Otegi se escribe sin hache

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Debo reconocer que me emocioné mucho en la excarcelación de Arnaldo Otegi. Fue realmente bonito ver a todos los simpatizantes que le esperaban abrazándolo y gritando brazo en alto: «¡Independencia!, ¡presos a la calle!, ¡el Estado español caca!, ¡Sabino Arana tiene las piernas más ebúrneas que el Cid Campeador…!», y otras cosas igualmente oportunas y sentidas. Y es que no faltó nadie: dirigentes de la izquierda abertzale, ex presos de ETA, políticos catalanes, acróbatas, equilibristas, tragasables, la mujer barbuda, el hombre bala…

Sin embargo, cuando todos aplaudían los elegantes movimientos del aurresku que un experto ornitorrinco dantzari bailaba en honor del heroico Mandela vasco, un funesto grito vino a truncar la gozosa celebración:

—¡A ver si después de haber estado tanto tiempo en una cárcel del Estado español la calidad independentista de nuestro Arnaldito se ha echado a perder…!

Una incómoda zozobra se instaló en todos los corazones que desde ese momento dejaron de bombear la limpia y pura sangre vasca con Rh negativísimo. Hasta el ornitorrinco, que hasta entonces había danzado estupendamente, equivocó los pasos y comenzó a bailar una vulgar y españolista sevillana rociera, ¡angelito!

—Mon dieu, qu´est-ce que c´est? —dijo Otegi muy preocupado por los daños irreparables que la cárcel española hubiera podido ocasionar en su pureza abertzale.

Mas, de pronto, de una txapela que un chistulari espongiforme había estado frotando para entretenerse, como si fuera el genio de Aladino apareció el mismísimo general Tomás de Zumalacárregui en déshabillé.

—La única forma de verificar convenientemente la óptima calidad de un independentista es calarlo —dijo—, pues la cala permite determinar los aromas marxistas y el grado óptimo de salazón abertzale. La cala debe realizarse pinchando a la altura de la rabadilla…

Tras estas esclarededoras palabras, mientras se ajustaba los lacitos de su bata para taparse los pechos, el famoso militar carlista se evaporó dejando en el lugar de su aparición una preciosa cala de hueso de vaca. De vaca vasca, naturalmente.

Y como después de calarlo y analizar los matices de su aroma todos concluyeron que Arnaldo Otegi no sólo no había perdido un ápice de su calidad sino que la había redoblado, él, con lágrimas en los ojos y levantando al cielo sus puños, los cuatro, dijo: «Tú lo que quieres es que me coma el tigre, que me coma el tigre, mis carnes morenas…»; tras lo cual pasó lo que siempre pasa en estos casos, que el ornitorrinco se puso a llorar como una magdalena. Cosa, por otro lado, bastante lógica, la verdad.

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