Nací en el 76, en el seno de una familia –como tantas– preocupada por los cambios que se estaban produciendo en el país tras la muerte de Franco. Una familia esperanzada tras el larguísimo régimen de posguerra, que poseía una pequeña colección de discos de los Beatles y los Stones, y que, cuando venía a cuento, practicaba aquel cristianismo apático de los festejos familiares. Por aquel entonces, mis padres lucharon para que mi colegio cambiase de nombre: de llamarse Carmen Polo de Franco, pasó a llamarse como hasta ahora, Manuel Andújar, uno de los autores más representativos del exilio. Este mismo debate se reproduce hoy en Madrid. Creo que fue un acierto reivindicar la figura de Manuel Andújar por aquel entonces. Cuando menos, mucha gente conoció su obra gracias a aquel episodio.  

Me llevaban a bailar Raffaela Carrá en la discoteca de una pequeña ciudad de provincias. Como no había más niños, de inmediato me convertí en el centro de atención de aquel grupo de amigos. Recuerdo que el tema de todas sus conversaciones era el débil equilibrio de la nueva democracia. En casa había ejemplares de Cuadernos para el Diálogo, viñetas de Chumi Chúmez, diversas publicaciones de Diario16, el Anti-Dühring de Engels y Marx, y no faltaba La Constitución Española del 1978, que había llegado por correo días antes del referendo.

Vivíamos en La Carolina, un pueblo de Jaén donde el alcalde, Ramón Palacios, de Alianza Popular, fotografiaba las manifestaciones que se producían en el pueblo para después denegar el acceso al empleo a quienes alzaban su voz. En efecto, por aquel entonces, para trabajar en el olivar o en cualquier empresa, había que depositar el curriculum en el ayuntamiento. Estos son algunos de mis recuerdos de aquella época. Ciertas cosas han cambiado, afortunadamente; otras no tanto. Mencionar todos estos recuerdos no tiene otro fin que certificar, también sentimentalmente, que el país ha sufrido cambios profundos.

Hoy pienso que es necesario enmendar muchos aspectos de la Constitución. La España de hoy no se reconoce en la de hace casi cuarenta años. Por citar sólo algunos ejemplos, creo firmemente que este sistema de monarquía parlamentaria debería someterse a referéndum; el centralismo efectivo de Madrid tampoco representa la diversidad plurinacional; o el nuevo redactado del artículo 135 y la rendición ante nuestros acreedores, así como la ley electoral, que no responde al mandato fiel y ponderado de la ciudadanía.

Me hago cargo de que la Constitución tiene un halo de infalibilidad por el momento histórico en que fue presentada ante los españoles. Se votaba un paquete completo. Era aquello o la incertidumbre de continuar entre tinieblas. En este sentido, la libertad de elección estaba condicionada. En cualquier caso, las modificaciones propuestas –y otras tantas que me dejo en el tintero en aras de la síntesis–  no han de conformar una enmienda a la totalidad. Decir que quienes proponemos cambios profundos sólo buscamos la destrucción del sistema es introducir un debate falso.

Por tanto, pienso que habremos conseguido una madurez democrática el día que dejemos de hablar sobre cambiar la Constitución y finalmente nos pongamos manos a la obra. Es fundamental, por tanto, una Segunda Transición.

El 6 de diciembre siempre fue un día importante en casa. Ahora se suma el aniversario de Diario16. Quiero dar la enhorabuena a quienes forman parte de este proyecto por alzar su voz. Su compromiso ético y social hará que su papel sea fundamental como tribuna de esa Segunda Transición.

El título del artículo también es sentimental. No soy hijo de la Constitución. Soy hijo de mi madre, Hermi.

Hoy también es su cumpleaños.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

veinte − 19 =