En un centro de Educación Secundaria cualquiera de cuyo nombre no quiero acordarme, ocurre la siguiente escena. Una conversación entre un profesor y uno de sus alumnos:

  • A ver… ¿puedes guardar el móvil, por favor, que estamos en clase? Comenta el profesor a su alumno en un tono un tanto resignado, como si no fuera la primera vez que dice la frase en cuestión.
  • Oye… No te lo vuelvo a repetir, ¡Guarda el móvil, que estamos en clase!… Vuelve a repetir el profesor ante la pasividad del alumno, que sólo ha alzado la mirada un momento hacia el profesor y la ha vuelto a bajar hacia el dispositivo haciendo caso omiso a lo que le dicen.
  • Vale. Se acabó –grita desesperado el profesor- ¡Dame el móvil de una vez y no se te devuelve hasta que tus padres vengan a recogerlo al centro!…
  • El móvil  – contesta el niño sin pudor alguno- no se lo doy ni a la madre que me parió.

Una escena imaginaria, que sin duda a mis compañeros y compañeras de profesión les resultará, aunque con sus variantes más o menos dramáticas, muy familiar.

Sé de compañeras y compañeros que lo han intentado todo ante el desembarco de la telefonía móvil en las aulas. Desde cajones de madera donde el alumnado deja el móvil durante la clase, hasta posiciones más vanguardistas como la del uso del móvil en la propia clase como elemento de trabajo. Pero seguro que los docentes nos hemos encontrado con los mismos problemas y las mismas respuestas por parte del alumnado ante tales “estrategias”. Por un lado la negativa a dejar el aparato en la “milagrosa caja” donde se guardan todos los móviles durante una hora, con las consabidas broncas y desplantes del alumnado, hasta el reconocimiento por nuestra parte de que usar el móvil como elemento pedagógico siempre conlleva entrar en discusiones sobre la idoneidad de su uso, ya que mientras que se les recomienda mirar la página de la RAE para buscar cualquier palabra que no entiendan de un texto en cuestión, no se les olvida echar un vistazo al wasap o al facebook para ver cómo andan sus relaciones sociales.

Entonces, ¿Cuál es la solución?… Es complicada. Más si cabe cuando el alumnado cree que el móvil es un elemento intrínseco e imprescindible para sus vidas. Cuando son los propios padres los que con sólo seis años le regalan un móvil al crío por Navidad. Cuando los adolescentes se creen que el móvil (cuya factura por cierto pagan sus padres) es una prolongación de su propio “yo”.

Los docentes nos vemos incapaces de luchar contra esta situación y más si cabe cuando leemos en la prensa casos como los de la madre ha sido denunciada por su hijo por quitarle el móvil para que estudiara. Hace poco el Juzgado de lo Penal número 1 de Almería ha absuelto a una mujer de un presunto delito de malos tratos sobre su hijo adolescente de 15 años, que la había denunciado por quitarle el teléfono móvil con el que estaba jugando para que se pusiese a estudiar. La Fiscalía reclamaba para la acusada una pena de nueve meses de prisión. Un despropósito. Dicho sea de paso el juez le ha dado la razón a la madre, pero cómo luchamos nosotros en el aula contra esta nueva oleada de jóvenes que se han convertido, usando muy libremente el verso de Quevedo, en érase un hombre a una “móvil” pegado.

Leí hace poco que la propia policía aconseja a los padres que el teléfono móvil no se convierta en “el regalo estrella” para los niños en cualquier fiesta de guardar. Pero desgraciadamente el móvil es el regalo estrella y concienciar a los padres que es mejor retrasar la edad de acceso a estos dispositivos es muy difícil. Porque lo que está claro es que lo que se regala es un Smartphone, que no sólo es un teléfono, sino un ordenador, con todos los peligros que ello conlleva para un niño.

Pero nosotros mismos caemos en la espiral de las nuevas tecnologías. Contamos toda la vida de nuestros hijos en internet y, por supuesto, colgamos fotografías de ellos. Nos convertimos en cómplices de lo que más tarde puede pasar, sobre todo por nuestra ignorancia, por ser una generación que no ha crecido con las nuevas tecnologías y no conoce el alcance que puede llegar a tener el ciberbulling u otras prácticas muy comunes entre los jóvenes y que los profesores estamos viendo y denunciado a diario en los centros de enseñanza.

¿Soluciones?… La educación siempre comienza en casa. Parece sencillo, pero a veces, cuanto más sencillas son las cosas, menos errores se comenten.

 

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Concejal de Podemos en el Ayuntamiento de San Juan del Puerto (Huelva), profesor de Lengua y Literatura y colaborador de varias revistas digitales.

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