Salinas de Poza de la Sal.

En el siglo XIII Castilla asentó las bases para el comienzo de lo que Arsenio e Ignacio Escolar denominan como revolución lanera. El éxito de este sector estuvo en su organización a través de la constitución de la Mesta por parte de la Corona y, por supuesto, en la existencia de un contexto político y bélico favorable. La Mesta, su funcionamiento y legislación, han sido de sobra estudiadas sin apenas contemplar que la sal, como en otros sectores, jugó un papel fundamental para la consolidación y éxito de la citada institución. Por ello, la labor del presente artículo es la de mostrar el papel que la sal desempeñó en el desarrollo de dicha revolución y, como no podía ser de otra forma, el consecuente enriquecimiento de la Corona y los estamentos privilegiados.

 

El origen de la Mesta

El Honrado Concejo de la Mesta fue creado por Alfonso X en 1273. Su constitución respondía al reconocimiento, por parte de la Corona, del importante peso económico que desde el siglo pasado venía desempeñado la ganadería trashumante y la comercialización de la lana ovina para Castilla. Ello supuso la centralización, regulación y organización de sus actividades a través de una legislación conocida como los Cuadernos de las Leyes de La Mesta.

En la bibliografía existente al respecto hay unanimidad en determinar que, detrás de esta revolución lanera, estaría el proceso de invasión y conquista castellana hacia el sur en detrimento de los reinos musulmanes, capaces de aportar un desierto (al tratarse de un espacio de frontera poco habitado y conflictivo), de pastos y dehesas fundamentales para el pastoreo. La expansión territorial fue acompañada de un aumento del volumen de la cabaña ganadera, y con ello, la obtención cada vez más y más lana para colocar en los mercados textiles europeos.

Estos autores obvian mencionar en su hipótesis el potencial salinero existente en el interior de la península ibérica. El avance hacia el sur no solo supuso la obtención de más y mejores tierras para el ganado, pues también contemplaba la conquista de salinas que iban a ser fundamentales para el desempeño de dicha actividad. Por eso no es casualidad que, en la estructuración de las vías pecuarias, éstas pasen sino al pié muy próximas a los tajos salineros.

De esta forma y, una vez incluida la sal, podemos decir que son el conjunto de estos factores los que transformaron una actividad trashumante de carácter minoritario en el principal sector económico de Castilla.

Escudo del Consejo de la Mesta.

 

La lana como sector estratégico de Castilla

Con la constitución del Concejo de la Mesta, las múltiples cabañas locales, se estructuraban ahora en grandes cabezas de cuadrillas ubicadas en las ciudades de León, Soria, Segovia y Cuenca. Estas grandes cabañas, que partían hacia el sur en invierno, podían alcanzar las diez o doce mil cabezas mayoritariamente ovinas.

Puesto que no interesaba tanto la obtención y comercialización de quesos y carnes, sino más bien la obtención de lana para su comercialización internacional, la oveja que más destacaba en volumen era la merina. De esta forma la churra, oveja tradicional castellana, muy buena para la leche y carne, quedaba relegada a un segundo plano.

Estas ovejas merinas formaban parte de grandes cabañas organizadas en torno a un mayoral, a cuyo cargo se encontraban por cada mil cabezas un rabadán y éste, a su vez, contaba con varios pastores. Ni que decir tiene que la protección de la cabaña estaba en manos de una guardia conocida como la rafala, cuya composición estaba en manos de los caballeros villanos.

Después de siglos de idas y venidas de sur a norte y de norte a sur, las cabañas habían construido sus propias vías para estos desplazamientos: las vías pecuarias. Estas vías llegaron a sumar más de 100mil kilómetros, en donde los mesteños, tras recorrer los más de 20 kilómetros diarios, encontraban áreas de descanso para el ganado, abrevaderos y majadas para dormir.

A la vuelta las ovejas ya venían esquiladas, de manera que las lanas eran vendidas en las importantes ferias de Medina del Campo y la de Burgos. Los comerciantes llevaban el producto a las grandes ciudades castellanas y, principalmente, a los puertos de salida hacia Flandes, Italia, Francia e Inglaterra.

La influencia de la Mesta en la política y economía castellana derivaba de una doble circunstancia. Por una parte del peso económico del sector a través de empleo directo, el impulso de una industria artesanal derivada y, por supuesto, la rentabilísima actividad comercial y los ingresos generados a la Corona a través de impuestos como el servicio o el montazgo. En segundo término y, no menos importante, el hecho de que los principales propietarios de las cabañas eran la alta nobleza, los monasterios y obispados, las órdenes militares (Alcántara, Calatrava y Santiago), y algún que otro concejo.

Es decir, que tanto por parte del poder político como por parte del económico (si es que ambos se pueden separar), convenían en determinar que la Mesta era el sector a potenciar en Castilla.

 

Sal y salinas al servicio de la Mesta

Las ovejas, como la gran mayoría del ganado, deben consumir ingentes cantidades de sal, sobre todo, entre los meses de primavera y otoño.

Como ya hemos apuntado el recorrido de las vías pecuarias no es casual y, no solo buscan los mejores pasos camino de pastos, sino que también se encuentran a su paso innumerables salinas: Cabezón de la Sal; Poza de la Sal; Salinas de Añana; Salinas de Rosio; Salinas de Pisuerga; Treceño; Medina del Campo; Imón y La Olmeda; Medinaceli; Belinchón; Minglanilla; o Espartinas.

Al ganado se le servía una sal gorda, llamada granzuda, que se comía sobre unas grandes piedras planas conocidas como salegares (Arsenio e Ignacio Escolar). El servicio venía garantizado por las citadas Leyes de la Mesta que, iniciadas por Alfonso X y ratificadas hasta el siglo XVIII, obligaban a los salineros y autoridades de dichos Partidos Salineros a abastecer, previa exención, con medio celemín a cada meseteño que así lo demandase. La obligación de atender a éstos venía reconocido por el privilegio número XXX de los Cuadernos de Leyes de la Mesta.

Si bien la lana era el principal producto, como hemos visto por el uso de la oveja merina, no podemos dejar de lado la industria alimentaria derivada de dicha actividad, es el caso de los quesos o carnes. Unos alimentos que eran conocidos y muy apreciados por la población local y que, en otros territorios como en centro de Europa, eran comerciados a muy buen precio. No obstante, el verdadero y único negocio castellano con la sal y el ganado estaba centrado en la obtención de lana.

De esta forma y, siendo la sal un producto estratégico para las cabañas ovinas de la Mesta, los más interesados en controlar las explotaciones salineras, tanto por compartir negocios vinculados a su consumo (en este caso la Mesta), como por las rentas que su venta para otros sectores reportan, eran los mismos nobles, monasterios u órdenes militares (Santiago, Calatrava o Alcántara), que participaban del control de la vida política y económica castellana.

Cañadas de la Mesta.

 

Sin sal no hay Mesta

El dominio de la lana duró hasta que el sector textil, modernizado a través de la revolución industrial y el transporte barato, comenzó a emplear como materia prima el algodón. La introducción de la nueva tecnología respondía a un profundo cambio en las bases de las economías europeas que, al socaire del liberalismo económico, ponía las bases para el capitalismo. Por tanto, a través de los intentos de modernización de la economía del Estado español durante el siglo XIX, la Mesta no tenía cabida y fue abolida (1836).

En torno al impacto positivo o negativo de la Mesta en la economía de Castilla y sus posesiones peninsulares existen una gran variante de posiciones que van, desde las que opinan que contribuyó al freno de sectores como la agricultura y la industria textil, a los que mantienen la existencia de una dinamización económica, industrial y comercial derivada de la citada actividad.

Sea como fuere, la sal volvió a jugar un papel fundamental en el buen funcionar de la Mesta. Sin las salinas de interior existentes por toda la península hubiese sido imposible el poder movilizar tan alta cantidad de cabezas de ganado. La Corona lo sabía, y pronto se apresuró a legislar para que éstos pudiesen acceder al consumo directo de sal que incluía, pese a las negativas e impedimentos de los salineros, ciertas exenciones.

Por último, tampoco resulta baladí la relación existente entre los propietarios del ganado, las tierras de pastos y el control de las salinas que dieron lugar, salvando las distancias, a todo un holding medieval.

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