Ahora que conocemos las películas premiadas en los Óscar, uno se pregunta cuánto hay del director (y de cada una de las personas que hacen posible la película) en el resultado final. Y también cabe la pregunta para las películas que nos han gustado y no han sido premiadas. ¿Cuál es el grado de satisfacción con su obra más allá de recompensas externas? En cierta forma estamos depositando un pensamiento casi solipsista en el creador, especialmente, en el director, aparte de que este sea consciente de su responsabilidad con el equipo de actores, guionistas, montadores… Aparte de que cada miembro de este equipo también se siente creador en su aportación al conjunto de la película. Pero el director (o la directora) es el demiurgo de la obra. Aunque hubo un instante inicial, no bastaría con asomarse a la mente del director en ese minuto cero en que decide llevar a cabo el largometraje. A partir del bombillazo se desarrollan nuevas ideas, y otras y otras, en un proceso en que es posible que las primeras motivaciones y expectativas hayan ido adquiriendo matices, cuando no giros inesperados. La importancia de esa evolución no es tanto la intensidad (que, en el culmen, podríamos denominar revolución en lugar de evolución) como la procedencia de los matices (incluso giros, insisto): si forma parte de una adaptación natural del director a las vicisitudes del rodaje, a opiniones dialogadas con otros miembros del rodaje o a reflexiones propias, o si, por el contrario, responde a imposiciones caprichosas y alejadas de la labor artística. Imposiciones que suelen venir motivadas por el peculio de terceros.

Pero, en realidad, no pasa el solipsismo por la mente del artista. No en exclusiva. Pues, aunque pretende que su obra forme parte de su mundo, la da a conocer a los demás. Tal vez en un estertor de su soledad intelectual, de resolver dudas en conexión con una respuesta del público. Tal vez por análogas razones a las que aludía García Márquez sobre su condición de escritor: «Para ser querido». O tal vez no; quizá solo para hallar la Galatea de la que quedarse prendado. Para contadísimos artistas, esa Galatea llega para convertirlos en semidioses sin que por ello abandonen su labor creativa: Mick Jagger, por ejemplo, declaró en diversas entrevistas que no se veía cantando ‘Satisfaction’ más allá de los cuarenta años, y ahí le tienen brincando en el escenario con setenta años. No hay regla establecida que nos aporte información sobre el grado de satisfacción del artista. Es posible que el propio artista desconozca regla alguna al respecto. ¿Podría afirmar Rossini que estaba plenamente satisfecho con ‘Guillermo Tell’ para que fuera su última ópera, nada menos que en el ecuador de su vida? (Por los motivos que sean, suele ser más fácil que un artista abandone su oficio por desamor al arte que una persona decida ser artista por amor al arte, y solo por amor al arte, pues, como mínimo, vivir de ello habrá de ser viable).

A veces se habla del arte de la educación, si es que algo tiene de esa falaz dicotomía entre arte y ciencia. ¿Han visto ‘My fair lady’? Es la historia de un profesor de fonética inglesa, Higgins, que se propone enseñar a hablar bien a una florista desharrapada, Eliza Doolittle. La película es una reedición musical de ‘Pigmalión’, en cuyo guion adaptado participó el autor de la obra teatral homónima, George Bernard Shaw. En la versión teatral el profesor Higgins sale desesperado tras Eliza porque, como obra suya, se da cuenta de que no puede vivir sin ella, aunque ella acabará casándose con el joven y refinado Freddy. Sin embargo, quizá por los estándares del Hollywood de la época, Shaw decide (o accede a ello, pues fue coautor del guion adaptado) que profesor y alumna se casen en la película (tal y como ocurrirá también en la magnífica adaptación musical veintiséis años después). Shaw pudo permitirse ese cambio en el final y cuantos hubiese querido, pues ya era un autor consagrado (sigue siendo la única persona premiada con un Nobel, de Literatura en 1925, y un Óscar, en 1938, por el guion adaptado de ‘Pigmalión’). Mas, después de todo, ¿cuál fue la obra cumbre de Bernard Shaw? No a ojos del público ni de la crítica, sino la que él, como Pigmalión, habría abrazado como su Galatea. ¿Cuál? ¿Tal vez su afán por homogeneizar la fonética inglesa? El propio Shaw abanderó la iniciativa para crear un alfabeto más acorde con la fonética inglesa. Pero no, no fue su ‘Galatea’. A decir verdad, la propia obra ‘Pigmalión’ es una herramienta más de su producción literaria para transmitir su sempiterna convicción de que la causa de todos los males que aquejan a la Humanidad está en las desigualdades: económicas, sociales, entre hombres y mujeres… La figura de Shaw es controvertida, pues, pese a esa fuerte convicción, usó su ingenio para aguijonear conciencias adormecidas: defendió el feminismo y también fue tachado de misógino; defendió el socialismo no revolucionario dentro de la Sociedad Fabiana (precursora del laborismo británico) cuestionando el stablishment de sindicalistas y burgueses (él mismo acabó alcanzando un buen estatus económico por el éxito literario)… Quién sabe si ese inconformismo fue el que le llevó a acabar su creación teatral con una obra de marionetas. Marionetas, actores inexpresivos, pero que sirven para divertir al espectador. Tal vez desmontando el mito de Shakespeare, tal vez desmontándose a sí mismo después de reivindicarse con un instante de luz antes de apagar el candil con que se ilumina. Es la oscuridad con que acaba ‘Shakes versus Shav’.

Y ya. La función acaba y termina el sueño de crear al antojo del autor. Quizá porque sea el teatro (o el arte en general) el único espacio en que tenemos patente de corso para jugar a ser dioses y crear como nos plazca una escultura como Galatea de la que enamorarnos perdidamente como le pasó a Pigmalión (Afrodita mediante).

Volviendo a la educación, ¿nos atreveríamos a considerar artistas con ese poder transformador a quienes se dedican a educar a sus hijos o a sus alumnos? Podríamos imaginar a un progenitor o a un docente como a Geppetto con una marioneta llamada Pinocho en sus manos. Mientras Pinocho sea marioneta, podrán manejarla a su antojo. Incluso podrían enfrentarla a un duelo interpretativo con Shakespeare o con el mismísimo Shaw. Y, como en el cuento de Collodi, llegaría un momento en que querrían que la marioneta cobrara vida (como ansiaba Pigmalión de su escultural Galatea). Pero, afortunadamente, el niño en que se convierte Pinocho actúa por propia voluntad. Como sus hijos, como sus alumnos, los de ustedes.

Lo que no quita que cada uno de nosotros como adultos podamos poner lo mejor de nosotros mismos en cada uno de nuestros niños. Ya verán que, si han puesto lo mejor de sí mismos en sus hijos o en sus alumnos, ustedes no necesitarán ni un Nobel ni un Óscar para saber que están entre los mejores educadores del mundo.

 

 

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