“La leucemia me está enseñando más de lo que me ha quitado”; “ha despertado en mí grandes dosis de solidaridad”; “cada revés, cada retroceso en la enfermedad me hace más fuerte en lugar de rendirme”; “hay que disfrutar el día a día y cada momento porque es único, cada día es único e irrepetible”; “la muerte forma parte de la vida, por lo que no hay que temerla, sino amarla”.

Son algunas frases dichas por Pablo a lo largo de su enfermedad. Frases que impactan, que invitan a la reflexión. Frases de una persona madura, que ha aprendido a afrontar los reveses de la vida y a integrarlos como parte de ella.

Tras una lucha de más de dos años, con momentos, como él mismo dice, muy duros, Pablo se ha ido. Se ha ido, pero no ha muerto, sigue entre nosotros. De otra manera, pero sigue. Ahora no le podemos ver, pero está ahí. En la habitación de al lado. Pablo sigue viviendo en el corazón y en la memoria de miles de personas. Principalmente de su familia y de sus amigos. Pero también en la de tantas y tantas personas que nos hemos sentido interpelados por sus mensajes y por su fortaleza. Siempre fuerte, era el lema del malagueño. Y no sólo un lema. Era una forma de vida, una forma de vida que logró contagiar a todos los que convivieron con él y a los que, a través de sus vídeos, tuvimos la suerte de conocerle un poquito.

Pablo Ráez era —es— una invitación constante, tanto a través de sus palabras como de su ejemplo, a vivir la vida con la mayor intensidad posible. En una de sus entrevistas cuenta cómo se emocionaba con las cosas aparentemente más simples de la vida. Y es que, afirma Pablo, eso que ahora ves, en cualquier momento puedes dejar de verlo.

No sabemos cuándo nos vamos a morir. Lo repito en muchos de mis artículos, y a veces puede resultar reiterativo. Puede resultar también incómodo. No es grato pensar en la muerte, no es fácil aceptar que un día ya no estaremos aquí. Que dejaremos todo lo que ahora tenemos, todo lo que amamos, para partir hacia lo desconocido. No es agradable, no. Pero no por evitar pensar en esa realidad ésta va a dejar de ser cierta. Sin embargo, el ser conscientes de que nuestro paso por este mundo es fugaz nos puede ayudar a vivir la vida de forma intensa, aprovechando, como invitaba Pablo, cada día, cada momento, porque son únicos e irrepetibles.

No es necesario tener cáncer, o que la vida nos atice de cualquier manera, para vivir de verdad, para vivir en mayúsculas. No es necesario para ser conscientes de que cada respiración es un regalo. ¿Qué necesitamos para valorar lo que tenemos, y empezar a apreciar las cosas buenas de la vida? En palabras de Pablo, lo importante es preocuparse por intentar dar más a los demás. ¿Qué mayor satisfacción que dar a los demás, si todo lo que les das a ellos te lo estás dando a ti? Hay que preocuparse por dar amor a los demás, que al final es lo que nos va a quedar. No nos va a quedar ningún bolso que nos compremos. Son palabras de Pablo, demostrando una madurez que impresiona.

La historia de Pablo Ráez, y vuelvo a citar al valiente malagueño, no es una historia triste, no es una historia de pena. La historia de Pablo es una historia de lucha y de superación. Es una historia de caer y volver a levantarse, las veces que haga falta. Y no porque la leucemia se haya llevado a Pablo ha resultado vencedora en esta lucha. Nada más lejos de la realidad. Las donaciones de médula, sólo en Andalucía, han aumentado más de un mil por ciento. Y no sólo eso. Pablo deja un legado importantísimo. Principalmente a las personas que han estado al lado suyo en la vida, hasta el final, luchando con él en los momentos más duros. Pablo ha enseñado muchísimas cosas a muchísimas personas. La leucemia se las enseñó a él, y él, siempre generoso, no se las ha guardado sino que las ha compartido con todo el que ha querido estar a su lado para aprenderlas.

Pablo decía que hay que aceptar lo que venga con una sonrisa. Por eso estoy seguro de que ahora lo que quiere es que, cuando pensemos en él, sonriamos. Para todos, especialmente para sus seres queridos, es duro no poder verle, no poder abrazarle, no poder tocarle. Sin embargo, como decía antes, Pablo sigue ahí, en la habitación de al lado. Invitando a vivir de verdad, hasta llegar a la meta.

Desde aquí quiero mandar un abrazo enorme a sus padres y familiares y a todos sus amigos. Quiero también darles la enhorabuena por haber sido protagonistas de una vida tan ejemplar como la de Pablo. Y quiero darles las gracias, especialmente a sus padres, por haber dado al mundo a un ser tan maravilloso.

Gracias, Pablo. Siempre fuerte.

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