Estamos asistiendo los últimos tiempos a una agudización de antiguos conflictos de la Vieja Europa. Entre ellos destacamos la aparición, o auge, de partidos denominados “populistas” tanto de izquierdas como de derechas, el nacionalismo y/o separatismo de regiones dentro de estados, el racismo y la xenofobia. No deberíamos sorprendernos por estos hechos pues era previsible que, junto a la crisis vivida en Europa, la globalización neoliberal provocara todo lo que está ocurriendo. La desigualdad económica y el bajo crecimiento del ingreso medio de las clases trabajadoras es en definitiva lo que muchos expertos (lean esta entrada del blog de Branko Milanovic) plantean como el combustible para que se den este tipo de actitudes.

En primer lugar, sería conveniente aclarar por qué no sólo ha sido la crisis del 2007 la que ha provocado esta situación, sino que la ha puesto de manifiesto más claramente. Si analizamos los datos sobre desigualdad en la UE desde mediados de los años 90, podemos observar como las instituciones europeas han sido incapaces de actuar eficazmente para que se redujera de manera considerable.

Como se puede apreciar tras 20 años, la desigualdad ha estado presente en territorio europeo y los valores actuales son demasiado parecidos a los iniciales. Si cambiamos de medida de la desigualdad sucede exactamente lo mismo.

Unas instituciones europeas que no han servido para reducir la desigualdad en los países que la conforman, generan suficiente desconfianza como para el crecimiento de estos populismos. Si al fracaso de las instituciones le sumamos las durísimas medidas aplicadas a los países rescatados, que no sólo evitaron un crecimiento de la renta disponible de las clases trabajadoras, sino que las hicieron más pobres, tenemos el cóctel preparado. Estados que son incapaces de solucionar los problemas de sus ciudadanos, que ceden soberanía en pro de poder hacerlo, y no sólo no lo consiguen, sino que otros países exigen medidas que hacen más pobres a estos ciudadanos, parece lógico que se genere un movimiento contrario a las instituciones que han llevado a esta situación a las personas.

Entre otras razones, la globalización neoliberal ha servido como base para que este problema se mantuviera en los países desarrollados. La forma en que se ha producido la integración económica mundial ha acabado perjudicando a una parte de la sociedad que será la que está apoyando estos movimientos populistas. Efectivamente, la competencia entre la clase trabajadora de Europa con la de los países asiáticos, norteafricanos y latinoamericanos ha provocado que aquellos trabajadores que formaban parte de las cadenas de producción de las multinacionales que han mundializado, y externalizado, partes de su cadena productiva han visto reducidos sus ingresos, a no ser que hayan perdido su trabajo. En nuestros países tenemos una clase trabajadora fragmentada en múltiples subgrupos: parados vs ocupados, fijos vs temporales, hombres vs mujeres, jóvenes vs viejos, cualificados vs no cualificados, entre algunos ejemplos. Generalmente, ha sido la masa social no cualificada la que se ha visto más perjudicada en todo el proceso, pues no puede competir con trabajadores de similares aptitudes, de otros países, vía precio. Y la propia fragmentación más la libertad de movimientos del capital han hecho de la defensa de los intereses de los trabajadores una utopía.

También hay que destacar que la autonomía de los países para aplicar políticas adecuadas para solventar estas situaciones se ve limitada. La necesidad de reducir el número de parados obliga a los estados a hacerse “atractivos” para captar flujos de inversión internacional. Pero esta necesidad se convierte en desgracia cuando se requiere reducir los estándares laborales y eximir del pago de impuestos a estas inversiones.

Todo este proceso se ha agudizado con la crisis, pero no piensen que cuando pase ésta todo va a volver a su estado primigenio. Este es el nuevo modelo mediante el cual el sistema capitalista va a generar los nuevos beneficios.

Siguiendo la argumentación aquí defendida sería lógico que se iniciara un proceso en cascada de votaciones nacionales y de referéndums de independencia que canalizara el descontento social. El voto afirmativo a la salida del Reino Unido de la UE ha servido para que se empiecen a escuchar con mucha fuerza estas peticiones. Hasta el momento, a los países rescatados se les ha mantenido dentro de la UE utilizando el miedo y de forma muy poco democrática. Pero, ¿qué sucedería si fuesen Francia o Italia las siguientes?

Estamos llegando a ese punto en el que se aprecia con claridad la incompatibilidad entre los sistemas democráticos de los estados-nación con el sistema económico mundial, en su actual versión.

Como hemos afirmado al principio de este artículo toda esta evolución era previsible. Siendo así, ¿hubiera sido evitable? ¿Se evitará la implosión del proyecto europeo?

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