Fui elegido para gobernar en Pittsburgh y no en París , esa ha sido la frase con la que el presidente  Trump ha querido resumir su paso atrás en la lucha contra el cambio climático que hasta ahora impulsaba EEUU tras los acuerdos firmados en París por Barack Obama.  Nadie podrá decir que Trump esta defraudando a un electorado que lo votó para hacer exactamente lo que esta haciendo aún cuando ello suponga dinamitar todos los cauces lógicos y necesarios para conservar la estabilidad en un mundo inestable y luchar contra el mayor reto de la humanidad en este tiempo , el calentamiento global. Un desafío que amenaza de manera directa con transformar la vida en la tierra como la conocemos y condenar a las generaciones que nos precedan a sobrevivir en un mundo más hostil en el que las enfermedades , la esquilmación de los recursos hídricos y agroganaderos como consecuencia de las sequías e inundaciones permanente será una realidad incuestionable. Una incómoda verdad que con el calentamiento de las corrientes oceánicas producirá el mayor cambio en el ecosistema  de la tierra desde la época de las glaciaciones.

Pero esto , parece importar poco a un presidente que parece no ha venido para quedarse sino para cumplir con lo que prometió , aun cuando para ello tenga cada vez más asegurado impeachment en caso de ser necesario para los propios poderes establecidos en un país EEUU en donde el presidente tiene poder pero también un control férreo por parte del resto de estamentos. Habría que preguntarse incluso, si el propio Trump, no se está cansando ya del papel de presidente del gobierno, máxime cuando una vez alcanzado su objetivo de demostrar su capacidad para llegar a la Casablanca el peso de la gestión pública parece ser una losa para un hombre acostumbrado a vivir más en los focos y en la  liberalidad de unos actos constreñidos hoy los contrapesos marcados en la propia constitución de los EEUU.

Aún con todo, lo cierto y verdad es que la decisión del presidente Trump deja fuera del acuerdo de París a uno de los países más contaminantes del mundo y fija la puerta de salida para que otros  como China o Rusia sigan la senda marcada por la administración norteamericana, aún cuando  tras la salida de EEUU la posición del gigante asiático contra el cambio climático ha sido ratificada por el primer ministro chino Li Kequiang. Algo que significaría a buenas luces el fin del acuerdo de París y la confirmación del peor escenario posible al cambio climático. Un fenómeno que en la última década del siglo XXI causo la muerte a más de 600.000 personas , el 95% de ellas en países pobres .

Sin olvidar las consecuencias cada vez mayores para la salud de las permanentes olas de calor que sólo desde el año  2003 han causado en Europa la muerte de más de 70.000 personas. Junto al hecho  que la escasez de agua como consecuencia del aumento de la temperatura global dejaría al 40% de la población mundial ante un panorama de escasez hídrica con el consiguiente movimiento migratorio de refugiados climáticos en un mundo cada vez más lleno de barreras y fronteras que de solidaridad y esperanza. Tiempos malos para la lírica de un mundo que parece querer condenarse a la autodestrucción como elixir al cambio de era.

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