El nivel de seguridad es más alto de lo normal, algo se está cociendo en las cloacas de esta ciudad que hierve y tenía que ser hoy, por supuesto, el día que menos lo necesito. El control de acceso al hotel está reforzado; se repite la liturgia que ya he vivido otras veces, que vivo cada día cuando llego a mi urbanización: el repaso a los bajos del coche, la revisión del motor, del maletero y de la documentación del conductor. Hoy se añade el chequeo de mi pequeña maleta y de mi tarjeta de residencia, que el guardia de seguridad mira con una desgana sólo comparable a la que muestro yo en facilitarle la labor. No nos dejan llegar con el coche hasta la puerta principal, y esto sí que es nuevo y preocupante. Mi chófer me acerca lo más posible y se disculpa una y otra vez, como si fuera culpa suya, dice “sorry, Sir” con su profundo acento indio, hasta que le aseguro que no pasa nada, que los cien metros que me separan de la recepción no me van a matar, y por fin parece quedarse tranquilo, aunque la verdad es que malditas las ganas que tengo de caminarlos con los cuarenta y nueve grados que me aplastan como una cucaracha al salir del coche, de la protección del aire acondicionado que no deja nunca de zumbar. La humedad del ochenta y nueve por ciento hace casi imposible respirar, aprieto los dientes con rabia mientras la camisa, que parece a punto de arder, se me pega a la piel aumentando la sensación de asfixia. Empiezo a caminar y a sudar y trato de parecer lo más relajado posible, ya sólo me queda registrarme. Me conocen bien en Le Meridien, tengo tarjeta de fidelidad categoría dorada y hay dos recepcionistas que me llaman por mi nombre sin abrir mi pasaporte. Pero antes tengo que pasar por el detector de metales y cruzar el hall principal, donde sin gran esfuerzo descubro al menos tres miembros del grupo de seguridad del hotel, con sus auriculares en el oído, el cable en espiral que se pierde en el cuello de su camisa, traje oscuro y corbata, músculos apretados y mirada asesina que se fija en mí, o eso quiero creer, seguro como estoy de que llevo una luz roja sobre mi cabeza que parpadea en letras enormes, anunciando al mundo que estoy a punto de cometer un crimen que está penado, en este país alucinante, con la pena de muerte. Para ella y para mí, si nos descubren cometiendo ese pecado abominable que hemos planeado en las cuatro últimas semanas, torturado por el deseo de retirar el niqab que le cubre todo su rostro, esa abaya que esconde su cuerpo, que deja a la vista sólo sus manos morenas, de dedos finos, huesudos, uñas cuidadas y largas, con su esmalte de brillo ligero, incoloro, y apenas dos anillos de oro, clásicos y discretos. Y por encima de todo, esos ojos negros que me han aprisionado en una sinrazón que aún no sé explicar, que me han empujado a poner mi carrera, mi vida entera en juego, y la suya, que arriesga todo lo que tiene y lo que le queda por vivir, asomados los dos a un precipicio aterrador por una noche de pecado impronunciable, por unas horas de amor, de libertad, de sexo, en esa habitación de hotel donde me espera en secreto, tan aterrorizada como lo estoy yo, repasando cada rincón de su coartada, esperando que yo llame a su puerta y pidiendo a su Dios, de forma tan irónica, que no haya interrupciones, gritos, redadas, policías, maridos ultrajados, castigo y muerte. Seguro yo, de forma inexplicable, que cuando retire con suavidad el velo de su rostro, cuando libere esos cabellos que tiene prohibido mostrar, cuando pueda acariciar su cuerpo entero y verla por vez primera, todo tendrá sentido, todo habrá merecido la pena. Arrastrado por esos indescriptibles ojos negros, que son responsables de todo. Perdido sin remedio ni consuelo en la profunda enormidad de esos ojos negros, que son culpables de todo.

David conoce Oriente Medio como la palma de su mano. Dirigió operaciones en Afganistán, Irak e Irán cuando era oficial en los marines, y sé con certeza que anduvo muy cerca de acabar sus días allí, en el puto desierto, como dice él. Es hijo de piloto de caza de la USAF, nació en Houston, como su padre, y su madre es de Astorga; David habla español perfectamente, con un ligero acento yanqui que a veces parece sacado de una película de serie B. Cuando mi empresa se instaló en Khobar y empezó a traer ingenieros y personal de apoyo a espuertas desde España, tuvo que plantearse seriamente cómo iba a manejar la seguridad de todos nosotros y contrató a David, que se acababa de licenciar. Nos tocó la lotería. Tiene acceso a todos los foros de seguridad de las multinacionales que operan en la región, a las puertas cerradas de la embajada de USA y sus servicios secretos, a los clubs donde se reúnen los pocos elegidos, los que saben, los que tienen un pasado común de operaciones especiales y contraespionaje, ingleses y americanos exclusivamente, donde repasan chivatazos, advertencias, hechos, y se apoyan cuando hay que limpiar la mierda que ha pasado, o que va a pasar, con códigos y lealtades que sólo ellos entienden. Hace ya 10 meses que vivo en Arabia y David y yo hemos hecho buenas migas, nos ha tocado trabajar juntos en tres casos que han salpicado a gente de mi departamento: uno de contrabando de alcohol, otro de violencia doméstica y otro que me puso los pelos de punta durante dos días, hasta que sus amigos secretos comprobaron, sin lugar a dudas, que esa camioneta que cortó el paso a uno de nuestros autobuses, con un todoterreno vigilando al final de la calle, sólo era la broma de unos niñatos que jugaban a asustar a un grupo de expatriados, y no el ensayo o el intento frustrado de algo mucho peor. Sé de primera mano lo bueno que es haciendo su trabajo. Como parte de mi entrenamiento de seguridad David me ha contado de arriba abajo las precauciones a tomar por lo que se refiere a enredar con mujeres en este reino. La norma básica y fundamental, repetida hasta la saciedad, tan obvia que ya ni la pronunciamos: ni arrimarse a una mujer saudí. Ni arrimarse. Se puede hacer algo con mujeres europeas, americanas o filipinas si se siguen ciertas precauciones básicas, aunque siempre es mejor no arriesgar y esperar hasta el fin de semana, cruzar a Bahrain por el puente que une la edad media de Arabia con el siglo XXI, y desfogarse allí con alguna de los millares de prostitutas asiáticas que ofrecen sus servicios veinticuatro horas al día, o con una de las dependientas filipinas que andan a la caza de un segundo marido que les asegure su futuro y el de los hijos que han dejado atrás con abuelas que no protestan, o probar con alguna americana o europea, soltera o casada, que esté dispuesta a concretar las insinuaciones directas o más sutiles del juego interminable de Tinder. Ni arrimarse a una mujer árabe. Cuando le pregunté a David sobre la seguridad del hotel Le Meridien, en Khobar, y le expliqué sin dar muchos detalles lo que estaba tramando, me taladró con sus ojos azules, endureció su mandíbula cuadrada y dura, tan acostumbrada a dar órdenes a marines en primera línea de fuego y me dijo despacio, desde el otra lado de la mesa de su despacho, “no lo hagas si es una mujer árabe”; no sé por qué lo supo, de forma tan brutal, por qué no lo supe esconder: tal vez los jefes de comandos de operaciones especiales están entrenados para leer el pensamiento de los soldados asustados. “¿Copy me?” No me dijo “¿lo has entendido?” Me dijo “¿Copy me?” casi susurrando, con un acento cuartelero que no dejaba lugar a dudas, que olía a órdenes dadas a punto de saltar detrás de las líneas enemigas desde un helicóptero, en mitad de la noche, y sentí un escalofrío que aún me dura cuando pienso en mi respuesta y en la forma en la que despreció mi mirada insegura y empezó sin más a repasar la distribución de las cámaras, las horas a las que cambian de guardia en la sala de control, y el nivel de seguridad que aplican dependiendo del día, los consejos sobre qué ascensor coger y cuál evitar en el hall principal. Insistió en que eligiéramos sin llamar la atención dos habitaciones en la misma planta, pero no pegadas, que no pidiéramos servicio de habitaciones, que me llevara el móvil con la batería a tope y un cargador extra, repasó conmigo el proceso de checkout del día siguiente, los tiempos de espera, la secuencia de movimientos para asegurar una salida discreta y me repitió tres veces que si algo salía mal, pasara lo que pasara, mi primera llamada, en cuanto la pudiera hacer, fuera para él. No insistió más en la nacionalidad de la mujer, él ya sabía, y me dijo para cerrar la conversación que me estaba yendo a un territorio donde le iba a costar mucho ayudarme si algo se torcía, y me preguntó, en un tono ya diferente, hablándome como cuando apuramos margaritas en nuestro restaurante mexicano preferido de Bahrain, antes de terminar nuestras noches de farra en el club donde elegimos sin pudor a las profesionales tailandesas con las que cerramos la noche, si me merecía la pena, si estaba seguro del todo. No supe qué responder, nunca había pensado en esos ojos negros como en un territorio, pero me gustó la analogía. Creo que moví ligeramente la cabeza, en un gesto afirmativo, vago, mientras ya no veía la cara de David, su sonrisa irónica y preocupada, sus manos poderosas cruzadas sobre la mesa, acercándose a mí como si estuviera a punto de lanzarme un puñetazo y dejarme inconsciente y atado a una silla en su despacho, y sólo pude ver, otra vez, esos interminables ojos negros, que me persiguen desde hace meses, esos brillantes ojos negros, que son culpables de todo.

Fathma es, de alguna forma, una aberración, una excepción a las reglas de comportamiento en este país que aún me cuesta entender. La conocí durante mi primera semana en Arabia, en una reunión de trabajo en la empresa de suministros para la que trabaja, y que tengo que visitar todas las semanas. Se licenció en Michigan, es experta en Supply Chain, y está terminando un Master en Administración de Empresas. Viste el yihab que cubre el cabello de todas las mujeres árabes, pero la tradición de su familia no le ha impuesto el niqab, así que veo su rostro redondo, pálido para el estándar de este país, su sonrisa franca y directa y la forma en que abre sus ojos, desorbitados, cuando nos acribillamos a preguntas sobre el amor, las relaciones personales, el divorcio, el futuro de este país, el papel de las mujeres saudís en las reformas que se intuyen o se empiezan a ver, mientras nos tomamos un café o un té en su despacho, siempre con la puerta abierta, por supuesto, al terminar nuestra reunión semanal, donde ella siempre está presente, opinando cuando debe hacerlo, bajo la mirada atenta de su supervisor, que se muestra siempre respetuoso con ella desde su blanca dishdasha, impoluta y perfectamente planchada. En una de esas charlas de a dos le pregunté a Fathma si hay mujeres en Saudi que rompan las leyes, que se aventuren a tener sexo antes del matrimonio. Fathma no se escandaliza por nada, pero nunca antes había visto su gesto tan serio como cuando me explicó que sí. Cuando me describió con detalle que le pasó a una amiga suya, soltera, compañera en la Universidad, y cómo la descubrieron. Cómo la arrastraron con su amante, árabe también, a la comisaría de policía. Los latigazos y la renuncia de su padre a ir a liberarla durante tres semanas. Y el infierno que siguió, su desaparición virtual, la repudia, el final aparente de una vida que era tan similar a la de Fathma. Su mirada se ensombreció aún más cuando le pregunté qué le pasaría a una mujer casada. Habló de la pena de muerte mientras su cabeza se movía lentamente de lado a lado, en una negación que no se acababa. Me explicó varias veces cómo la vida se puede acabar incluso sin morir, en este reino medieval, y me reconoció que sucede, que hay quien asume el riesgo; es la ironía, la inconsistencia y el cinismo de esta sociedad tan peculiar, y me miraba profundamente, queriendo saber, queriendo preguntar pero sin hacerlo por primera vez desde que nos conocimos, apartándose de mí como si ya estuviera condenado, con una sombra de terror y de miedo en su rostro, tan evidente que por primera vez hubiera querido que estuviera cubierto por un niqab, para no ver, para no sentir su pánico alimentando el mío. “Un hombre extranjero se puede salvar”, concluyó. “Una mujer árabe no”. Y recogió las tazas de café y me dio la espalda, y sobre sus hombros quise ver un peso apabullante, de siglos, que la empujaba a alejarse de mí, esta vez sin sonreír, mientras decía “hasta la semana que viene” casi susurrando. Me levanté despacio y cerré los ojos unos segundos para recuperar el aliento, para visualizar esos ojos negros que me alimentan, que me dan la fuerza para seguir, esos ojos negros en los que yo ya creía entonces, en los que yo ya veía, esos ojos negros que Fathma no conoce pero seguro que intuye, esos ojos negros que son culpables de todo.

Ahmed tiene treinta y dos años, como yo. Nació en un pueblo pequeño, cerca de El Cairo, y allí viven su mujer y su hijo. Vino a Arabia hace años y desde hace dos trabaja en mi empresa, en mi departamento. Ya me llama hermano, y cada mañana nos besamos tres veces en la mejilla derecha, después de cruzar las puertas de una amistad que sé con certeza va a durar para siempre. Ahmed es muy religioso, observa escrupuloso todos los rezos, los ritos, las tradiciones, sin un atisbo de duda. Me recita El Corán cada vez que bajo un poco la guardia, siempre tiene a mano un proverbio, un dicho, una historia del Profeta que ilustra lo que me quiere decir, sobre todo cuando no estamos de acuerdo en algo. Ahmed es el único que sabe: me ha visto ir cruzando fronteras con Yasmeen, traspasando límites prohibidos mientras su nivel de preocupación iba aumentando, siempre dispuesto a darme consejo, alertando de los riesgos, explicándome de forma clara por qué no estaba bien lo que estábamos haciendo. Yasmeen está casada; Ahmed no alcanza a entender lo que nos está pasando, pero su posición es clara: si de verdad me quiere, ella tendría que pedirle el divorcio a su esposo. Ahmed es matemático, siempre lo reduce todo a porcentajes. Si Yasmeen es sincera y le habla de mí a su marido hay un 30% de posibilidades, me dijo, de que la mate en ese mismo momento. Si no la mata la va a repudiar, la va a echar de su casa, la va a robar sus dos hijos para siempre. Porque Yasmeen tiene dos hijos, y Ahmed, que me enseña cada día las fotos del suyo, tan lejano, no puede entender. Me dijo que ella, si de verdad me quiere, estará pensando en casarse, que si no lo hace se estaría comportando como una prostituta, y me preguntó cómo me sentía al pensar que ella es una prostituta. Yo le contesté “Yasmeen no es una prostituta y tú lo sabes”, y Ahmed movió su cabeza desconsolado, porque no soy capaz de ver lo que para él es evidente. Me habló de la lapidación, posible si nos descubren in fraganti, al menos para ella. Si nos ven cuatro testigos, de acuerdo a ley islámica que me quiere hacer entender con tanta urgencia. Desesperado me suplicó que si lo vamos a hacer que fuera en Bahrain, que encontráramos el modo de vernos allí. Le expliqué que no era posible y me repitió, ya desconsolado, que no lo hiciéramos, que se divorcie primero, o que me busque a otra. Le dije que la gente se enamora, que cada día en Arabia esto le pasa a mujeres y a hombres, que él lo sabe, que tiene amigos árabes que lo hacen. Le dije que Arabia está cambiando. Entonces me miró como nunca lo había hecho antes, y desde lo más profundo de su credo, con el peso de siglos, me dijo solemne “Daniel, el Islam no cambia”, y eso lo resume todo, ya no quiso decir nada más al respecto y se calló casi con rencor. Dejé pasar un rato y le pregunté si ya no éramos amigos, si le había ofendido hasta ese punto, si me iba a denunciar. “Pero Daniel”, me dijo sorprendido, “no entiendes nada. Tú y yo somos amigos, lo seremos siempre, nada va a cambiar eso. Nunca te denunciaría, es tu decisión y la suya, y si algo malo pasa yo jamás te abandonaré, te apoyaré hasta el final, como el hermano que eres”. Luego miró por la ventana y me dijo que seguía sin entender, que le explicara otra vez por qué. Y yo que repaso una y otra vez mis recuerdos, que visualizo cada detalle de esas manos, de esos ojos que me sonríen, que me suplican, que me hablan como si fueran un ser humano completo, capaces de comunicarse de forma tan intensa, no fui capaz de explicárselo, mi inglés no es tan bueno como para expresar lo que siento, cómo he llegado hasta aquí, y ni siquiera en español encontré las palabras, la explicación que a mí mismo me haga entender, porque no puedo, no hay lógica en esa atracción interminable, en esa inercia imparable, en la magia indescriptible de esos ojos negros insólitos, únicos, esos ojos negros que tienen la culpa de todo.

Yasmeen tiene una máquina de Nespresso en su cubículo. Su nivel salarial no le da derecho a tener un despacho cerrado, es una de las empleadas saudís del departamento de Recursos Humanos de mi compañía que trabaja en un puesto abierto, en un open space, como decimos en nuestra omnipresente jerga inglesa. La ley laboral de este país exige a las empresas extranjeras un porcentaje de trabajadores locales. Hay que alcanzar un nivel de “saudización” y el departamento de RRHH se lleva buena parte del cupo. Tengo cincuenta y dos personas a mi cargo, así que rara es la semana que no tengo que ir a verla para resolver algún problema relacionado con mi gente: parece que los expatriados y sus familias nos aletargamos en este desierto, todo el mundo se atora en cuanto hay la más mínima dificultad. El café tradicional que tenemos disponible y que nos hacen los camareros nepalís repartidos por todas las plantas de nuestras oficinas no hay por dónde cogerlo, la verdad, y no es mejor que el café árabe que nos ofrecen a cada momento. Las visitas a Yasmeen para decir “hello” y tomar un café solo de su máquina después de comer se hicieron, sin darnos cuenta, una rutina que los dos esperábamos y celebrábamos casi cada día, yo con una sonrisa franca, y ella con un brillo intenso en sus ojos y un ladear ligero de su cabeza, cubierta sin resquicios por todas las piezas del niqab, que a mí me pareció desde el principio un sutil gesto de coqueteo. No se toca a una mujer saudí. No se le da la mano, no se la besa, uno no se acerca demasiado a ella, es tan sencillo como eso. Hasta que te ofrece, siempre con su mano derecha, ese vasito de papel con el Nespresso recién hecho, que tú recoges con dos manos, para evitar accidentes, y tus dedos se rozan con los suyos durante un milisegundo, que es un poco más largo al día siguiente, y al otro, y al otro, y al otro, hasta que un jueves, anticipando el fin de semana que empieza en unas horas, dos largos días durante los que no habrá cafés compartidos, mis manos se atrevieron a retener las suyas, rompiendo reglas que no se discuten, atacando su intimidad de forma brutal, como si en la oficina de Madrid le pusiera mi mano en la teta derecha a una compañera de trabajo, así, en mitad de la oficina, tan inconcebible es mi gesto en el país donde vivo. Una mano que ella no retiró, una mano que me apretó con sus dedos largos y finos, suplicando en silencio algo que yo quise empezar a entender, que no he dejado de explorar desde entonces. Le pedí permiso para contactarla por Whatsapp durante el fin de semana. Dijo que sí. Le supliqué que me perdonara, le dije que no sabía lo que me estaba pasando. No dejó de mirarme, sin decir nada. Le pedí que me avisara si la ofendía, en cualquier momento, en cualquier gesto, que me dijera basta, stop, que no quería hacer nada contra su voluntad. “Ya no tengo voluntad”, dijo, “sólo la tuya”. Y los días que siguieron fueron testigos de nuestros delirios, nuestros planes, nuestra locura inexplicable. La coartada laboral que justifica esta noche de hotel que empieza hoy es tan frágil, tan cogida por los dedos, que se me corta la respiración cada vez que la analizo, cada vez que repaso todo lo que puede ir mal, todo lo que puede hacer sospechar a su marido, que no es de los peores en el control de sus mujeres, pero que puede romper nuestro plan con una llamada a destiempo, con una verificación sencilla que hará que todo salte por los aires. Estamos locos, no hay otra explicación. Algo debe explicar esta aberración, este salto al vacío, esta pirueta demencial en la que los dos nos jugamos nuestras vidas, ella aún más que yo, que quizás tenga una vía de escape que ella no tiene, y sobre eso los dos tenemos una certeza absoluta. Y yo, que no he visto nunca lo que hay debajo de ese niqab, conozco ya su rostro, me lo sé de memoria, porque sus ojos lo reflejan todo, porque son un cristal que me da acceso a todo su interior, una ventana que ella abrió el día que me sostuvo la mano sin pestañear, el día que claudicó su voluntad en la mía, el día que nuestro amor rompió los diques y los muros y las razones de siglos de historia, de tradiciones, de leyes escritas y no escritas, de miedos eternos y profundos. El día en que sus ojos negros cegaron mi razón, esos ojos negros que son sólo ya para mí, entregados, esos ojos negros asustados que me esperan, en la habitación 336, esos ojos negros que tienen la culpa de todo.

Mi habitación es la 301. Su último mensaje de whatsaap ha confirmado que está lista, esperando, que todo parece estar en orden. Estoy como un león enjaulado, me he duchado, me he lavado los dientes tres veces, he preparado y desecho compulsivamente una pequeña bolsa donde he metido el cepillo, mi enjuague bucal, una camiseta y unos calzoncillos grandes y viejos que uso para dormir, y tres preservativos que me queman en las manos. Cuando vacío casi del todo el mini bar en la bolsa (no podemos pedir servicio de habitaciones, no podemos salir de la habitación) me pregunto de forma súbita cómo va a pagar ella el hotel, con qué tarjeta de crédito, cómo lo va a justificar, y me doy cuenta que no hemos discutido esa parte, que la he dado por supuesta, cómo he podido ser tan imbécil, sólo me queda esperar que ella lo tenga bajo control, porque yo ya no puedo más, no puedo pensar claramente, hay un segundo en el que me veo llamando a mi conductor y saliendo del hotel de forma apresurada, saltando al coche que tengo asignado y huyendo de vuelta a la seguridad impenetrable de mi urbanización, a ese apartamento donde ya han pasado noches enteras dos enfermeras filipinas, casi sin arriesgar nada, casi sin exponer nada, y donde irónicamente los ciudadanos saudís tienen prohibido el acceso. Pero el momento de duda se disipa y salgo de mi habitación tras echar un último vistazo a lo que dejo atrás, rezando a mi manera para que dentro de unas horas pueda regresar sano y salvo, recoger y largarme, o al menos sólo con heridas del corazón, de las que se curan con suspiros, miradas, cartas, besos y noches de sexo interminable en hoteles de lujo. Hay unos sesenta metros hasta la 336, ya lo he verificado en el plano de evacuación que se refleja fosforescente en la puerta de mi habitación. Sé dónde están las cámaras de vigilancia, me he fijado bien cuando he llegado. Ya sé dónde voy a fingir que estornudo, dónde voy a sacar el pañuelo para cubrirme la cara. David me ha dicho que no dude, que no me deje ver por los pasillos más de lo necesario, que sea rápido y que no mire a las cámaras. No me encuentro a nadie en el pasillo. Avanzo y decido que no voy a fingir el estornudo, me siento tan ridículo que prefiero exponer mi rostro y esperar que allá abajo, en la habitación de control, estén haciendo lo que hacen casi siempre, es decir, no prestar casi atención, que el nivel de seguridad que he visto al llegar sea sólo un espejismo, una alarma que ya ha pasado. Delante de mí está ya la puerta de la habitación 336. Mi mano golpea suavemente, tres veces, tal y como hemos acordado. Y los tres segundos que pasan hasta que la puerta se abre son los más largos de mi vida, claro, no podía ser de otra manera. Detrás de la puerta está Yasmeen. La reconozco por sus ojos. Veo que hay un rostro rodeándolos, una cabellera ondulada y espesa que parece casi tan oscura como ellos, que enmarca el brillo apasionado de esos dos puntos de luz negra, que se proyectan sobre mí. No soy capaz de apreciar los detalles, no distingo pómulos, cejas, labios, piel, pese a que están expuestos a mí, finalmente, de forma tan liberadora, tan sublime. Yo sólo veo sus ojos negros, esos ojos negros que no me dejan de mirar, suplicando una palabra, esos ojos negros que no dejo de mirar, suplicando una palabra. Esos ojos negros que taladro con los míos mientras entro en la habitación, mientras muevo lentamente mis brazos buscando un abrazo que va a ser el primero, porque quiero sentir a Yasmeen pegada a mí, porque quiero tranquilizarla, porque quiero tranquilizarme, porque quiero abrazarla sin palabras hasta que nuestras respiraciones se calmen y se acompasen. Y así estamos, abrazados, sintiendo su cuerpo pegado al mío, con un contacto profundo que cubre nuestros muslos, nuestros estómagos, nuestros pechos, cuando me doy cuenta de que la puerta de la habitación aún está abierta, cuando hago un gesto ligero para separarme y cerrarla con suavidad. Justo en el momento en el que oímos el “ding” inconfundible del ascensor, que se ha detenido en nuestra planta. Dejo de mirarla una fracción de segundo, el tiempo que necesito para empujar la puerta con violencia, y cuando giro mi rostro de nuevo hacia el suyo sus ojos negros están desorbitados, brillan con una luz que no había visto antes, o tal vez es el reflejo de mi miedo, que me está invadiendo mientras trato de calmar otra vez mi respiración y me concentro sólo en esos ojos negros únicos, profundos, maravillosos. Mientras espero en silencio, escuchando el rumor de esos pasos que avanzan por el pasillo, intentando adivinar si son dos, o cuatro, o seis, tal vez ocho, los pies que caminan en nuestra dirección, si se van a parar frente a la puerta de la habitación 336, o no. Miro una vez más esos ojos negros, y espero que no sea la última vez que lo hago.

Esos ojos negros que tienen la culpa de todo.

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