Empezar a leer un libro o a ver una serie y no acabarla; comenzar a tejer una bufanda y dejarla a la mitad durante muchos inviernos; empezar un curso que nunca terminamos; iniciar una dieta un lunes y dejarla un miércoles… Estos y otros ejemplos podrían ser aplicables a casi todo el mundo. Pero, ¿por qué ocurre? ¿Por qué dejamos cosas a medias?

Si tuviéramos que responder nosotros mismos a estas cuestiones, probablemente, tiraríamos de excusas que, al menos a corto plazo, nos harían sentir cómodos con nuestra decisión de abandonar aquello que acabamos de empezar. Sin embargo, estas excusas, a medio y largo plazo, nos acaban creando malestar emocional.

Este malestar viene a estar producido por el hecho de que nos sentimos fracasados y nos quedamos con el reconcome de qué hubiera pasado de haber finalizado el proyecto (por ejemplo, en el caso de la dieta, tenderíamos a pensar que ahora estaríamos delgados, ligaríamos más… y, finalmente, seríamos personas exitosas). Estas emociones negativas que nos produce el dejar las cosas a medias van siendo cada vez mayores, ya que vamos haciendo análisis de lo ocurrido y de las razones por las que abandonamos y, casi siempre, vamos abandonando otros proyectos que se van acumulando a los que ya fueron dejados a medias. Se convierte en un círculo vicioso.

Para saber por qué abandonamos, de verdad, tendremos que analizar 3 aspectos:

  • El objetivo final.
  • Las expectativas que nos planteamos.
  • El coste de conseguir el objetivo.

Todos estos aspectos están interrelacionados, es decir, unos influyen en los otros y todos influyen en el resultado final.

Cuando hablamos de “el objetivo final” nos referimos a “aquello que queremos conseguir”.

Pocas veces nos paremos a pensar bien en el objetivo final y, casi siempre, nos olvidamos de que para conseguir nuestro objetivo final, tenemos que plantearnos objetivos intermedios. Y esto es lo que nos lleva al fracaso.

Cuando nos planteamos un proyecto, tendemos a vernos en el futuro habiendo conseguido lo que nos planteamos, siendo exitosos; sin embargo, cometemos el error de olvidar que para recorrer una larga distancia hay que dar muchos pasos y que, estos pasos, pueden ser bastante costosos o, lo que es lo mismo, nos olvidamos de lo que nos va a costar llegar a esa meta final (el coste de conseguir el objetivo).

Así, cuando nos cuesta mucho conseguir lo que nos hemos propuesto, es decir, el coste es elevado y las expectativas que teníamos (tardar poco tiempo, tener reconocimiento por otra personas, sentirnos muy felices,…) no se ven satisfechas, tendemos a abandonar el proyecto. Y hay que añadir que, casi siempre, hacemos las cosas esperando un reforzamiento externo (de quienes nos rodean) y, cuando este no existe o es inferior a lo que esperábamos, nos rendimos. Por ejemplo, siguiendo con la dieta, si tras un mes perdemos 4 kg, queremos que nuestros amigos y familiares nos digan cosas como “se te nota que estás adelgazando, lo estás haciendo muy bien”. Pero quizás esto no ocurre y nos desmoralizamos.

 

Otras veces, nos planteamos metas que otros han conseguido (el típico: “si él/ella lo ha conseguido, yo también voy a conseguirlo”), sólo fijándonos en el resultado final. De esta manera, volvemos a dejar de lado todos los pasos intermedios. Esperamos conseguir el mismo resultado, pero no tenemos en cuenta que somos un ser humano completamente distinto de aquel con el que nos estamos comparando (biológica, psicológica y socialmente diferentes).

Resumiendo, abandonamos un proyecto porque…

  • … nos planteamos un objetivo final, sin plantearnos los pasos intermedios que hay que dar para conseguirlo. Fallamos en la planificación.
  • … tenemos unas expectativas altas en cuanto a consecución de la meta y al premio final que vamos a conseguir, no adecuadas a nuestra realidad.
  • … no tenemos el coste de conseguir lo que queremos; de manera que si el esfuerzo es mayor que aquello que vamos a conseguir, vamos a pensar que no merece la pena.

¿Cómo finalizar mis proyectos?

Para ser capaces de terminar nuestros proyectos o llevar a cabo nuestras ideas es fundamental que paremos antes de comenzar, de manera que podamos PLANIFICAR qué es lo que vamos a hacer. Cojamos lápiz y papel.

Primero, debemos plantearnos qué es lo que queremos conseguir u OBJETIVO FINAL, que será nuestra meta a largo plazo. Debe ser un objetivo cuantificable o medible, en un tiempo concreto y, sobre todo, realista (por ejemplo, “Perder 15kg en 6 meses”).

Una vez planteado éste, tendremos que detallar cuáles son los OBJETIVOS INTERMEDIOS que nos llevan a la consecución de la meta final. Estos compondrían nuestras metas a corto y medio plazo. Estas metas intermedias tienen que ser objetivos que no nos exijan un esfuerzo muy alto; así, su consecución nos reforzará y nos dará energía para seguir hasta el final. Deben ser también objetivos cuantificables o medibles (por ejemplo, a medio plazo: “en la primera semana tengo que perder 1,5 kg”; y, a corto plazo: “voy a caminar 30 minutos cada día”)

Detallar todo el proceso por escrito (se puede hacer a modo de calendario, de diario o por medio de un cuadro), desgranando todo lo que vamos a hacer y qué vamos a necesitar (materiales, herramientas, personas,… ), nos va a dar consciencia de que vamos a comenzar un proceso y, como todo proceso, necesita su tiempo para llevarse a cabo y llegar a un final. Además, nos ayudará a controlar los aspectos más relevantes, dándonos seguridad y elevando nuestra autoestima.

Por otro lado, las EXPECTATIVAS que nos planteemos no deben estar relacionadas con el reconocimiento externo, es decir, con las “palmaditas en la espalda” que nos den los demás o reforzadores externos (si consigo X, me compro Y). Tenemos que aprender a reforzarmos a nosotros mismos, a decirnos “qué bien lo he hecho”, a valorar lo que hemos conseguido. Esto tiene una relación muy estrecha con los objetivos a corto plazo que nos ponemos.

Llevar a cabo esta planificación con los proyectos u objetivos que nos proponemos nos va a ayudar en gran medida a su consecución y, sobre todo, a no abandonarlos. Ello, a su vez, nos sirve para valorarnos más positivamente, aumenta nuestra autoestima y nos da motivación. Así, entramos en un “círculo vicioso” positivo que nos lleva al crecimiento personal.

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