Woody Allen parecía pensar en los políticos, aunque siempre hubo, hay y habrá honrosas excepciones, cuando dijo aquello de: “hay que trabajar ocho horas y dormir ocho horas, pero no las mismas”. Lo que sí dedicó expresamente a ellos fue este párrafo: “El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y desapareció la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago”. El gran Forges también ha escrito mucho sobre los políticos y esa “libertad” que nos han ido construyendo a lo largo de estos años de democracia. Dice “Blasillo”, uno de los más entrañables personajes “Forgianos”: “Soy libre, puedo elegir el banco que me exprima, puedo elegir la petrolera que me esquilme, la comida que me envenene, la red de telefonía que me time, el informador que me desinforme, la opción política que me desilusione, pero insisto, soy libre”.

Mala cosa cuando después del paro, la segunda causa de preocupación de los españoles son sus políticos. Aunque no hay que olvidar que los políticos no son seres extraterrestres, ni fueron creados en un laboratorio especializado en criaturas mutantes, sino que son un genuino producto de nuestra sociedad. Quizás sea la misma sociedad la que no funciona. Y algo no funciona en nuestro país cuando ningún político, al menos ninguno de los dos partidos mayoritarios que aspiran a repartirse ellos solos el poder, ningún banquero o empresario, ningún mandatario de la Iglesia, ningún periodista se atreve a hablar, a romper la ley del silencio impuesta por su respectivo gremio para denunciar las sangrantes políticas neoliberales que están haciendo cada vez más pobres a los pobres y cada vez más ricos a los ricos. Unas políticas que no funcionaron en ningún sitio y que están alejándonos cada vez más de la ansiada recuperación. Tenemos ganas de ver a un solo político, desde un ministro a un diputado raso, que levante su cabeza por encima de las de los demás y diga que no está de acuerdo con la forma en que se está cargando sobre los más débiles todos los errores por acciones u omisiones, todos los desmanes y las tropelías cometidas por unos cuantos que nos han llevado a esta crisis. Uno solo que diga que no puede votar a favor de un solo decreto más contra los que no tienen culpa de nada, que son siempre los más desfavorecidos, los que no pueden defenderse. Todavía estamos esperando que un banquero o un empresario o un periodista se arrepienta de su comportamiento en estos pasados años, unos, los banqueros y empresarios, por acción y los periodistas por omisión de su deber de contar la verdad. Solo un concejal del PP de un ayuntamiento de la comunidad de Madrid dijo que no podía seguir en su puesto porque no podía mirarse en el espejo cada mañana sin sentir vergüenza y también un empleado de banca que se marchó del banco en el que trabajaba porque no podía soportar ver como se engañaba, como se estafaba a pequeños ahorradores jubilados que confiaban ciegamente en el banco en el que tenían guardados los cuatro cuartos de toda una vida de trabajo y privaciones.   Quizás haya algunos casos más de ataques de ética, de decencia, de honorabilidad, aunque lo dudo. Aquí todos están bien vacunados contra esos ataques de mala conciencia y nadie se atreve a morder la mano del poder, del auténtico poder, el de los grandes bancos y las grandes empresas que sabrán premiar y muy bien a los políticos fieles que defendieron sus intereses mientras estaban en activo. Todos conocemos casos de grandes políticos que ahora sirven a los intereses de grandes empresas y el ejemplo más conocido por todos es el del gran timonel de la transición, el gran líder socialista que sigue abochornando a los socialistas de verdad.

“Los pañales y los políticos han de cambiarse a menudo y por los mismos motivos” decía Bernard Shaw. Esto empieza a oler muy mal y son ellos. Salta a la vista que hay que cambiarlos. En Islandia lo hicieron con los políticos y los banqueros que salieron ranas y ahora les va muy bien con una primera ministra roja, lesbiana y republicana y con un nuevo proceso constituyente para preservar de estafas y rapiñas al laborioso país. Aquí se les otorgó a los actuales gobernantes un poder absoluto, “no por méritos y carisma del vencedor”, dice el escritor Manuel Rivas “sino por dotarlo, como en los cuentos infantiles, de una vara mágica en tiempo de emergencia. Manos libres para hacer y deshacer. El gobierno no entendió nada. Es costumbre en España que los poderosos confundan confianza con servilismo.”

Y la confianza se malgastó en deshacer, llevamos un año en que no se ha hecho ni una sola proposición constructiva, de crecimiento, ni una sola idea que no sea recortar, sustraer dinero público para rescatar a los bancos que han estafado descaradamente y jugado a la ruleta con el dinero de sus clientes. El último y vergonzoso recorte, afecta cómo no, a los más indefensos entre los indefensos: los jubilados. Me cuenta mi madre que van a privatizar el servicio de asistencia telefónica a las personas mayores que viven solas y que en caso de urgencia podían pedir ayuda pulsando un botón. Una buena medida del gobierno regional anterior que ahora van a privatizar cobrando el servicio a unas personas que cobran unas pensiones mínimas con las que apenas llegan a fin de mes. Unas pensiones que a Luis Bárcenas y otros muchos grandísimos ladrones no le llegarían ni para llegar al final del día.

Hay que ser bien hablados, pero hay que decir sin miedo a equivocarse que esto es una mierda. No podemos seguir así, las personas no están ni pueden estar nunca al servicio o por debajo de la política. La política es una mierda, no sirve para nada si no se pone al servicio de las personas o les obliga a dejar de serlo o a dejar de vivir. ¿A qué extremos estamos llegando?. No somos números ni porcentajes. Somos seres vivos, personas que sentimos y padecemos y estamos o deberíamos estar por encima de bancos, eurozonas, troikas y dirigentes más o menos imbéciles. Los que no nos sirvan, los que no tienen palabra, los que nos engañaron haciendo lo contrario de lo que prometieron, que se vayan.

 

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