¡Om shanti om! Entre las muchas propuestas que tientan a la hiperestimulada imaginación del ciudadano de la aldea global, nos encontramos con eso del sexo tántrico, fenómeno que ha traspasado los umbrales de la comunidad New Age y se ha convertido en objeto de la curiosidad de muchos. Hoy el término “tantra” se utiliza comercialmente como una marca, libre de propiedad intelectual, que da lustre y prestigio a las actividades, productos o servicios a los que se aplica, dotándoles de un aura de milenario misticismo asiático y de exóticas técnicas de éxtasis sexual. Nuestra tendencia a construir un Oriente de fantasía, ajeno a las limitaciones de la moral judeocristiana, provoca que relacionemos automáticamente cualquier cosa que se califique de tántrica, ya sea un aceite esencial, un incienso de pachulí, un cursillo de meditación para parejas o un juego de mesa, con una promesa de realización espiritual a golpe de orgasmo. “El tantra se ha convertido en un sueño húmedo orientalista”, nos dice Wendy Doniger, especialista en hinduismo con tan pocos pelos en la lengua que su esclarecedor libro The Hindus: An Alternative History (2009) ha sido prohibido en la India. Sin embargo, si a un consumidor particularmente inquieto le diera por rastrear las raíces del tantrismo e investigar su realidad histórica, se quedaría cuando menos estupefacto. Veamos de qué iba realmente eso del tantra antes de que el moderno mercado de juegos y juguetes erótico-esotéricos se apropiara del término.

A lo largo del desarrollo de la religión brahmánica en la India medieval, hicieron su aparición ciertos cultos iniciáticos cuyas doctrinas fueron codificadas en un corpus de textos sagrados conocidos como tantras. Estos son escritos complejos, enigmáticos, que hacen uso de un lenguaje deliberadamente oscuro y trufado de ambigüedades. Algunos de los rituales descritos en ellos contienen un amplio repertorio de prácticas que transgreden abiertamente la religión oficial. Si bien el brahmanismo políticamente correcto se asocia con las doctrinas del vegetarianismo, el autocontrol y la no violencia (la famosa ahimsa de Gandhi), lo que predican ciertos tantras, en concreto los llamados “de la mano izquierda” (que también podríamos traducir como “tantras zurdos”… o, más acertadamente, “siniestros”), es justo todo lo contrario: una apología del vicio y la violencia, acompañada por la realización de rituales provocativamente sangrientos y obscenos, a saber:

– El sacrificio de todo tipo de animales, inclusive vacas y seres humanos.

– La fornicación pública e indiscriminada, sin miramiento alguno por los tabúes de casta o parentesco: lo que viene siendo un totum revolutum.

– El consumo en grupo de carne cruda, bebidas alcohólicas, sangre animal o humana (incluyendo la sangre menstrual) y otros fluidos corporales considerados impuros por la religión de los brahmanes: semen, heces, orina, flema y hasta el tuétano de los huesos.

Relieves explícitos en la fachada del templo de Khajuraho (Madhya Pradesh, India.
Relieves explícitos en la fachada del templo de Khajuraho (Madhya Pradesh, India).

Por algún requiebro de lógica antinómica, se supone que estas prácticas, que le revolverían las tripas a cualquier profano, son capaces de atraer sobre el iniciado todo tipo de poderes mágicos, el de vuelo entre ellos. Un panorama que recuerda sobremanera a los aquelarres de la brujería europea.

Lo que está claro es que al sexo, y sobre todo al sexo prohibido, se le reserva un papel muy importante en el ritual descrito en los tantras medievales. No se trata del sexo entendido como una actividad positiva, ni mucho menos: categorizada como transgresión, la liberación de las energías sexuales se considera, al igual que los sacrificios sangrientos, una fuerza peligrosa y destructora que los iniciados deben aprender a encauzar para alimentar sus capacidades mágicas.

En el mundillo académico, así como entre los pandits hindúes, se viene arrastrando una polémica sobre si estas prácticas tan despendoladas se llevaban realmente a cabo o eran puro material de meditación: escenas de horror e impiedad que no iban más allá del teatro de la imaginación. Es una teoría bastante plausible; de hecho, la expansión del tantrismo entre los shivaístas aparece asociada al desarrollo de las doctrinas ilusionistas de la escuela de Cachemira. En todo caso, verdad o simulacro, el tantrismo tuvo tanto éxito en su época dorada (hará unos mil años) que se propagó a las otras grandes religiones del subcontinente: budismo y jainismo. El actual budismo Vajrayana, el practicado en el Tíbet, tiene un importante componente esotérico de inspiración tántrica… pero todo es muy especulativo, muy simbólico y muy casto; no vayáis a fantasear ahora con la vida sexual del Dalai Lama.

Osho y acólitos en el ashram de Pune, 1979.
Osho y acólitos en el ashram de Pune, 1979.

Es evidente que esta más bien sombría ritualización del fornicio, regado con sangre, caca y magia negra, tiene poco que ver con el “sexo tántrico” que empezaron a practicar en pleno auge del Flower Power los hippies indófilos de la costa oeste norteamericana. Este tantrismo modificado y apto para el consumo del occidental moderno es lo que, más correctamente, se conoce como “neotantra” o “tantra californiano”. En él confluyen todos los tópicos imprescindibles del redescubrimiento (o, mejor dicho, reinvención) de la India por la espiritualidad New Age: yoga, meditación, Kamasutra, Ayurveda… Pero lo más gracioso es que, aunque el neotantra es una construcción de nuevo cuño nacida en Occidente, empezaron a prodigarse al otro lado del globo gurúes indios oportunistas que vieron abierto el nicho de mercado y montaron sus tinglados de mística sexual en la India, atrayendo a un público occidental sediento de iluminación y emociones fuertes. El más astuto comercialmente fue Osho; para saber qué es lo que realmente se cocía en el ashram que el carismático gurú, cual madama de burdel, regentaba en Pune allá por los años setenta, no puedo dejar de recomendaros el capítulo que le dedica Gita Mehta en Karma Cola: Marketing the Mystic East (1979), libro iconoclasta e hilarante donde los haya.

Y una última advertencia, para evitar confusiones: si vais a un discreto establecimiento de estos que se anuncian en las páginas de contactos y contratáis un masaje tántrico, sabed que no os espera un aquelarre sangriento, sino a lo sumo una buena gayola con aceites esenciales ayurvédicos y chill out con sitar en el hilo musical. Que tampoco es mala cosa.

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