Mantengo un respeto institucional por todos los presidentes del gobierno que han pilotado el timón de la nación, sean centristas, conservadores o socialistas. Entiendo que con sus luces y sombras han cosechado lo mejor que han podido en las huertas nacionales y foráneas para llenar de pitanza e ilusión a los españoles. De ellos, hay dos casos excepcionales, y escribo en pretérito, el primero Felipe González, que puso a la península en el mundo, el de las libertades y la diplomacia, y la robusteció económicamente. El segundo sería José María Aznar.

Cuando los socialistas ganamos durante tantos años con Felipe sabíamos, al igual que nuestros compatriotas, que en la memoria a veces olvidadiza de la ciudadanía pervivía la república que nos fue arrebatada a sangre y fuego, y que el gobierno socialista representaba los anhelos en la nueva democracia de aquellos tiempos. La misma inercia llevaba a repudiar a AP, al que consideraban –no olvidemos que su fundador fue ministro franquista- una moderna prolongación de la CEDA, la congregación ultramontana de la derechona que bastante tuvo que ver con el asalto del 36. Pero entonces alcanzó la cumbre del PP, heredera de AP, Aznar, un demócrata de principios, convenciendo a los votantes que su partido era igual a él y ganó las elecciones desligándose del pasado. Tras una guerra civil auspiciada por generales africanistas y cuarenta años de dictadura brutal que convirtió a España en el segundo país del mundo después de Camboya en número de fosas comunes, la victoria de Aznar tuvo muchísimo mérito. Pues bien, la misma buena cabeza política en las antípodas de mi pensamiento, es la que susurra en los oído de Pablo Casado ideas y estrategia electoral.

Reconozcamos que el adversario también sabe maginar.

Conclusión: algún año de estos Casado, con semejante mentor, puede llegar a la presidencia del gobierno. Pero el caso es que al parecer no escucha a tal fin tanto a Aznar y ese futuro se le está escapando ya. Lo demuestran sus recientes declaraciones amables sobre VOX, la ultraderecha española que sin ningún político de calado está sacando musculo solo con el discurso de la xenofobia, creyendo que en España resulta tan valido como en Italia, Polonia y Hungría. VOX, y a su hilo, Casado, con el soliloquio, marran el tiro. Somos una nación de emigrantes que aún no padece un recelo atolondrado por los que llegan en pateras a buscarse las habichuelas, gentes por lo general, además de los que huyen de las guerra, ahí están los datos, que tienen grados universitarios y aportan su idiosincrasia a la nuestra.

Dudo que Aznar, un político templado, le haya murmurado a Casado que eleve el discurso del odio. Acaso Pablo Casado quiere hacerse conocer desde el mitineo que no la propuesta y la concreción. Va por mal camino. Lo que sí hace bien, aunque sea en clave electoral, es criticar a Rivera, pensando que es una copia falsaria del PP, que lo es.

Aznar dijo con acierto que él había conseguido unir a la derecha, aviso a navegantes y a Casado. Por el bien de la izquierda Casado camina en sentido contrario. Debería reflexionar, no lo vaya a fagocitar su calco, Ciudadanos. En las próximas elecciones generales triunfará, no me cabe duda, el PSOE con PS a la cabeza. Necesitará una oposición sana y constructiva capaz de, sentido democrático manda, hacer la función de un controlador aéreo por si nuestra nave, como la de cualquier partido en el poder, ambicionase escapar de la órbita. En este menester prefiero al PP que a Ciudadanos, y que de paso regrese el bipartidismo que nos ha colocado cómo la decimotercera potencia del mundo, que no es ninguna cuchufleta.

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Daniel Múgica es novelista, dramaturgo, guionista y director de cine. Es autor de "La Dulzura"

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