No todo va a ser Agatha Christie

La Biblioteca de Clásicos Policiacos de Siruela rescata autores y novelas que elevaron el género desde su gestación a la primera mitad del siglo XX.

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Siruela ha tenido la magistral idea de destapar el tarro de las esencias policíacas, y en su nueva colección de Biblioteca de Clásicos Policíacos se estrena con dos autores que dieron lustre durante la primera mitad del pasado siglo a este subgénero de lujo de la narrativa de ficción. La neozelandesa Ngaio Marsh está considerada la gran dama neozelandesa del crimen y el escocés Michael Innes aporta su particular genialidad a la hora de componer tramas.

La colección trata de rescatar a autores, algunos de ellos inéditos aún en español, que aportaron al género detectivesco algunas de las obras más universalmente conocidas. Son obras en definitiva que han estado alejadas del gran público y ahora vuelven para cubrir un importante hueco en las necesidades de los miles y miles de lectores ávidos de novela policíaca.

No todo va a ser Agatha Christie, por supuesto. Porque más allá de la gran dama universal del crimen de todos los tiempos hay mucho y muy bueno. Valgan como ejemplos Un hombre muerto, de Marsh, y Muerte en la rectoría, primera novela que publicó Innes con la intención de salir del aburrimiento de las horas muertas en sus labores como docente universitario. “Me mueve un impulso espiritual, un esfuerzo por compensar con unas pocas horas de distracción muchas horas de aburrimiento”, dijo Innes cuando en 1936 publicó esta primera novela tras dejar su país natal para trasladarse a dar clases a la Universidad australiana de Adelaida.

Precisamente en Muerte en la rectoría hizo ya su aparición el que sería protagonista de medio centenar de novelas y decenas de relatos cortos: John Appleby. Este inspector de Scotland Yard en el Londres de los 30 es un hombre seguro pero muy reservado. Su intuición a prueba de bomba y su portentosa memoria hacen el resto, porque cimenta su sagacidad en la observación de la mente humana.

Para no sentirse solo, Innes lo ha hecho acompañar de un novelista. Giles Gott, álter ego del propio Innes, es un profesor de literatura y autor de novelas policiacas, que sirve de perfecto contrapunto al protagonista central, e incluso es el propio Gott el que sirve de figura clave en muchas de sus novelas.

La neozelandesa Ngaio Marsh, con más de medio siglo de carrera novelística en su currículo vivió a caballo entre su país natal y Reino Unido. Acompasó buena parte de su carrera literaria con el desempeño de actriz en una compañía inglesa de teatro. Escribió 32 novelas y se suma sin duda al olimpo de las grandes damas del crimen: Agatha Christie, Margery Allingham o Dorothy L. Sayers. Por supuesto recibió la Orden del Imperio Británico, el nombramiento de Dame Commander o Grand Master por la Mystery Writers of America.

Ngaio, nombre de origen maorí que significa “reflejos en el aguas”, nació por accidente el mismo día que Shakespeare, porque sus padres olvidaron inscribirla en el registro civil y lo solventaron de esta manera tan premonitoria para la que sería gran dama del crimen de su país.

Un hombre muerto, primera novela de Marsh, fue publicada en 1934 gracias a las gestiones de su agente, Edmund Cork, el mismo que el de Agatha Christie. Los insistentes rumores que la tildaban de lesbiana por mantener su soltería y por su cercanía a Sylvia Fox no le impidieron desmentirlo una y otra vez.

Sus novelas siguen el perfil clásico de las novelas policíacas, con apuntes psicológicos y realistas que aumentaban el magnetismo de sus novelas. Al igual que la Christie, las casas de campo, la campiña y los pueblos ingleses, amén de las mansiones, eran los escenarios elegidos para sus tramas. En todas ellas será el inspector Roderick Alleyn, superintendente del Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard en Londres quien dirija las pesquisas. Al modo de un aristócrata inglés, muestra los aires autoritarios y resolutivos para resolver los crímenes con una exquisita educación. Nada más alejado de otros detectives excéntricos de la época como el mítico Hercule Poirot de Christie.

Con estas dos novelas inciales, esta colección se convertirá en una biblioteca de referencia para cubrir las interesantes obras que aportó aquella maravillosa década de entreguerras de los años veinte y treinta del pasado siglo. En su mayoría, son británicos, y con ellos se asentaron las bases de un género que hoy más que nunca, en pleno siglo veintiuno, goza de una inmejorable salud.

Nadie podrá olvidar ya al atildado Poirot de la Christie, al orondo Nero Wolfe de Rex Stout, al elegante Roderick Alleyn de Ngaio Marsh, al caballeroso Lord Peter Wimsey de Dorothy L. Sayers, y a otro buen puñado de excelentes maestros del crimen literario.

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