“Por otra parte, qué más da: ya me he convencido de que en el mundo real nunca sucede nada verdadero, y las personas mayores sólo viven un simulacro en el que fingen que les preocupa la estabilidad de la democracia, el precio del petróleo, la amenaza terrorista o cualquier otra sombra en la pared de la caverna; y sienten nostalgia de la infancia, llena de dolor y miedo, de violencia y vergüenza, pero en la que todo lo que ocurría era de verdad”.

Pag. 208 de PARA MORIR IGUALES

A Rafael Reig le conocí -una buena forma de conocerse- delante de un montón de cámaras de televisión en el Círculo de Bellas Artes- donde Dragó nos había convocado a ambos para el añorado programa LAS NOCHES BLANCAS de Telemadrid. Ya le había leído, en los periódicos, teníamos amigos comunes, y me habían hablado alguna vez de él. No sería exacto afirmar que me cayó bien; diría que nos estudiamos el uno al otro, con la guardia alta, con suficiente mutuo interés pero también una prudente desconfianza. Aquella primera vez.

Ahora ya sí, ahora ya puedo decir que tras varios encuentros casuales en bailes de la Farsaria Vida Literaria de Mad Madrid, que Rafael Reig me cae bien. Muy bien.

Pero nunca había leído ninguna de sus novelas. Cuando te dedicas a la literatura hay siempre más libros que querrías o deberías conocer, que los que realmente eres capaz de leer; fue por ello que hace un par de años, quizá tres, decidí ponerme en barbecho, leer de nuevo sólo por placer. No lo he conseguido plenamente, pues siempre hay obligaciones, pero al menos a mis colegas de profesión sólo los leo cuando siento verdadera apetencia e interés. No alcanzo, claro, y Rafa me comprenderá muy bien, esa pasión devoradora por palabras de la niñez, cuando todo era auténtico, cuando alguien se ocupaba de que tuviésemos de vestir, calzar y comer, y nosotros podíamos dejar que el Tigre de la Malasia, o Sherlock Holmes, se apoderaran por completo de nuestra alma, ser ellos y vivir colgados en plena pausa (Arrebato, Zulueta), porque como dice Reig en la cita recogida más arriba: “en la infancia todo lo que ocurría era verdad”.

Las primeras sesenta páginas de la novela son extraordinarias, deslumbrantes, más grandes o igual de grandes que las mejores páginas de los novelistas más grandes. Rafael Reig consigue, conmigo lo consiguió, hacerme volver a la niñez. Y a partir de ahí ya me tenía atrapado, y seguí y seguí -conozco a todos las personas y personajes que salen en PARA MORIR IGUALES, aunque para mí -a veces- tengan otros nombres u otro pelo o profesión.

Creo que es la novela sobre mi generación que más me gusta de todas las que he leído. Como obra está llena de brillos y aciertos. Me hechiza como funde realidad y literatura, y me conmueve como busca y busca a lo largo de sus páginas el regreso a la niñez. Las personas como yo, y entiendo también que como Rafael Reig, nunca abandonamos del todo la infancia: sólo a un niño se le puede ocurrir la insensatez de vivir de y para escribir. Aunque “mejor que trabajar”, me parece que la frase me la dijo él, por supuesto que sí es.

Miro las frases que he ido subrayando, copiando luego en las páginas de cortesía del final del libro, y encuentro otra que quiero reproducir: “aquella áspera libertad que me otorgaba el que nadie esperase nada de mí” (pag. 83), y siento nostalgia de aquel momento, porque ahora yo espero de mí mismo ser capaz de decir algo que sirva como viento sobre las velas de PARA MORIR IGUALES para impulsarla sobre el mar de la realidad.

Tigre feroz y generoso pero sé que apenas soy una brisa. Así que seré humilde y me limitaré a dar las gracias a Rafael Reig por su obra: me ha hecho mucha compañía durante largos días, arrancándome sonrisas y asombros y despertando recuerdos. Gracias y felicidades por tu novelaza, Pedrito Ochoa, Rafael Reig.

 

 

(Mecanografía: MDF)

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