Los cortometrajes firmados por Erika Lust se desmarcan del porno convencional. Esta realizadora sueca, afincada en Barcelona, lleva lustros embarcada en el proyecto de ofrecer una alternativa a los estereotipos falocéntricos de la pornografía al uso, renegando de dos de sus rasgos de estilo más típicos: la reducción del acto sexual a una función puramente maquinal, con la misma implicación emocional que un motor de cuatro tiempos, y la objetualización de la mujer, en todo momento subordinada al placer del hombre. La intención de Erika Lust es rodar sexo explícito desde un punto de vista femenino; el producto resultante se vende como “porno para mujeres”, aunque ella misma reconoce que la mayor parte de sus consumidores siguen siendo hombres. Sin embargo, no es esta vocación feminista la auténtica innovación de Erika Lust en el mundo del porno, ni tampoco lo es el característico estilo visual que imprime a sus cortos: cuidado, preciosista, lírico, más cercano a la estética de los videoclips o los anuncios de perfume que a la crudeza cuasidocumental que impera en el cine X canónico. Lo que verdaderamente marca una diferencia en el discurso de Erika Lust es la iniciativa que ha puesto en práctica con su serie XConfessions: integrar a la comunidad de espectadores en el proceso creativo.

Cualquier persona que accede a la página web de XConfessions está invitada a redactar una fantasía sexual, en forma de microrrelato, y enviarla de forma anónima. De entre todas las propuestas recibidas, cada quince días Erika Lust selecciona la que más sugerente le parece y la escenifica convirtiéndola en cortometraje. Desde 2013, ya van ochenta y pico entregas de la serie, en las que se han tocado todos los palos imaginables: sexo en grupo, sexo en solitario, sexo en público, sexo con espíritus, travestismo, voyeurismo… y una amplia variedad de fetichismos: desde los más habituales, como los pies o las ataduras, a algunos más exóticos, como los muebles del IKEA (¡¡!!). El marco del ciberespacio hace posible esta forma directa e interactiva de establecer un diálogo entre la realizadora y sus seguidores. No en vano, antes de dedicarse al porno Erika Lust había estudiado Ciencias Políticas y conocía las potencialidades de internet como medio para canalizar la participación ciudadana.

Amarna Miller en el cortometraje 'Do You Find My Feet Suckable?', perteneciente a la serie 'XConfessions' de Erika Lust
Amarna Miller en el cortometraje ‘Do You Find My Feet Suckable?’, perteneciente a la serie ‘XConfessions’ de Erika Lust

Esta es, en el fondo, la misma fórmula que ha lanzado a Podemos a primera línea de la política nacional. Los arquitectos de la agrupación morada supieron ver que, valiéndose de las nuevas reglas que dicta internet, es posible redefinir y actualizar la praxis democrática. Así, los peritos informáticos de Podemos han vertebrado las bases del partido en torno a un andamiaje de software que permite, al igual que en la web de Erika Lust pero a mayor escala, gestionar las fantasías políticas de cientos de miles de usuarios anónimos, derivarlas a la cúpula cuando han sido suficientemente votadas y digeridas por los distintos círculos (porque, como una versión cibernética del Infierno de Dante, Podemos está estructurado en círculos) y, finalmente, hacerlas pasar a formar parte del programa electoral. El éxito de Podemos radica en que no defiende una ideología (en la era de la fibra óptica las ideologías han quedado obsoletas), sino una nueva manera de hacer política que pretende llevar al Congreso las voces de la multitud, recolectadas, filtradas y procesadas por una maraña de programas y aplicaciones informáticas: herramientas online de participación ciudadana (Loomio, Reddit, Appgree, Agora) y de trabajo colaborativo (TitanPad, Doodle, Telegram). Con un optimismo a lo Marshall McLuhan, los estatutos de Podemos sientan toda una declaración de intenciones: “Creemos que la tecnología no es solo útil, sino que, en virtud de determinados usos, es susceptible de aportar dimensiones éticas, políticas, sociales y organizativas”.

Por eso resulta perfectamente lógico que Amarna Miller, colaboradora habitual de Erika Lust y protagonista de varias entregas de XConfessions, haya hecho campaña por Podemos. Amarna Miller se desenvuelve en la esfera mediática con desparpajo y solvencia admirables, intentando conciliar los términos de la aparente antinomia que le supone declararse al mismo tiempo feminista y actriz porno. Ha mostrado su apoyo a la candidatura de Pablo Iglesias en repetidas ocasiones; fue particularmente sonado cuando lo hizo publicando una fotografía en Twitter en plena cuenta atrás para las generales del 2015. En la foto de marras aparece la actriz desnuda, simulando masturbarse, con el logotipo de la formación cubriéndole púdicamente la entrepierna. En lugar de tomárselo con sentido del humor, la opinión pública se cebó con Amarna, quien, bien pertrechada de argumentos, se defendió reivindicando su derecho a usar su imagen como le viniera en gana, en este caso como acción política. Cada artista tiene su medio de expresión, y el suyo es el cuerpo: al fin y al cabo, si Ana Belén y Víctor Manuel pueden cantar “La puerta de Alcalá” en apoyo al PSOE y a nadie le parece fuera de lugar, ¿por qué ella no va a poder exhibirse en apoyo a Podemos?.

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Los respectivos tinglados de Erika Lust y Pablo Iglesias tienen, pues, mucho en común en su planteamiento y funcionamiento. Son sintomáticos de una nueva forma de integrar al ciudadano en las estructuras, utilizando el ciberespacio como punto de encuentro y buzón de sugerencias. La democracia 2.0 resultante de este modelo está en cierto modo emparentada con los criterios de excelencia que hoy tienen los contenidos de internet, basados en números de visitas en Youtube o cantidad de likes en Facebook. Y en última instancia, el máximo beneficiario de este sistema no es el ciudadano, individuo entendido como usuario, ni su representante cibernéticamente empoderado, ya sea pastor de masas (Pablo) o director de cine (Erika); quien a través de este modus operandi ve confirmado su ascenso al poder como dueño absoluto de nuestras vidas es la máquina, el marco virtual que hace posible todo este cambalache, cuyas reglas estamos forzados a acatar y que extiende tentacularmente su dominio sobre cada una de nuestras actividades, desde nuestros votos hasta nuestros orgasmos.

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