Una Constitución ha de ser el último asidero al cual pueda agarrarse alguien que lo haya perdido todo. Una Constitución habría de ser el suelo de dignidad, por debajo del cual nadie debería caer. Una Constitución debería ser la escala que permitiese a cualquier persona llegar a la cota más alta con su propia capacidad y esfuerzo.

Cada vez somos más los que en este país no nacimos en fecha para votar este Texto que nos trae de cabeza de un tiempo a esta parte. A este paso llegará el momento en que ningún ciudadano vivo hubiese participado en el cada vez más lejano referéndum constitucional. Ningún demérito supondría para la Carta Magna el haber sobrevivido a todos aquellos que le dieron carta de naturaleza, siempre y cuando la ciudadanía renovada viese todos sus derechos amparados por el viejo texto. Pero no es el caso.

La Constitución Española nació de la transición, y fundamentalmente nació para la transición. Con sus logros y sus déficits, la transición ha llegado a su fin. Ha sido un tránsito demasiado largo, casi tanto como lo fue el agujero histórico del cual tenía que sacar a este país como principal objetivo. Los protagonistas de una gesta suelen resistirse a abandonar su momento de acción y convertirse únicamente en personajes silentes del relato de lo acontecido, porque probablemente les atrae la idea de vivir en un permanente estado de épica, y es que los mitos van dejando de serlo cuanto más se sabe de su cotidianeidad, con sus rutinas y sus vanidades, sus carencias y sus pequeñas o grandes miserias, y nuestra transición constitucional corre el serio riesgo de perder su aura de inmenso logro colectivo, para tornarse en colectiva decepción e incluso menos.

No es el hecho de haberla votado el que nos hace propia la Ley de leyes, sino la sensación de ser abrazado por ella en tiempos de tribulación. Y sí, son tiempos de tribulación, pero ha de hacerse mudanza porque todo ha mudado, y mucho, en 38 años. Un botón para hacer muestra: en 2010 la ONU elevaba el derecho al agua a la categoría de derecho humano, y nuestra Constitución, anclada en tiempos del preambientalismo, se muestra incapaz de detener la inercia de su mercantilización, e inerme para luchar contra la pobreza hídrica que hace estragos entre la ciudadanía más vulnerable.

¿Por qué habría de negárseles a las gentes de hoy la sensación de vértigo que produce el sentirse protagonistas de la gesta de explorar las rutas que han de conducir hacia un futuro no descubierto? Dejemos que la nave de la Constitución de 1978 rompa las amarras que la retienen en el muelle de la transición. Dejemos que salga a mar abierto, y aprovechemos los mejores vientos para arribar a nuevos puertos.

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