo recomendable para quien quiera iniciarse en ese mundo en 2018 es que adquiera una pequeña cantidad de algún criptoactivo, preferiblemente bitcoin, y se interese por su funcionamiento, pero que nadie espere hacerse rico de la noche a la mañana, esa actitud normalmente a lo único que conduce es a perder dinero.

A quienes se han apasionado con la moneda y de verdad creen ver aquí una salida al régimen de semiesclavitud que se cierne sobre las clases populares de nuestras sociedades, les diría que no sean ingenuos. Insisto, la cadena de bloques en una herramienta revolucionaria, no una revolución en si misma. La tarea que tienen por delante quienes defienden el espíritu original del bitcoin es preservarlo de la ley de la selva en que se ha convertido el mercado de criptoactivos, a la vez que no permiten que esa misma regulación que lo va a proteger lo estrangule. Y no va ser fácil. Los derechos de reunión o comunicación están recogidos como derechos fundamentales del mayor rango en algunos de los ordenamientos jurídicos de las principales potencias económicas y son esos derechos los que la comunidad debe explotar para proteger el bitcoin desde dentro del sistema.

 

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