Por definición, ser antisistema supone situarse en los márgenes de la acción y del pensamiento político del momento. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, es constatable la siguiente paradoja: comportamientos en los que se defienden postulados de «sentido común» son tildados por los medios oficiales como «antisistema», evidenciando que algo muy preocupante está cambiando en términos propagandísticos. Plantar cara a los desahucios, a la vergüenza de los CIE, a la pobreza energética, a la malnutrición infantil o a la galopante precariedad laboral son cuestiones que, desde un punto de vista sosegado, deberían entenderse como «posiciones de consenso». Sin embargo, en tanto que el «centro político» de este país se va escorando hacia los márgenes de las políticas más neoliberales, y que asuntos tan fundamentales como la libertad de expresión sufren ataques tan evidentes como la «ley mordaza», las «posiciones de consenso» son mostradas cada vez como más peligrosas e irreverentes.

Es decir, individualmente podemos mantener sin cambios unos principios básicos y, aún así, sentir que nos «radicalizamos» en tanto que la mayoría hegemónica se desplaza hacia posturas más alejadas del consenso. El centro se escora hacia la derecha y, a la vez, nuestras posiciones son entendidas como más extremistas pese a que no hayamos cambiado nuestros postulados de inicio. Si durante un tiempo una persona que acudía a una manifestación para defender los servicios públicos era un ciudadano comprometido y hasta responsable, actualmente este mismo ciudadano tiene todas las papeletas para que un informativo tenga la tentación de denominar al grupo de manifestantes como antisistema. Es la misma lógica que opera en dichos informativos cuando utilizan el apelativo de «partidos constitucionalistas» o «partidos antisistema».

Sin embargo, más allá de la apuesta por unas formaciones políticas u otras desde los medios oficiales, lo que más me preocupa es la gente que no representa unas siglas concretas, sino esas ideas del «bien común».

¿Debemos asumir con orgullo que nos llamen «antisistema» cuando secundamos una huelga, cuando tratamos de parar un desahucio o cuando nos manifestamos contra la privatización de la sanidad? O bien, ¿debemos negarnos a asumir esta definición y señalar como verdaderos «antisistema» a aquellos que, mediante políticas regresivas y una corrupción generalizada, han desmontado el denominado «estado del bienestar»? Tengo serias dudas sobre cuál de las dos opciones sería más eficiente para desactivar esta ilusión creada por ciertos medios de infoxicación. Baste, en un principio, entender el apelativo en razón a sus verdaderas causas.

Se puede inducir a personas morales a cometer actos inmorales incluso en el caso de que sepan (o crean) que estos actos son inmorales, siempre y cuando estén convencidos de que los expertos (personas que, por definición, saben algo que ellos no saben) han determinado que esos actos eran necesarios.” Así se expresaba Bauman al respecto. Entendamos, por tanto, que los expertos son aquellos que crean las verdades oficiales en el ámbito de la empresa, de la política o de la economía; los expertos son quienes impulsan ese sustrato ideológico donde «defender las posturas de sentido común» es contrario a la lógica –e intereses– de dichas autoridades para quienes se presta constantemente el altavoz de los medios oficiales. Así, mantener posturas «de sentido común» es cada vez más parecido a «nadar contracorriente». Lo general es presentado como marginal. La buena noticia es que, ante la evidencia de esta ingente labor propagandística, de alguna manera sabemos que no estamos solos. Hay solidaridades que se siguen manifestando a diario, compromisos que no han sucumbido ante la fea etiqueta que la oficialidad ha decidido otorgarnos.

Hay una realidad terrible que no puede ser sepultada bajo las palabras.

Si bien la expresión antisistema carece de significado negativo, en muchas ocasiones los medios la utilizan en un sentido peyorativo para referirse a toda aquella posición disidente o subversiva ante el sistema imperante o a las actividades que, fuera del mainstream político o social, realizan estos. No es extraño, por tanto, que los medios de comunicación simplifiquen su significado, interpretando que existe como movimiento organizado único, de carácter violento y radical. De esa manera, bajo el significado de antisistema se desliza de manera inconsciente el atributo de violento, aunque necesariamente no lo sea.” Esta cita de cierre pertenece al artículo que dedica Wikipedia a la entrada «antisistema».

 

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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