Foto cabecera: © Esteban Cobo, UIMP (2018).

Octavio Salazar (Cabra, 1969) es jurista y escritor, Catedrático en Derecho Constitucional y experto en igualdad de género y nuevas masculinidades.

Dentro de su amplia trayectoria a favor de la igualdad, podemos destacar reconocimientos como el Premio de Investigación de la Cátedra Córdoba Ciudad Intercultural por un trabajo sobre igualdad de género (2012) o el Premio Hombre Progresista (2017) otorgado por la Federación de Mujeres Progresistas. A esto se suma su pertenencia a organizaciones defensoras de la igualdad como la Red Feminista de Derecho Constitucional o la asociación cultural Clásicas y Modernas.

Octavio colabora habitualmente con medios como Diario Córdoba, eldiario.es o Huffington Post, donde además de escribir sobre igualdad y diversidad cultural, también lo hace sobre derechos LGTB+, cine y literatura. Este año ha publicado El hombre que no deberíamos ser (Planeta, 2018), un manifiesto a favor de una nueva masculinidad más igualitaria.

 

Como catedrático de Derecho Constitucional, ¿crees que el sistema jurídico español perpetúa la desigualdad de género? ¿Y qué crees que sería imprescindible cambiar?

Nuestro sistema jurídico continúa siendo deudor de un orden, el patriarcal, que durante siglos ha usado el Derecho como uno de sus instrumentos de poder. Es decir, no podemos olvidar que el Derecho no es solo, o puede ser, una herramienta de transformación, sino que también en muchos casos se convierte en un mecanismo de mantenimiento de un orden establecido. En este sentido el Derecho ha sido siempre uno de los más eficaces instrumentos para mantener las desiguales relaciones de poder entre mujeres y hombres. Ya lo advertía con lucidez Carmen de Burgos en su La mujer moderna y sus derechos, publicado en 1927 y que acaba de reeditarse. Aunque hayamos avanzado a través de políticas legislativas, de normas internacionales que nos obligan o de cierta jurisprudencia, la realidad es que las bases siguen inamovibles. La misma Constitución de 1978 invisibiliza a las mujeres y mantiene el pacto juramentado entre varones, que diría Celia Amorós. Habría que, por lo tanto, superar ese modelo de contrato basado en las estructuras binarias del patriarcado (masculino/femenino, público/privado, trabajos productivos/trabajos reproductivos) y crear nuevos paradigmas. Necesitamos incluso otras palabras, otros conceptos. Hace faltar superar la concepción androcéntrica y heteronormativa del sujeto del Derecho y de los derechos. Te diría que nuestro sistema jurídico sigue todavía muy fielmente lo que el misógino Rousseau convirtió en paradigma de la masculinidad y la feminidad. Por supuesto, hay que cambiar toda la cultura machista, también en lo jurídico, que sigue alimentando el «monstruo». Es decir, hay que matar a Rousseau y hay que dejar que Mary Wollstonecraft se haga presente en las leyes.

«NUESTRO SISTEMA JURÍDICO ES DEUDOR DE UN ORDEN PATRIARCAL QUE DURANTE SIGLOS HA USADO EL DERECHO COMO UNO DE SUS INSTRUMENTOS DE PODER»

 

¿Existe desigualdad de género en el mundo de la judicatura? ¿Crees que hay una falta de mujeres en la carrera judicial?

Existe la gran paradoja de que mientras que en las últimas promociones las mujeres ya superan a los hombres en la Judicatura, los espacios de poder –y las más altas magistraturas– siguen monopolizados por los hombres. Hay quien dice que es cuestión de tiempo. Yo creo que no es solo cuestión de tiempo, sino también de superar unas estructuras que a nosotros nos lo ponen más fácil. En cualquier ámbito, también en el de la Administración de Justicia. Y, por supuesto, hacen falta más mujeres (y hombres) feministas aplicando e interpretando el Derecho. No se trata solo de una cuestión de cantidad, que también, sino de calidad democrática. Es inaceptable que, por ejemplo, la perspectiva de género siga ausente en la formación de los operadores jurídicos.

 

¿Qué supone para ti el feminismo y cómo de importante es en tu vida? ¿Cómo llegaste a él?

El feminismo es para mí una forma de vida, una ética que me interpela constantemente. No es solo un pensamiento o un activismo, que también. Es una permanente llamada a desaprender todo el machismo que llevo dentro y a trabajar no solo por otro modelo de hombre sino por otra sociedad en la que superemos las reglas que siempre nos beneficiaron a nosotros. Es como un faro que siempre me hace estar alerta. Y también es una gran alegría. El feminismo es la propuesta política y vital que más alegrías me ha dado en los últimos años, que mejores personas ha hecho que se crucen en mi camino, que más y mejor me enseña a disfrutar de la vida. Nada que ver con esa visión interesadamente oscura y perversa que a veces se da de él por parte de sus detractores.

«LA CONSTITUCIÓN DE 1978 INVISIBILIZA A LAS MUJERES Y MANTIENE EL PACTO JURAMENTADO ENTRE VARONES»

Llegué a él por varios caminos que terminaron entrecruzándose. Por la influencia de muchas mujeres que ha habido en mi vida y que, sin reconocerse en muchos casos como feministas, me han dado lecciones de lo que yo luego he logrado identificar como tales. Mujeres como mis abuelas, o mis tías, o mi madre, o mis maestras. Posteriormente, me acerco a él en un plano más intelectual cuando empiezo a estudiar Derecho y una profesora de lo que entonces se llamaba Derecho Político, empieza a hablarme de lo machista que era Rousseau, de las sufragistas, de la democracia paritaria… Entonces se abrió una enorme ventana que espero no cerrar nunca. A partir de ahí empiezo a replantearme todo lo que hasta entonces yo había dado por bueno. Empiezo, poco a poco, a desaprender. Por eso entiendo que lo de ser feminista es un proceso, largo y complejo proceso. De ahí que cuando me preguntan si soy feminista, insisto en que «estoy en ello».

 

En tu último libro, El hombre que no deberíamos ser (Planeta, 2018), propones deconstruir el actual modelo de masculinidad para acelerar la consecución de la igualdad entre mujeres y hombres. ¿Cuál crees que es el argumento más eficaz para convencer a un hombre de que abrace la causa feminista?

Yo creo que habría dos tipos de argumentos entrelazados. De una parte, porque es una cuestión de justicia –de justicia histórica, incluso– y de democracia. Si el horizonte del feminismo es la igualdad de derechos, la igualdad real, nadie puede dudar de que no puede haber democracia sin feminismo. Decía Adolfo Posada, que a finales del XIX escribió un libro titulado Feminismo, que se trata de un «humanismo integral». Por lo tanto, estamos ante una exigencia de la misma dignidad del ser humano, una cuestión de derechos humanos.

«LA CAUSA FEMINISTA Y LA CAUSA LGTB+ TIENEN UNAS MISMAS RAÍCES DE OPRESIÓN»

De otra parte, es necesario hacer una labor pedagógica –y eso nos corresponde a nosotros, no ha de ser otra carga para las mujeres– para que los hombres entiendan que el feminismo no es una guerra contra nosotros. Que el enemigo es el patriarcado. Y que este enemigo también nos convierte a nosotros en sujetos condicionados y limitados, sometidos a miles de renuncias, esclavos de unas expectativas de género. Es decir, el feminismo es una llave que nos va a convertir en mejores tipos, en hombres más felices y va a hacer posible que vivamos en un mundo mejor. Todas y todos salimos ganando. Pero, claro, ese objetivo democrático y de justicia exige que nosotros renunciemos a poder, a privilegios y a comodidad. Sin esa renuncia, no será posible establecer otras reglas del juego.

 

Participaste con tu testimonio en el libro Hombres por la igualdad (2017), ¿cuál dirías que es el papel del hombre en el feminismo actual?

En parte lo he contestado en la pregunta anterior. Creo que nuestro papel debe ser fundamentalmente dirigirnos a los hombres, trabajar con ello, poner en evidencia nuestro machismo, generar redes de agentes por la igualdad. No debemos usurpar la voz ni la palabra de las mujeres, ni creo que debamos dirigirnos a ellas. Y, para hacer todo eso, es necesario que las escuchemos, que aprendamos de ellas, que leamos pensamiento feminista, que hagamos un ejercicio de concienciación que pasa necesariamente por desmontar nuestras propias convicciones y visión del mundo. Me parece urgente además que abandonemos la resistencia pasiva. Que nos convirtamos en militantes por la igualdad, en lo más personal e íntimo, pero también en la esfera pública. Asumiendo la incomodidad que supone, y el coste también a veces, ser un hombre que «traiciona» a su género.

«HACEN FALTA MÁS MUJERES (Y HOMBRES) FEMINISTAS APLICANDO E INTERPRETANDO EL DERECHO»

 

Te has definido en varias ocasiones como queer, ¿cómo entiendes tú esta teoría LGTB+ y cómo la aplicas en tu vida?

A mí me gusta jugar con el término, pero casi remitiéndome a su significado originario, que sería algo así como «raro» o «torcido». Yo siempre he dicho que soy un padre queer, o incluso un jurista queer, porque estoy siempre en las afueras (que diría Virginia Woolf). Porque trato siempre de no ajustarme a los patrones que se esperan de mí, porque yo mismo he comprobado que soy un ser en construcción, un gerundio más que un participio. Eso es lo que me gusta del término. Luego, la teoría queer y las lecturas que se han ido haciendo de ella me convencen mucho menos. Me parece que está sobrevalorada, que tuvo un cierto juego hace unas décadas pero creo que ahora se está usando como una especie de carta en blanco que tiene muchos riesgos. Y me parece que los tiene para el feminismo, en cuanto desdibuja su sujeto político y lleva incluso a que cada cual se fabrique un feminismo «a medida».

«SER GAY, O LESBIANA, O TRANS, NO TE CONVIERTE EN FEMINISTA»

 

¿En qué medida crees que la causa feminista y la causa LGTB+ están relacionadas como movimientos sociales? ¿Crees que sería necesario estrechar lazos?

Creo que están interconectadas desde el momento en que contestan un orden social, político y cultural basado en el dominio masculino, la heteronormatividad y, en general, una estructura del pensamiento basada en criterios dualistas y jerárquicos. El Derecho, del que hablábamos al principio, también es un instrumento no solo patriarcal sino también heteronormativo. Por lo tanto, es evidente que hay unas mismas raíces de opresión, aunque lógicamente las consecuencias sean distintas y los niveles de discriminación y/o injusticia también.

«CUANDO ME PREGUNTAN SI SOY FEMINISTA, INSISTO EN QUE ESTOY EN ELLO»

Observo con cierto temor, y pena, que en los últimos años lejos de estrechar lazos entre sí, se generen cada vez más disputas y se alimenten «guerras» dialécticas o simbólicas que al final solo benefician a los de siempre, es decir, a quienes siguen defendiendo el orden más tradicional. Creo que en esto tiene mucho que ver, de una parte, cómo parte del movimiento LGTB+, sobre todo el sector masculino, se ha dejado llevar por el mercado y se está convirtiendo más en un pastiche neoliberal que en una propuesta vindicativa. De otra, es también una estrategia del mercado poner a luchar a las identidades, generar nichos no solo de consumo y deseos, sino también generadores de activismos enfrentados. Esto nos conduce a un peligroso individualismo y a potenciar más lo que nos puede separar que unir.

Y, por supuesto, a veces se comete el error de pensar que alguien por haber sufrido algún tipo de exclusión inmediatamente va a estar comprometido con cualquier lucha por la igualdad. Y no siempre sucede así. Es decir, ser gay, o lesbiana, o trans, no te convierte en feminista. Yo conozco a muchos hombres gais muy machistas, incluso más machistas que algunos heteros, que reproducen esquemas muy tradicionales y estereotipados, y que no tienen ninguna complicidad con las feministas, a las que incluso califican de histéricas o pesadas. Esto también habría que dejarlo muy claro.

 

El Orgullo de Madrid de este año ha estado dedicado a la visibilidad y defensa de los derechos de las personas trans, ¿qué medidas crees ineludibles para lograr la integración plena de este colectivo?

Creo que hay que conseguir de una vez por todas la despatologización. También habría que prestar más atención a lo que ocurre con las personas trans menores de edad. Y, como reflexión más general, y sé que polémica, también deberíamos reflexionar sobre hasta qué punto el movimiento trans no está contribuyendo a reproducir la normatividad masculina/femenina, en vez de superarla. Por ejemplo, por una parte veo que el feminismo lucha contra la tiranía de la belleza que sufren las mujeres, pero por otra parte veo que para muchas personas trans la manera de asumir su identidad femenina es justamente potenciando esa sexualización que merece tantas críticas.

 

¿Qué supuso para ti publicar un libro tan personal y tan desinhibido como Autorretrato de un macho disidente (2017)? ¿Qué pretendías al escribirlo?

Supongo que respondió a una necesidad de ponerme delante del espejo, intentar hacerme transparente y encontrar en ese relato personal muchas claves que tienen que ver también con mi trabajo más intelectual y reflexivo sobre las masculinidades. Me di cuenta de que había muy pocos hombres que hicieran ese tipo de ejercicio, en el que sin miedos muestres tu fragilidad, tus errores, tus inseguridades, tus aprendizajes. Es decir, lo contrario al heroísmo masculino tan presente en el imaginario. Egoístamente necesitaba recolocar muchas piezas sueltas de mi vida y la literatura me ayudó a hacerlo. Si además ese relato ha podido llegar a otras personas, y especialmente a otros hombres, y ha servido para que empiecen a mirarse en el espejo sin miedos, pues maravilloso. Y también pensé en mi hijo, es decir, me plantee cómo explicarle a mi hijo el padre que le había tocado en suerte. En cómo hacerles comprensibles determinadas decisiones, viajes, equivocaciones o convicciones. Fue una especie de terapia, de juego y de reto. Intenté, no sé si lo conseguí, usar mi propio material vivido como puente para la revisión de lo que significa ser hombre y como ejemplo de cómo abrazar, desde una masculinidad disidente, el feminismo.

«NO PUEDE HABER DEMOCRACIA SIN FEMINISMO»

 

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente? ¿Hacia dónde se dirige Octavio Salazar?

Sigo trabajando en temas relacionados con la igualdad. Próximamente publicaré un trabajo de investigación que, desde una reflexión jurídica y feminista, he realizado sobre la gestación por sustitución. Ando también preocupado en cómo llegar a los chicos más jóvenes para que se cuestionen su papel en el mundo. Y tengo por ahí alguna idea más literaria y creativa, que no sé si en algún momento verá la luz. Espero tener tiempo, sobre todo tiempo, para concentrarme en ella. Y, por supuesto, sigo cada día trabajando en el proyecto de acompañar a un hijo adolescente en la tarea de convertirse en adulto, una tarea nada fácil y muy exigente. Y trato, pese a toda mi actividad tan frenética en los últimos meses, de no descuidar el orden amoroso de mi vida.

Foto portada del libro: El hombre que no deberíamos ser (Planeta, 2018).

 

CUESTIONARIO BREVE 

Una referente feminista.

Cualquiera de la Plataforma cordobesa contra la violencia a las mujeres.

 

Un libro escrito por una mujer que no te canses de recomendar.

El libro de Clara Campoamor, Mi pecado mortal. El voto femenino y yo.

 

Una escritora por la que sientas predilección.

Virginia Woolf.

 

Un hombre al que consideres realmente feminista.

Conozco a hombres que tienen un discurso feminista, pero no sé si son realmente feministas.

 

Una película LGTB+ que te apasione.

Dos: Carol, de Todd Haynes, y A single man, de Tom Ford.

 

El libro sobre feminismo que todo el mundo debería leer.

Una habitación propia, de Virginia Woolf

 

Un libro de temática LGTB+ imprescindible.

¿No pueden ser dos? Maurice, de E.M. Forster y Orlando, de Virginia Woolf.

 

Una mujer jurista a la que admires.

Ana Rubio Castro, Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada.

 

Una mujer que te haya marcado.

Mis abuelas y la madre de mi hijo.

 

Un extracto de un libro tuyo.

«Leo a Marcela Lagarde y me siento mejor hombre que el que fui. Me miro y me reconozco en su concepto de lo humano. Sueño con la democracia de género que ella plantea. Y, sobre todo, entiendo que esas palabras, lo que conllevan, lo que me han enseñado, me han hecho más fuerte. No en el sentido heroico y viril de la palabra, sino en el que supone asumir que también desde la fragilidad y la dependencia se puede ser fuerte. Aunque tu cuerpo no sea de gimnasio, aunque vayas comprobando el paso del tiempo en tu piel, aunque vaya faltando pelo en la cabeza, aunque el brillo de los ojos no sea el mismo. Gracias a Marcela, y a tantas como ella, le he perdido el miedo a los espejos. Ahora, los seis de mi habitación por fin consiguen el efecto no de hacerme más grande a mí sino de multiplicar el espacio que me ha tocado vivir».

 

Autorretrato de un macho disidente (Huso, 2017)

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