«Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden».
Gabriel Celaya
(“La poesía es un arma cargada de futuro”, en Cantos Íberos, 1955)

 

Hace mil años se calculó el radio de nuestro planeta, unos seis mil trescientos cincuenta kilómetros, con un error de apenas quince kilómetros. Ahí es nada. Lo novedoso (ya se había calculado varias veces y varios siglos antes, aunque sin resultados tan precisos) fue que lo hizo una sola persona, sin necesidad de pedirle a otra que cruzara tórridos y polvorientos desiertos a millas de distancia. Al gran Al-Biruni (973-1048) le bastó con subirse a una montaña a medio camino entre Islamabad y Lahore, desde donde midió con un astrolabio el ángulo entre el pico de la montaña y el plano horizontal. Después, solo tuvo que aplicar un poco de trigonometría y álgebra para calcularlo. Pero, claro, Al-Biruni, como la mayoría de las personas inquietas y con acceso al saber de su época (además de muchos navegantes), asumía que la Tierra era esférica.

Pocas ideas preconcebidas más debió de asumir el sabio Al-Biruni (historiador, astrónomo, matemático, filósofo…), que, por ejemplo, ya acogía como razonable el desplazamiento de la Tierra, tan verosímil entonces como el dogma ptolemaico que fundamentaba el efecto del movimiento fijando nuestro mundo en el Cielo. Cuestión que Al-Biruni despachó arguyendo que serían los físicos quienes habrían de resolverlo (como así fue). En palabras de sus coetáneos, debió de producir más de un centenar de obras. Sin embargo, solo nos han quedado veintisiete. Una de las más conocidas fue ‘India’, cuyo título completo, ‘Un estudio crítico de lo que la India dice, bien sea racionalmente aceptado o refutado’, ya anuncia abiertamente al lector que vaya cuestionándose idealizaciones como que la India era una tierra repleta de maravillas: pues, sí, quizá allí se inventara el ajedrez, cierto que fuera tierra de magníficos poetas y escultores, que fuera cuna de grandes filósofos y matemáticos… Pero también daba cabida a un sistema de castas implantado por la religión hinduista. En los doce años que Al-Biruni dedicó a ‘India’, se documentó y viajó, y, especialmente, disertó con sabios indios que le fueron alumbrando el camino desde el cautiverio que compartieron en Gazni (en el centro del actual Afganistán). Años atrás había vivido la conquista de su pueblo, Jwarism (o Jorasmia), por el primer sultán de Gazni, Mahmud de Gazni. Célebre por sus numerosas invasiones a la India, el emperador gaznavide no pretendía la difusión del Islam, sino la extensión de su imperio, así como las riquezas de los templos hindúes, muchos de los cuales fueron arrasados en el transcurso de sus campañas. Mientras, y pese a los penosos veinte años de cautiverio, Al-Biruni aprovechó para hacer observaciones de los astros, para recopilar documentación que usaría en un ulterior tratado de matemáticas, para aprender sánscrito… Fue la época más fecunda de su vida, en la que sentó las bases de su ‘India’. Al final de su confinamiento, y a partir de la llegada al gobierno de Mas’udi I, con quien viajaría al Punjab, mejoró la suerte de Al-Biruni. Al nuevo sultán le dedicaría otra obra cumbre: el ‘Canon Mas’udi’, un compendio de geografía, astronomía e ingeniería.

Uno de tantos aspectos apasionantes en la vida de Al-Biruni, tanto o más que su privilegiado intelecto y su inabarcable inquietud por aprender —cualidades inseparables, considero—, fue su profundo respeto a toda manifestación cultural, sin distinción de etnia o credo, y siempre desde un espíritu reflexivo y una actitud de escudriñamiento, sin renunciar a sus raíces islámicas. Es probable que a esto también contribuyeran sus propias experiencias: la riqueza cultural en su Jwarism natal, la toma de contacto con sabios hindúes en iguales condiciones de privación de libertad y el auge intelectual (y no solo artístico) impulsado por Mas’udi I. Comparable a Bagdad en tiempos de Al-Biruni, hoy en día queda poco del esplendor de la vieja Gazni: dos minaretes y algún mausoleo, incluido el del propio Al-Biruni. Pero, más allá del legado arquitectónico, ha perdurado el pensamiento y el ejemplo vital del sabio Al-Biruni. Cuentan que, cuando el sultán le quiso recompensar por el ‘Canon Mas’udi’ con un elefante cargado de monedas de plata, Al-Biruni lo rehusó con estas palabras: «El sabio, conocedor de la tentación del lujo, nunca se alejaría de la inmarcesibilidad de la ciencia a cambio de efímeros oropeles».

La cultura, que todo lo inunda en su sentido amplio, parece posarse de diversas formas en unos colectivos o en otros. De forma desigual. Demasiadas veces, mil años después de Al-Biruni, injustamente desigual, ante una población que, obviamente, es siempre diversa, a pesar del mestizaje, de la globalización y de tantos palabros. Porque —nos parece obvio— no hay igualdad de oportunidades y algo que represente a cada sociedad debería procurar menores brechas entre las personas a la hora de conocer el mundo para insertarse en él, ¿no creen? Así, nos encontramos con gobiernos que apuestan decididamente por la educación como derecho fundamental de acceso a la cultura, hallamos gobiernos que se sacuden la responsabilidad para con sus paisanos, nos damos de bruces con gobiernos que utilizan la educación para someter más a sus súbditos

Pero los gobiernos no son los únicos responsables en sociedades donde se alberga suficiente democracia. Y la nuestra, la española, hasta donde es posible, es razonablemente democrática en comparación con otros períodos de nuestra Historia y con otras sociedades foráneas. Somos cada uno de nosotros quienes también podemos hacer algo más para acercarnos a quienes padecen las diferencias desde la cuna: regiones y colectivos que arrastran la rémora de un pasado basado en mitos que perduran y alejado del conocimiento científico; familias enteras expuestas a mensajes del éxito fácil frente al esfuerzo, del dinero frente al saber, cuyos miembros no han leído un libro en años…

Quizá los efectos indeseables de muchos conflictos pueden paliarse aproximándonos a los otros. No sé si esto resulta tan obvio. Sin embargo, lo que parece obvio es que nadie nos obliga a hacer nada por los demás. Obviamente, obviamente, obviamente…

En fin, no tiene importancia. Sigan con su vida ahora que han constatado que el radio de la Tierra no es infinito.

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