Decía Borges que hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos. Al final sólo podemos reconocernos en los espejos rotos que ponen delante de nosotros. ¿Cómo ha intentado conseguir Rajoy que sus antagonistas políticos se parezcan tanto a la política que él representa? Trazando unas líneas rojas de lo posible que sus adversarios aceptaron incondicionalmente en nombre de un rancio patriotismo, que es a lo que se apela cuando se carece de razones. Prohibido pactar con Podemos o con el nacionalismo catalán. El PSOE  “susanista” hizo suyas estas líneas rojas. La simple insinuación de Sánchez de saltárselas provocó su defenestración. Y lo demás se dio por añadidura. El régimen quedó mutilado, sin posibilidad de que otro partido gobernara durante largo tiempo. Lo que había ocurrido es que si bien es cierto que el bipartidismo había muerto, el correlato siguiente no era la multiplicidad de opciones posibles, sino el partido único por la presión conceptual del sistema en la limitación de alternativas. Cualquier organización política que intentara constituirse como fuerza de gobierno tenía que estandarizar sus políticas hasta la alternancia, es decir, hasta convertirse en un leve matiz de la misma política, lo cual conducía a que el abanico de fuerzas partidaria se intentara que fueran en realidad como un solo  partido con diferentes siglas y sensibilidades.

Esta estrategia que le daba a Rajoy la iniciativa política a pesar de su minoría parlamentaria y su inmovilismo, fue contrariada por el resultado de las primarias socialistas y el congreso que ha vertebrado las demandas de la militancia a pesar de los desplantes de un “susanismo” visceral que no acepta la voluntad democrática de las bases y mantiene las posiciones que forman parte del tacticismo de Rajoy y las élites para mantener la hegemonía de la derecha y, sobre todo, por el intento de bloquear la vida pública hasta reducirla a que el debate  se centre en quien gestiona mejor una política de sesgo monomio y unicelular de tendencia conservadora. Rajoy tenía la seguridad del control político del país sin que tuviera menoscabo en ese control la corrupción estructural de su partido, la injusta política económica o la constricción de las libertades y derechos cívicos. No le inquietaba al líder del Partido Popular la tensión puesto que sabía que acercándose al abismo serían otros los que padecerían el vértigo. Ahí estaban Ciudadanos y el PSOE de la gestora manteniendo a Rajoy en el poder con la peregrina teoría de que para combatir la corrupción había que apoyar al partido de la corrupción.

El nuevo camino emprendido por el PSOE en virtud de la voluntad de la militancia debe suponer el final del  “realismo político”, que como explica José Luis López Aranguren, oscila entre una abierta repulsa de la moral y la pretensión de presentar la política, en un tertium quid imposible, no como opuesta a la moral sino como independiente de ella y regida por leyes estrictamente “técnicas”, es decir, éticamente neutrales. Esto da paso a que los conceptos emancipadores -como libertad, tolerancia, etc.-  puedan convertirse en instrumentos de dominación. La libertad del dinero  prevalece sobre la libertad política y la tolerancia se fundamenta por el relativismo moral, tolerancia equivalente a que todo vale y todo es negociable. Las acciones más rechazables adquieren una rara respetabilidad cuando las perpetran las élites, las clases instaladas. No hay límites, todo está permitido lo que ha debilitado moral y culturalmente a la sociedad. La tarea del nuevo socialismo, por tanto,  además de política tendrá que ser una tarea moral.

 

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