Foto Agustín Millán.

Comentaba el otro día una compañera, al hilo de un debate sobre el Día de la Mujer, que su madre hubiera querido ser fiscal pero no pudo porque la ley se lo impedía. Yo misma pensé de inmediato en mi madre, que siempre quiso ser médica y, aunque la ley no se lo impedía expresamente, las circunstancias y la sociedad tampoco se lo permitieron. Casi al mismo tiempo, otro buen amigo publicaba en su muro de facebook un sentido homenaje a su madre, recién fallecida, que, pese a haber nacido en un tiempo cruel, con ansias de primavera que solo tuvo inviernos por respuesta, siempre miró a la vida de frente, sin resignarse ni rendirse. Seguro que cualquiera que me lea recupera de la memoria sus propios recuerdos.

Venimos de una generación de mujeres fuertes, luchadoras y tantas veces olvidadas, relegadas a los confines de los límites que una sociedad herida y una legislación injusta les impusieron contra su voluntad. O ni siquiera eso, porque nadie se molestaba en preguntarles.

Mujeres que sacaron adelante a sus familias, que vivieron la vida que les tocó con las pocas herramientas con que contaban, más allá de ellas mismas. Mujeres a las que se les negaba una educación, un empleo, y hasta un apellido, siempre ocultas detrás de un varón. Mujeres que no podían viajar, ni tener su propia cuenta corriente, ni trabajar fuera de casa si no contaban con el permiso de su esposo o de su padre. Mujeres que no podían acceder a muchas profesiones o cargos públicos porque la propia ley se lo prohibía.

Y, a pesar de todo, con esas escasas herramientas y luchando cada día, consiguieron para sus hijas –y ya para sus nietas- lo que no habían logrado para ellas. Fueron ellas quienes, palmo a palmo, abonaron el camino para que nosotras pudiéramos esttudiar, trabajar y ser lo que nos diera la gana sin permiso ni tutela de nadie. Fueron ellas quienes tramitaron con su esfuerzo nuestro pasaporte para un mundo donde fuéramos cada vez más iguales.

Ellas ya cumplieron su cometido. Hicieron todo lo que estaba en su mano, y mucho más, para que nosotras fuéramos todo lo que a ellas no les dejaron ser. Y, aunque muchas de ellas siguen haciéndolo, y seguirán mientras les quede un hilo de aliento, ahora nos toca a nosotras. Ellas hicieron lo más difícil, tramitar nuestros pasaportes, pero somos nosotras a quienes compete renovarlo cada año, cada día, cada minuto. Y no podemos defraudarlas.

Nuestras hijas, y las hijas de nuestras hijas, ya están ahí, esperando. Con los ojos tan abiertos y el corazón y el ánimo tan expectante como lo tuvimos en su día nosotras. A ellas la ley ya no les prohibe hacer todas esas cosas que un día vedaron a las mujeres, pero todavía les quedan un montón de fronteras para traspasar hasta llegar al destino, la igualdad. El techo de cristal, que nos impide estar arriba cuando somos muchas las que estamos abajo. La brecha salarial, que valora nuestro esfuerzo en mucho menos que el de nuestros congéneres varones. Los estereotipos y los roles de género, que nos obligan a hacer esfuerzos titánicos para no perder un milímetro del espacio que nos pertenece por derecho propio. Y la maldita violencia machista, que nos mata, nos humilla, nos veja y nos destroza cada día ante tantas miradas indiferentes.

No podemos resignarnos, conformarnos, ni quedarnos paradas. Tenemos que ser dignas de esas mujeres que nos precedieron, para que, algún día, nuestras hijas puedan estar tan orgullosas de nosotras como nosotras lo estuvimos de ellas. El mundo no se cambia sentada en un sofá. Se lo debemos a unas y a otras.

Ojala llegue el día en que cualquiera de nuestras hijas pueda escribir que lo hemos conseguido. Hasta entonces, toca seguir luchando. Por ellas.

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