Jacques Joseph (1865-1934) ideó el primer método para cambiar la forma y reducir el tamaño de la “nariz judía”. Él mismo había decidido cambiar su nombre original, Jakov Lewin, en el transcurso de sus estudios universitarios para sentirse mejor asimilado en la sociedad alemana de finales del siglo XIX, imbuida del romanticismo nacionalista germanófilo. En 1898 acudió a él un individuo aquejado de “una nariz que le provocaba graves dificultades, puesto que percibía que le miraban con asombro”. Meses después, Joseph justificó “científicamente” la intervención quirúrgica en ese individuo argumentando que “desaparecieron las tendencias depresivas del paciente, feliz de que nadie se fijara en él”. Joseph se había percatado de que sus pacientes sentían integrarse mejor en la sociedad alemana al desaparecer las preocupaciones por su aspecto físico.

No vamos a discutir hasta qué punto la sociedad alemana de la época fue capaz de inducir cambios de apariencia como los practicados por el doctor Joseph en sus pacientes. Ni siquiera vamos a entrar en cuán determinante es la saturación de estereotipos en nuestra sociedad actual para condicionar la persecución del cuerpo ideal. Les propongo una reflexión sobre la distancia de quienes somos y de quienes queremos ser, pasando por quienes creemos ser y a quién aspiramos parecernos.

Nacemos y a los pocos meses vamos imitando la sonrisa de nuestros padres, que nos recompensan con más sonrisas. De alguna forma, siempre reconforta encontrar reflejo en los demás. Buscamos resquicios de compañía para no sentirnos solos, y a la vez siempre albergamos la esperanza por algún vestigio de pertenencia a algo. No a las pocas semanas de nacer, sino hasta nuestro último aliento. Por tanto, parece estéril considerarse genuinos individualmente, ¿no creen? Y, sin embargo, cada persona es única. Cada uno de nosotros se adapta (o trata de adaptarse) como mejor sabe, en una combinación continua entre la propia voluntad y la del grupo al que cree pertenecer. Hay quien nace mujer en un cuerpo de hombre (o viceversa), hay quien nace con un gran potencial para la música que jamás desarrollará (y hay quien sí), hay quien se siente colmado de felicidad… Cada cual busca su lugar en el mundo, un mundo pequeño: el que tiene más a mano.

Tal vez hayan caído en la cuenta de que nos llegan múltiples señales en forma de interferencias. Y no pocas veces. No solo mensajes contradictorios, sino mensajes sugerentes que en ocasiones logran anteponerse a predisposiciones propias, como cuando buscan palabras en el diccionario y van parándose con espontánea curiosidad en otros vocablos que no venían a cuento. Como cuando se sumergen en el buscador de Internet. Como cuando sucumben a la compra por impulso en un supermercado. Lejos de caer en el infantilismo que algunos llaman cuando se reclama un amparo al consumidor, ya les expongo que somos curiosos por naturaleza, incluso buscando en el diccionario, ya ven. Lo que pasa es que esa búsqueda en el diccionario (o en una librería) nos deparará, como mucho, la pérdida de una tarde. Pero ustedes piensen en quienes por desesperación se ponen en manos de un curandero para curar cáncer, porque han oído campanas de no sé a quién le funcionó. O piensen en quienes se dejan morir de inanición por creer que su cuerpo de cuarenta kilos es un tonel.

Sí, el pensamiento crítico es necesario, pero no es suficiente cuando el mundo pequeño que creemos tener a mano está infestado de interferencias. Salvo colocarte unas alas funcionales de pájaro, puedes hacer contigo casi lo que quieras. Cuanto más recursos tengas para lo que quieres, más te aproximarás a quien quieras ser. Quizá sea necesario esculpirse, pero nunca será suficiente lo que habremos de cultivarnos para separar la paja del trigo, para no olvidar de dónde venimos. Luis Cernuda escribió: “Todo lo que es hermoso tiene un instante, y pasa”. La vida puede pasar sin saber que fue hermosa. Porque pueden ser quienes quieran ser sin conocerse a sí mismos.

NOTA: El síndrome de Peter Pan no es aceptado como enfermedad psicológica y, de hecho, no viene recogido en el DSM-5; el autor lo adopta como recurso coloquial.

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