Año 2016. La tasa de natalidad es la más baja desde que existen datos –se ha reducido drásticamente a la mitad en las cuatro últimas décadas-, las mujeres alcanzan un máximo histórico en la edad media de maternidad, que es de 32 años. No hay políticas sociales de conciliación ni ningún tipo de implicación estatal o política a la vista que puedan ayudar a cambiar esta tendencia.

Año 2050. Ante los graves problemas de natalidad que amenazan el desarrollo y la sostenibilidad de la especie humana, la ciencia da un paso de gigante logrando el embarazo en hombres. La Seguridad Social implanta un efectivo y novedoso programa que garantizará un proceso de embarazo en el hombre perfectamente controlado y que llena de tranquilidad a los futuros padres. Todos los varones pueden disfrutar de una experiencia fascinante en este nuevo reto que les brinda ahora la posibilidad de dar a luz a sus hijos.

Tan solo seis meses después de que pariera el primer hombre, surgió un problema de hondo calado social y político que conmocionó a toda la ciudadanía: los nuevos padres sufrían estrés derivado de su nuevo papel en la sociedad. La conciliación se había revelado entonces como un problema importante para que ellos pudieran alcanzar el culmen de felicidad que esta oportunidad les podía proporcionar. Todas las herramientas al servicio del país se pusieron muy rápidamente en marcha para idear las políticas sociales más avanzadas del mundo al servicio de la conciliación laboral para los caballeros: las empresas obtienen importantes incentivos fiscales por contratar a hombres embarazados o en edad de procrear. El mismo día en el que el varón es consciente de su estado de buena esperanza le es otorgada, de inmediato, una baja que le exime de cualquier responsabilidad laboral. Se instalan guarderías en todos los centros de 10 ó más trabajadores. Se implanta ¡Por fin! un impuesto sobre la Riqueza y las Grandes Fortunas, que es aprobado por absoluta unanimidad, para recaudar más fondos que destinar en políticas de paternidad.

Todo había cambiado, pero algo se mantuvo intacto: las mujeres siguieron teniendo una tasa media de empleo del 63% frente al 76% de los hombres, siguieron ocupando el 31,5% de los empleos a tiempo parcial frente al 8,3% de los varones, siguieron ganando también un 17% menos que el género opuesto y ocupando un mísero 12% de las juntas directivas de las grandes empresas, además de un 3% de los puestos de dirección. Los mismos tristes datos de 2016.

Solo en ese momento, las mujeres nos dimos cuenta de que nuestra discriminación laboral no era una cuestión de ser madres o no. Solo entonces nos dimos cuenta de que la violencia de género no era un problema de las parejas que mal elegíamos –porque somos tontas y no sabemos actuar-, ni que las agresiones sexuales tampoco eran provocadas por la largura de nuestra falda o nuestros gestos provocadores.

No. No era una cuestión de género, es una cuestión de odio. Del odio visceral y extremo que sufrimos las mujeres por el mero hecho de serlo. Del puto machismo opresor que impregna absolutamente todos los espacios de nuestra vida y pensamiento. Del sistema patriarcal tan cruel como socialmente aceptado, que nos obliga a jugar con unas cartas mucho peores que las del género opuesto. Porque sí, porque esta es la idea de igualdad que el paradigma machista tiene instalado en la cultura de nuestro país. Y, tristemente, también del mundo.

Un estudio reciente llegaba a la conclusión de que las mujeres tememos menos al dolor que los hombres. No me extraña nada. Llevamos toda la vida sufriéndolo, toda la vida sabiendo que alguien puede atacarnos a la vuelta de cada esquina, haciéndonos sentir vulnerables. Pero amigas, nos han quitado tanto que no nos queda ya ni el miedo. Por eso nos hemos vuelto tan valientes, tan combativas, por eso no daremos un paso atrás hasta conseguir lo justo, lo que es nuestro y siempre nos ha pertenecido: la libertad, la igualdad y la alegría.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorLa voluntad del pueblo
Artículo siguienteGratis, nada
Nací en 1988, el año de la primera Gran Huelga General que paralizó España, y eso marca. Me gradué en Ciencias Políticas y de la Administración Pública y cursé un Máster en Comunicación Política mientras transitaba la precariedad laboral, que me resisto a abandonar. Lucho contra ella y contra otras injusticias porque mis padres me educaron en la sensibilidad social. Sindicalista y militante en Izquierda Abierta, vivo enamorada de la vida, aunque a veces duela.

2 Comentarios

  1. Siento decirlo pero el artículo es un hombre de paja de manual.

    No es (exactamente) odio lo que hace que el machismo sea la mierda que es. Es el desprecio. Los machistas no odian a las mujeres (en general) si no que las desprecian y consideran que son personas de 2ª. Lo mismo que pensaban los esclavistas de los esclavos o los ricos de los pobres.

    Estoy de acuerdo en que la situación actual está lejos de ser la que toca, donde dé igual lo que una persona tenga entre las piernas para “decidir” si cobra más o menos, si tiene unos derechos u otros.

    Porque el problema laboral de las mujeres es la inercia cultural que “dictamina” que la mujer debe ser madre antes que mujer (recuerda que hace menos de 50 años las mujeres tenían que pedir permiso a sus padres o maridos para abrir cuentas en el banco o trabajar). Problema que, por desgracia, no es únicamente porque haya hombres machistas, que los hay y demasiados por desgracia. El peor enemigo lo tenéis las mujeres “en casa”. Demasiadas veces son las propias mujeres las que, contra toda lógica, se comportan con una actitud más machista que muchos machistas. Demasiadas veces la amiga que se liga a todo lo que se mueve es “la puta del grupo” ¿Envidia? Quizás, pero eso no lo hace mejor.

    Ojo, no digo que los machistas no tengan culpa ninguna. La tienen y es una gran parte. Pero si no se mira también a las “quintacolumnistas” para afearles las actitudes machistas, las mujeres feministas que quieren la igualdad se van a encontrar con ataques desde la “retaguardia” que las va a pillar de improviso.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

seis + doce =