Sabino Alonso Fueyo, director del diario falangista “Arriba”, se quejaba a Franco de las presiones que recibía de los distintos sectores y familias del Movimiento Nacional, hasta que el dictador cortó el asunto diciéndole: “Usted haga como yo y no se meta en política.” Durante largo rato en la historia de España un impenitente sesgo autoritario ha hecho política abominando de la política al considerar que tenía unas legitimidades superiores al juego de la confrontación ideológica. Es la instauración de esa unanimidad impuesta incapaz e incapacitante de construir un discurso más allá de lo obvio. Unamuno aseguraba que un país vivo era un país ideológicamente dividido, y no encontraba ninguna razón para justificar “eso de la unanimidad.” Por ello, sostenía el escritor vasco, le daba lástima “un pueblo unánime, un hombre unánime”.

En un par de fines de semana encerrados en un hotel de El Escorial, los dos notables del franquismo, Laureano López Rodó y el Gonzalo Fernández de la Mora, redactaron de corrido la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento. Según sus autores se quiso componer un texto legal en el que “cristalizara el espíritu del ‘Alzamiento’ con perspectivas de futuro.” Años más tarde, y muerto el dictador, López Rodó y Fernández de la Mora fueron dos de los fundadores, entre los que se encontraba también Fraga Iribarne,  de Alianza Popular, hoy Partido Popular. El primero representaba la tecnocracia y el segundo –autor del libro “El crepúsculo de las ideologías”- la desideologización y el apoliticismo. La Transición fue, según sus muñidores tardofranquistas, un paso de la legalidad a la legalidad, pero la supuesta legalidad de la que se partía era la grave agresión a la democracia que supuso la sublevación militar del 18 de julio. De hecho, Juan Carlos I juró la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento pero no la Constitución, que se limitó a sancionar.

Los poderes fácticos que apoyaron y fueron apoyados para su prosperidad en los años de caudillaje se mantuvieron intactos. Desde un primer momento fueron tenaces en la floración oculta del miedo a la libertad, una libertad que no había existido nunca teniendo en cuenta la duración del régimen franquista. Era necesario por el bien de todos reducir la libertad a algo ya existente. Reforma quiere decir no perder el contacto con el pasado, no dar un salto y que todo lo que dura está justificado hasta cierto punto. La incipiente y débil democracia sólo se abriría camino, como consecuencia, si el sistema se cambiaba sin cambiar los intereses del sistema. De esta forma, las élites económicas y financieras del franquismo pasaron a ser, como el racismo en el III Reich, los fundamentos no ideológicos, no opinables, no subjetivos de la nueva democracia.

El pragmatismo encarnó la ideología de la no-ideología para ir esparciendo jaculatorias que calaran en la opinión pública en el sentido de que lo más importante era esa eficacia ajena a la política y a las ideas que sólo creaban enfrentamientos estériles. El peligro de ese planteamiento estaba en que los partidos podían ser penetrados como mantequilla por los fuertes intereses de las élites tradicionalmente dominantes, más aún en una sociedad en la que el tránsito a la democracia no significó ninguna quiebra de los poderes reales y sólo su adaptación a una fórmula política nueva. Se cumplió el proceso que iba desde “el crepúsculo de las ideologías” hasta “el fin de la historia”, separándose así la sociedad de las condiciones reales de las cuales surgió, la misma sociedad no puede sino retener aquello que es su praxis, y que la ideología y la historia habían intentado modificar: el impulso frenético de dominación. El miedo y los instrumentos del miedo se fusionaron con la nueva democracia, con la libertad, con la comunicación. Ninguna idea podía ya invocar  ningún tipo de poder y al poder las ideas no le hacían falta.

Lo que ocurre es que el concepto de la no ideología es en sí mismo una ideología, que hoy, después de la severa crisis que vive el sistema, se intenta recomponer mediante una reafirmación de los roles de los llamados “partidos de Estado” y que se sustancia en una derechización del Partido Popular, que en el contexto de la lógica del sistema, supone una asunción a valores superiores a los ideológicos, tomados éstos como artificiosos y ajenos a una realidad que es y debe ser irreversible. Y la apostasía de sí mismo que realiza el PSOE cotidianamente asumiendo que el mayor obstáculo al proyecto socialista es el socialismo, como consecuencia de su absoluta subsidiaridad con un régimen de poder muy lejano a su natural sujeto histórico. Sólo queda una política de marketing comercial e imágenes, cuando los responsables del PSOE admiten a través de la praxis que su ideología no sólo no es capaz de transformar la realidad sino ni siquiera de interpretarla.

Todo ello, no es más que la reinvención de una realidad política desnaturalizada que intenta dar continuidad a un tiempo y a una arquitectura institucional y social destinada a pasar. Las crisis no se sobresanan restaurando la esencia de sus causas.

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