Imposible no quedarse petrificado viendo el programa ofrecido por La Sexta sobre la familia Franco, su patrimonio y su poder absoluto que por cosas de este país anormal no solo se ha mantenido a lo largo de toda la democracia o lo que sea esto sino que sigue dando, como en los mejores tiempos del régimen, grandes rentas y dividendos a la familia beneficiaria, una familia que en un país normal se habría visto obligada, forzada por las circunstancias, a diluirse hasta desaparecer. Una familia que para ser medio aceptada socialmente en esta democracia hubiera tenido que declarar públicamente su condena de la dictadura y su vergüenza de haber tenido a Franco como padre, abuelo y bisabuelo. En un país normal, la familia del dictador con la llegada de la democracia habría sido juzgada por sus apropiaciones indebidas, por sus grandes paquetes de acciones de oscuro origen y participaciones en consejos de administración de grandes empresas, sus compras y ventas patrimoniales de más que dudosa legalidad, las espectacularmente cuantiosas “donaciones y regalos” de todo tipo recibidos a lo largo de toda la larga y sanguinaria dictadura, las cuentas en el extranjero… y, después de calificarse y cuantificarse sus múltiples quebrantos de la ley, una ley que nunca existió para ellos con y sin democracia, haber sido convenientemente despojada hasta el último céntimo y objeto de  su enorme patrimonio que debería haber sido destinado a cubrir parte de las indemnizaciones a sus miles y miles de víctimas. Pero eso nunca se hizo ni se hará porque para eso este país, así lo hemos dicho antes, tendría que ser un país normal, con una democracia real, con una justicia independiente y unos gobiernos empeñados y comprometidos a llevar a cabo la imprescindible regeneración, reparación y justicia que este país necesita para poder recuperar la dignidad perdida y poder codearse con el resto de países europeos sin sentir la punzada de la vergüenza y el deshonor. 

El programa resultó ser un elocuente y excelente trabajo de investigación que se apreció más todavía por su rareza, porque sigue siendo raro ver programas así, tan sólidos y bien armados, en el, salvo honrosas excepciones claro está, penoso panorama de nuestros medios de comunicación, cuyo control es ejercido  implacablemente por el poder financiero dueño y señor de este país desde el fin de la guerra, las famosas cien familias del franquismo que mantienen a la mayoría de los medios, prensa, radio y televisión  comiendo de su poderosa mano y dejan decir lo que les interesa que digan y lo que no les interesa que salga a la luz o bien declaran la ley del silencio o bien le ponen la correspondiente “mordaza de plata” que decía Quevedo, a quien le entre un repentino ataque de sinceridad y profesionalidad, ataques cada vez más raros, y pretenda salirse de los límites por ellos establecidos. Estas cien familias encargadas de la reconstrucción de un país convenientemente convertido en ceniza y escombros después de una guerra convenientemente alargada hasta los límites más crueles para no dejar nada de la república en pie y así poder hacer un nuevo país a su antojo. Un nuevo país hecho a medida por y para los vencedores de la “gloriosa cruzada” cuyos patriarcas, sobre todo los ministros, que casi fueron un centenar, entraban y salían del consejo de ministros a sus empresas privadas y viceversa para forrarse de una manera inconcebible para nosotros, pequeñas hormigas atadas a sueldos cada vez más precarios,  sufridos contribuyentes. Entonces no había puertas giratorias, todo lo más una cortina de sacos de arpillera entre el Consejo y sus empresas, una cortina que apartaban de un manotazo casi sin darse cuenta.

A lo largo del programa se sucedió tan avalancha de noticias cada una más reveladora que la anterior, de documentos, de datos ofrecidos por prestigiosos historiadores, que a los que asistimos a semejante despliegue de información apenas nos daba tiempo a asimilarla. Mientras la propaganda del régimen se esforzaba por presentar a  la familia Franco como una familia modelo, muy piadosa, austera y de sencillas costumbres, entregada por completo al servicio de la patria, su gran desvelo, siempre la patria por encima de todo, la señora doña Carmen se daba a su más inocente y sencillo pasatiempo: entrar al abordaje en las joyerías y anticuarios de toda España y salir con todo aquello que le antojara. 

Muy poco se sabe, la discrección y la privacidad son el distintivo de los ricos de verdad, de los ricos de toda la vida, de las cien familias, cada una agarrada a su correspondiente teta del Estado y a su pezón del que llevan chupando desde que el patriarca ministro y fundador de la saga llegó al consejo de ministros por ayudar a ganar la guerra como fueron la familia March cuyo patriarca financió la rebelión militar  y después cobró bien cobrado el favor, y la constructora Huarte ahora convertida en la todopoderosa OHL con un personaje como Villar Mir al frente, y que inicialmente, como bien aparece en el  programa con sonido e imagen de la época, se lucró a base de bien con el trabajo de esclavos y las vidas de miles de presos republicanos en la construcción del desproporcionado, infame, detestable y aborrecible Valle de los Caídos cuya construcción iba lenta según Franco y él mismo tuvo la gran idea de emplear a miles presos para acelerar la faraónica obra. Una obra atroz, descomunal convertida en basílica regida por una reata de monjes que gestionan y organizan los rezos y las plegarias por el alma del disctador cuyos restos, a estas alturas de la película, todavía reposan como si tal cosa en el altar mayor, como no podía ser menos en un país como éste, donde todo quedó “atado y bien atado” según palabras del propio Franco. Y así sigue, con alguna que otra mano de barniz encima para disimular y aparentar lo que no es.

Finalmente no pude acabar de ver el programa porque ya había superado ampliamente el nivel de indignación y el estómago y el cerebro ya no podían digerir más injusticias, más disparates, más arbitrariedades como por ejemplo que Doña Carmen Polo, la señora de Meirás, esa avutarda seca esposa amantísima del dictador, llamada “la collares” debido a su insaciable apetito  por estos complementos y la joyería de lujo en general, cuando entraba en una joyería, previamente sus ayudantes ya habían quedado con el dueño para que le hiciera algún “generoso” regalo, que tenía que ser “valioso” y  no servía cualquier detallito. Además de recibir el “espontáneo” regalo del joyero, la señora, que ya era estirada de origen, pero con la llegada a la jefatura del Estado de su invicto y laureado marido, se volvió todavía más estirada, más soberbia, arrogante y endiosada como correspondía a su puesto de mujer del faraón y además del “regalo” de la casa se llevaba con total desfachatez todo lo que se le antojaba. No hay ni que decir que por supuesto Doña Carmen no pagaba nunca nada a nadie y que nadie tuvo jamás el valor de ir a cobrar una factura al Pardo, que los joyeros que tuvieron que sufrir con una sonrisa helada que realmente era una mueca de espanto, los  pillajes, saqueos y latrocinios de la “collares”, hicieron una caja común para compensar las pérdidas causadas por tan selecta como temible clienta.

          Agarré el mando a distancia como un náufrago agarra un madero y apreté el primer botón que encontré, cualquiera servía incluso el de la teletienda para escapar de tanto asco y repugnancia acumulados, y tuve la suerte de encontrarme con ese bonito y educativo programa de manualidades infantiles llamado “Art attack” que emiten en el canal Disney. Y curiosamente estaba uno de los espacios del programa que más me gusta, y es ese donde un artista empieza a desplegar y colocar muy cuidadosamente sobre el suelo cosas aparentemente sin orden ni concierto y cuando acaba de colocar todo aquel batiburrillo de cosas cotidianas, cosas que todos tenemos en casa, la cámara se eleva varios metros sobre todo lo acumulado y muestra una sorprendente escena, una persona, animal o cosa que jamás habríamos adivinado mirando de cerca el montaje.

No hacía falta, pero si a todos los abrumadores datos, los documentos, las imágenes de archivo, las declaraciones de historiadores que han publicado libros sobre este, más que feo,  vergonzoso, repugnante e indecente asunto que constituye la historia del patrimonio de la familia Franco se hubieran añadido unos detalles de la trama Gürtel y de algunas más de las grandes tramas de corrupción del PP que infestan el país, de aquellos polvos estos lodos, si a todo ello se hubieran sumado las últimas declaraciones de Rajoy diciendo que “somos un gran país y esta no es la primera vez que logramos sorprender a quienes nos observan…” etc. y todo este material lo hubiera colocado cuidadosamente sobre el suelo el artista de Art attack, al elevar la cámara se hubiera visto con total nitidez y claridad una gigantesca mierda que debería pesar y doler sobre nuestras conciencias como un yunque de plomo candente sobre un ojo de gallo y sin embargo todo esto no parece molestarnos ni preocuparnos lo más mínimo. 

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

4 × tres =