Me encuentro en un diario digital un titular muy revelador: “Yo no entiendo mucho de impuestos; estudié hasta sexto”. Con esta frase lapidaria se despachaba el señor Cristiano Ronaldo en su comparecencia ante el juez por defraudar la discreta cantidad de 14,8 millones de euros ante el fisco.

Hoy resulta un ejercicio desalentador hacer un repaso de los grandes ídolos de masas, como la citada estrella del fútbol. La literalidad de sus declaraciones nos llevan a pensar que el susodicho anda escaso de seso. A pesar de ello, su imagen mueve miles de millones de euros y su vida y palabras son referencia para millones de niños y jóvenes en todo el mundo. Resulta entristecedor y peripatético, sin entrar en sus bondades deportivas (que han de ser muchas, no lo dudo), el mensaje que transmite y nos hace dudar si se trata de una persona real o un replicante (de la primera fase, por supuesto). La cosa es así: este señor, por su bonito juego de pies, puede comprar hijos hechos a medida y defraudar a Hacienda con solo sexto de primaria. No hay más mensaje hacia sus legiones de seguidores que la posesión de ingentes e inmorales sumas de dinero ganadas sin cultivar más que una mera habilidad con el balón. El hecho ni crea ni cambia nada, pero sí perpetúa un efecto devastador del capitalismo de masas en el siglo XXI: el dinero unge héroes hechos a medida, con todo el menosprecio al valor y dedicación al conocimiento.

Es cierto que el siglo XX fue convulso, trufado de conflictos bélicos, dictaduras salvajes y otras aberraciones sociales y políticas que impulsaron y favorecieron el triunfo neoliberal. Pero fluía el pensamiento, la confrontación de modelos ideológicos y seguía viva la esperanza en un futuro que podría ser distinto. Hoy no solo convivimos con una clase política clientelar, un tejido empresarial escasamente productivo y una sociedad con pobre cultura cívica. Es algo peor: estamos ante un momento histórico líquido, desestructurado y carente de referentes. Parece que no hay esperanza para la prosperidad social.

Sin embargo, y retomando las declaraciones de Ronaldo, no está mi crítica en su falta de estudios. Ni siquiera en que su capacidad futbolística le haya convertido en un ídolo contemporáneo. Hasta ahí, incluso aceptable. Por desgracia, es una realidad el que millones de personas no puedan si quiera elegir si acceden a estudiar porque no figura entre sus opciones reales. Lo imperdonable es la superficialidad y banalidad con la que este señor expresa su falta de conocimiento. Esa tranquilidad y superioridad que le otorga su insultante estatus económico es lo que resulta tan irritante. Mientras el común de los mortales no llega a fin de mes o no puede permitirse una semana de vacaciones -nada más y nada menos que el 40% de los españoles-, él y otros muchos hacen gala de una situación injusta a todas luces que ha permitido la cultura que venimos construyendo, en la que semidioses brillan pese a la mediocridad y la vulgaridad.

Si a este culto de deidades del marketing le sumamos el tipo de consumo televisivo de nuestra ciudadanía, el panorama no mejora. Según datos de la propia Telecinco y de distintos medios de audiovisuales, son los programas telebasura los que alcanzan mayores índices de audiencia, algunos casi un 30%. Por otro lado, cada vez consumimos más formatos enlatados. Somos una sociedad de masas sin sentido de la construcción colectiva. El propio concepto de progreso es entendido ahora como un nuevo modelo de IPhone.

No sé ustedes, pero yo me pregunto cómo es posible que en este nuevo mundo, donde la información fluye por la red y nunca antes en la historia hubo un nivel de acceso mayor al propio conocimiento, el resultado arroje una involución sociocultural tan profunda. ¿Es por la falta de referentes ideológicos? ¿Es por la ausencia de confrontación de modelos? ¿Son estímulos prediseñados por las clases dominantes para obstaculizar la libertad de pensamiento?

No pretendo encontrar la respuesta, que seguro es compleja, poliédrica y múltiple, en este breve artículo. Sí manifestar mi preocupación por la pasividad y adormecimiento de nuestra sociedad. No es cierto que cualquier tiempo pasado fuese mejor, como dice el viejo dicho. Como ya he mencionado, el siglo XX probablemente tuvo más sombras que luces. Lo que trato de plantear aquí es mi crítica a la falta de crítica, al endiosamiento de la mediocridad, al neo conformismo de una sociedad de consumo digital que ha olvidado la colectividad y la terrible alienación a la que asistimos.

Decía Gramsci que la realidad “está definida con palabras” y que “el que controla las palabras controla la realidad“. Huyamos de quienes controlan la realidad: pensemos, analicemos y, sobre todo, leamos.

 

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De familia amante del debate y de gran diversidad ideológica, mi infancia transcurrió entre el parque de la Fuente del Berro y largos veranos en la Rioja. Llegué a este mundo en plena Transición Española. Eso marca. Desde que tengo memoria, he devorado libros y muy pronto me inquietó la política, en parte por la influencia familiar, pero también por haber estudiado en el Instituto Ramiro de Maeztu, en aquella época un lugar de gran estímulo intelectual. A los 17 años me afilié al PCE y empecé a colaborar en el ámbito asociativo. Durante mi etapa universitaria, alterné el empeño por mantener un buen expediente con el de ganarme laboralmente la vida. A la par, siempre a la búsqueda de espacios de debate político enriquecedor. Soy licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración (UCM) y en Derecho (UEM). Doctoranda en Economía Aplicada. Salté a la política más activa en 2003, y hasta el 2014 tuve el privilegio de hacer real la gobernabilidad desde la izquierda y formar parte de la transformación de una ciudad, Rivas Vaciamadrid. Actualmente, desde el ámbito privado y profesional sigo persiguiendo el sueño de que otro mundo es posible, también desde mi militancia en Izquierda Abierta.

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