Leo en el Diario El Mundo una oda absoluta a Emmanuel Macron el día que publican una entrevista con él y, como siempre, se establecen sus paralelismos con Ciudadanos. Podríamos llamarlo operación Macron, como también Operación Trudeau, Obama, Peña Nieto, Macri, o infinitos ejemplos a lo largo de todo el mundo.

Y en España tenemos a Albert Rivera y Ciudadanos. Las características comunes son infinitas: casi todos estos fenómenos forman parte de nuevos partidos políticos sin viejas estructuras establecidas. Todos rehuyen del marco izquierda/derecha. Valores frente a ideologías. La tecnocracia y la telegenia por encima del asamblearismo o de la democracia participativa. Una política basada en “lo que la gente quiere”, construyendo discursos en base a encuestas y focus group. Una gestión de la política desde lo empresarial, y utilizando herramientas de la publicidad o el marketing tradicional muy por encima de las habituales herramientas de la política. Si usted ve sus carteles electorales o sus actos de campaña, no verá viejos escenarios ni viejos carteles: verá algo distinto, que el ojo no despreciará desde lejos.

Saben a quién se dirigen y saben cómo hacerlo: a un electorado que desprecia el viejo lenguaje de lo político y que no tiene ningún interés en participar de la político más allá de hacerlo con su voto. Se trata de adaptarse a lo que la gente quiere, en lugar de esperar a que la gente se adapte al mensaje que se le lanza desde la política.

En algún momento a alguien se le encendió la luz para vencer al populismo que estaba venciendo a la vieja política: construyendo un nuevo populismo que no parezca populista.

Toda una genialidad. La gran pregunta es: ¿Perdurarán estos fenómenos en el tiempo? Porque una cosa es ganar elecciones y otra gobernar. Una cosa es vender un producto y otra cosa que estos productos funcionen. Algo que, de momento, está por ver. ¿Es solo humo o realmente se puede gobernar un país desde una visión de la economía tecnócrata sin ideología aparente? Sobre todo por una cosa: desprenderse de toda ideología es imposible. Cuando Macron ha llegado al poder, ha desarrollado una reforma laboral que responde a unos principios políticos claros que proceden del neoliberalismo. Ahí ya va perdiendo apoyos, y votantes. Posiblemente se puedan ganar elecciones desde el centro, pero es imposible gobernar desde ese lugar. Y cuando uno vende humo, puede venderlo una vez, pero venderlo dos veces ya va a ser más complicado. Ahí está el reto de todos estos fenómenos: demostrar que hay algo más, o bien demostrar que son capaces de vender algo vacío dos veces. Difícil, pero no imposible. Tienen apoyos como para lograrlo. Tienen a su favor a gran parte del “establishment” contentos con estos fenómenos que prometen cambiarlo todo para dejarlo todo igual. Y tienen el apoyo de sus mass media. Este producto vende. Despreciarlo solo puede llevar a verse derrotado por él. Tratar de vencer a un nuevo enemigo utilizando para ello viejas armas es inútil y, además, suicida.

 

La conclusión es clara:

El marketing le ganó a la política. Y si la izquierda no entiende que debe jugar con estas armas, habrá perdido, una vez más.

Nunca está de más recordar aquello que escribió Machado: En política sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela

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