Ernesto bajaba todos los días a comprar el periódico, y siempre dudaba cual elegir. Todos le parecían iguales: el mismo papel, la misma tinta negra, las mismas noticias, los mismos anuncios, parecidas portadas. Por lo que cogía uno cualquiera, se sentaba en un banco del parque y comenzaba a construir barquitos, pajaritas y aviones. Los aviones, intentaba que volasen, a los barquitos los ponía a navegar en el estanque y con las pajaritas, atraía a los niños que se acercaban.

Las letras del periódico saltaban entre tantas figuras, llegaban hasta las copas de los árboles y revoloteaban. Era un placer verlas.

Su mujer, Otilia, cuando llegaba a su casa, no le preguntaba donde había ido: estaba jubilado de un aburrido trabajo de banca y ella se había acostumbrado a sus rarezas adquiridas entre tantos años de números, debes y haberes.

Por las tardes se sentaban juntos en el sofá a ver la tele, comían palomitas y se relajaban. Seguían los concursos, normalmente culturales, y contestaban las preguntas. Así transcurrían las horas muertas. Como las hojas de un libro, las horas iban pasando una tras otra sin que hubiera un propósito o un proyecto vital.

¿Quién descubrió América? ¿Cuántos lados tiene un triángulo? ¿En que año quemaron en la hoguera a Juana de Arco? ¿Quién era Rasputín? ¿Cuáles son los golfos de Noruega? Afluentes del Duero… No sé, contestaban los concursantes. No sé. No sé, no me acuerdo, eso ya se me ha olvidado.

Y así se sucedían las preguntas como se sucedían los días y los años de la pareja. Dentro de una tristeza y una forma de vida aburrida en la que las figuritas de papel eran mágicas anécdotas dentro de un vacío abrumador.

Estaban tan aburridos que dejaron de limpiar. Sólo una hermosa telaraña pudo sacarlos de su sopor. Era fascinante… Tenía una concepción radial tan complicada y serena que a Ernesto le dejó maravillado.

-¿Has visto esta tela de araña? le preguntó a Otilia

– No sé, no me doy cuenta. ¿Qué tela? ¿De qué araña me hablas?

Ernesto se levantó del sofá y miró a corta distancia a ese prodigio que había tejido un vulgar insecto. Entonces se dio cuenta de lo absurdo de su vida y sufrió un ataque de pánico y horror.

Se dirigió a su pequeño despacho y, de un cajón, cogió una pistola que tenía desde sus años de mili, mucho tiempo atrás. Con ella fue al salón y apuntando con cuidado, y de un tiro certero, mató a la araña, a la inmejorable artista doméstica.

El segundo fue para Otilia, su mujer.

Los años siguientes, hasta su fallecimiento, los pasó en la cárcel. No tenía tele, por lo que no podía ver concursos.

Se pasaba las horas tejiendo hilos de colores, figuras que eran una mezcla entre barquitos y pajaritas de papel y telas de araña.

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