Qué quieren que les diga, pues que llega tarde. La noticia del, todavía, supuesto deseo de Cristiano Ronaldo de abandonar el Real Madrid. Porque era algo que debía estar en el guion desde que se supo la denuncia de la Fiscalía por el presunto delito de no haber declarado casi quince millones de euros.

Porque si un joven de 32 años (cada vez me resulta más fácil, desgraciadamente, calificar así a las personas de esa edad) se coge un mosqueo de mil pares de narices por el simple abucheo de una pequeña parte del Bernabéu, imagínense como se sentirá CR tras saber lo que se le pide.

Con la presunción de inocencia que todo el mundo merece, excepto, creo, Trump,  soy de los que creen que debe haber tolerancia cero con los defraudadores.  Sea el futbolista luso, Messi o el mismísimo Papa. Los impuestos son para todos, especialmente más con aquellos que tienen sus cuentas bancarias  a punto de poner el cartel de no hay billetes y que además son, o deberían serlo, un ejemplo para los más jóvenes.

A falta de confirmación oficial de la noticia, se supone que el nerviosismo ha llenado los despachos del equipo blanco. En su lugar estaría muy tranquilo. Si Cristiano tiene sus miras en otro club no se va a ir por la cara. Dejaría las arcas madridistas repletas, con la posibilidad de lanzarse por fichajes que ahora no entran en sus planes.

Y el luso está más que amortizado. Ha hecho mucho por el Madrid y el Madrid por él. Porque el balón de oro necesita de la colaboración, que ha tenido, de sus compañeros de plantilla.

Me cuesta creer, sinceramente, que este culebrón recién iniciado concluya con la marcha del portugués. Pero si así sucediera no debería ser ninguna tragedia ni para el club ni para Florentino. Si no es una pataleta y CR quiere irse, a esperar una buena oferta, envolverlo y ponerle un lazo.

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