Vida y poesía, música y sueño son algunos de los pilares verbales y emocionales sobre los que se levantan los seis cantos que componen La música de las estrellas de Juan Antonio Guzmán: una conversación con el paisaje, con su entorno humano y físico, con su geografía personal y consigo mismo a través de unos versos de línea clara y un transitivo tono directo que llega con facilidad al lector.

Una poesía de recortado aire neopopular que enlaza en su estructura y en su tonalidad con la escueta copla popular, con el fandango o la soleá, con la canción infantil de corro. Y que no por eso renuncia a la revelación del secreto del mundo, a la música estelar que se evoca en el título, al desciframiento de la propia identidad, a esa necesidad de comprenderse mejor que anima el impulso de todo escritor.

Esa identidad se forja en la memoria que nos construye como personas y nos ancla a un tiempo y a un paisaje. Porque nuestra memoria es la del ámbito íntimo o la del universo abierto, no está hecha sólo de tiempo, sino también, y sobre todo, de espacio: es memoria locativa, fijada en el paisaje tartésico de Niebla o de Bonares o en el de la Oda a Doñana, posiblemente el texto más ambicioso del libro.

Juan Antonio Guzmán entiende la poesía como búsqueda y como expresión del sentimiento, como pregunta y como toma de conciencia de sí mismo, como afirmación de una noción de lugar que se perfila contra el tiempo y sus orillas.

En la sonoridad cantable y asonantada de estos textos vibra siempre una honda emoción. No es la primera vez que eso ocurre con este poeta, que, como en sus anteriores libros, ha querido abrir su pecho y compartir estos versos con sus lectores, fundirse con ellos como se funde su voz con el paisaje o el pájaro:

¡Qué bueno ser el pájaro

que no escribe ni sabe

la historia de su canto!

 

La música de las estrellas

Juan Antonio Guzmán

Apuleyo ediciones

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