En política, las personas no valemos nada si no valen nuestros mensajes, nuestras propuestas, nuestros proyectos. El culto a la personalidad de que tanto se acusaba a los jerifaltes del socialismo «real» en absoluto es ajeno a nuestras sociedades, teóricamente más abiertas y amables, pero quienes estamos en el día a día de la política más activa sabemos del esfuerzo que hacen los gabinetes de comunicación de los partidos en poner en valor la foto, el gesto, el lema, la persona…

Yo no creo que cuando el inefable Rajoy dice, en campaña electoral «voy a hacer…» sea porque esta imitación de Don Tancredo –«estafermo», que lo llamaba alguien en una feliz metáfora– piense honestamente que su gobierno ha de ser de tipo personalista y que las decisiones que adopte van a ser exclusivamente suyas. Además, en una democracia parlamentaria, con una relativa división de poderes, nos parecería un escándalo. No obstante, tengo la certeza de que, en el caso de nuestro más importante registrador de la propiedad, sus gabinetes de comunicación y el omnipresente Pedro Arriola le han indicado, hasta exigido, que hable en primera persona porque en un país en el que la Democracia (con mayúsculas) aún no se ha terminado de instalar en muchas mentes (y en algunas instituciones), esta personalista manera de hablar de la política llega más.

Nadie está a salvo de la dictadura del marketing. Parece que son nuestras reglas de juego y a ellas hay que ajustarse; no obstante, se me antoja estremecedor que la reiteración del «yo» en el discurso político sea cosa distinta de eso: una regla de un juego. Porque hay veces en las que lo que oculta es una enfermiza obsesión egocéntrica. Aquello del «yo, mí, me conmigo…» que a todos nos trae de bien seguro algún conocido a la cabeza…

He defendido en las últimas semanas la candidatura de Pedro Sánchez y, una vez más, me sumo con entusiasmo a las felicitaciones por su victoria y me carcajeo (permitidme esta debilidad humana) ante los denodados esfuerzos que han hecho muchos para que aquello no fuera posible. Sobre todo, estos que siempre tienen tanta «prisa». Pero, más allá de que Pedro me parece un tío honesto, simpático y buena gente que, además, ha hecho gala de un pundonor y una probidad que dicen mucho de su templanza de ánimo, sinceramente, Pedro me da igual.

Lo que hemos apoyado muchos y muchas es un proyecto, una forma de entender el socialismo y la práctica política. Defendemos y hemos defendido que la imprescindible trasformación social no puede venir solo de la mano de los y las socialistas, que no hay una única manera de hacer las cosas y la diferencia entre unos partidos y otros no estriba (solo) en cuestiones de talante. Hemos defendido una forma de construir España en la que nadie se sienta incómodo ni excluido. También hemos reclamado que se mire al Oeste sin complejos y que momentos críticos solo se pueden resolver con valentía y decisiones arriesgadas. Hemos sostenido que viejos problemas solo se pueden encarar con nuevas soluciones. Hemos reivindicado que hay que desarbolar con todos los medios a nuestro alcance al actual gobierno del Estado, corrupto, manipulador, torticero, contrario a la división de poderes que no cree en el Estado de Derecho.

El Pedro Sánchez que hemos apoyado hasta con vehemencia, en buena medida, ha sido construido por sus propios detractores y pensamos que para bien. Este nuevo Pedro –que no es Pedro, de nuevo­– no es el secretario general buena gente pero, quizá, pacato, que articuló aquella extraña operación con Ciudadanos a la vez que rechazaba propuestas más rompedoras, atenazado por una ejecutiva impuesta que más que apoyarlo lo vigilaba y hasta secuestraba y que no dudó en perpetrar todas las deslealtades imaginables y hasta inimaginables cuando los que tienen tanta «prisa» dieron la orden.

Este nuevo Pedro Sánchez ha crecido, se ha bregado en las peores condiciones posibles, ha consolidado un proyecto sólido, coherente y necesario para el país. Ha aprendido cómo hay que hacer las cosas y, sobre todo, cómo no deben hacerse. Hoy más que nunca, este nuevo Pedro Sánchez, su equipo y su proyecto conforman el grupo de personas e ideas que pueden provocar el salto hacia adelante que tanto se necesita. No en vano, algunos hablamos de un antes y un después de esta victoria de primarias.

Queda mucho por delante, congresos regionales, el federal, la acción parlamentaria y seguir trabajando para desalojar a Rajoy de la Moncloa que, como hemos repetido, ya no es un deseo sino un imperativo categórico que hemos de ser capaces de encauzar desde la construcción de una unidad de la izquierda.

Las presiones no han acallado pero la sabia militancia socialista nos ha dado una fuerza que jamás habíamos tenido. ¡Adelante!

 

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