Ahora con perspectiva es fácil comprender lo que ha sucedido este año en el tramposo, hipócrita, fascinante y millonario mundo de la Fórmula1. F1.

Se trataba de una venganza.

¡Revenge! (aquí iría bien una viñeta del Cangrejo de las Pinzas de Oro con la cara del cap Haddock, pero no puede ser porque la viuda ordeñadora del creador de Tintín no lo permite).

A Nico Rosberg. señoras y señores, llevaban años, dos completos e intensos, tocándole los monóculos a veinte manos.

A nadie le gusta que le toquen los monóculos. Pero si lo hacen los gorilas que te están pagando, y pagando mucho, te aguantas. Te aguantas, sí. Pero piensas como mearte en sus manos si siguen acercando sus sucios deditos a tus partes nobles.

Y Nico puso en marcha su cerebro. Se fijó un objetivo y lo ha logrado.

Rosberg se ha vengado. Rosberg es un chico malo. Listo y malo. Cómo le ha dado “por el culo” a Lewis Hamilton. ¡Cómo le sigue dando! A Lewis, Luisito Martillito; a Hamilton y también a Mercedes, claro.

Ya se demostró en la época que Fernando Alonso, a quien la prensa internacional sigue considerando el número uno absoluto (si alguien dudas que lea F1 Official, la mejor app sobre los bólidos del dinero y del diablo). En la época que Fernando Alonso compartía escudería con L.H. le hacían sin pausa trampas y trampitas, para que le superase Luisito Martillo Hamilton.

Y lo mismo le hicieron a Rosberg, Nico Rosberg, claro. Por supuesto. Sí. ¿Cómo dudarlo?

Pero cuando eso sucede, queridos lectores, queridísimos hermanos, siempre hay un modo, una manera. Resultado garantizado. Jugar a su juego. Ser el más pelota y paciente y simpático. Suplicar, llorar, besar nalgatorios… y lo que sea necesario. Aunque también es imprescindible, desde luego, ser verdaderamente el mejor. Y ser el mejor se refiere a un conjunto. No basta con ser más guapo o el más alto; el mejor es el más completo y equilibrado.

Rosberg malo malo, chico malo malo muy malo.

Hizo todo lo necesario. Ganó los tres últimos premios de la pasada temporada. Los cuatro primeros de la de 2016. Y entonces, haciendo de tripas corazón, dejó que la plañidera Hamilton recuperase espacio.

Tal para cual. Porque Rosberg ha hecho a Luisito Martillito Hamilton lo mismo que el chico mulato le hizo a él en la última carrera. “La goma”. Se llama hacer la goma, en las carreras de autos, a dejar que quien va detrás se acerque mucho, y luego volver a dejarlo atrás, y otra vez permitir que se recupere, y otra vez dejarlo atrás… Eso ha hecho Nico Rosberg para convertirse en campeón mundial este año. Con la ayuda de dos tipos a quien sin duda no amaba como si fueran sus hermanos, tal vez hasta los despreciaba un poco, pero a quienes consiguió ganarse. Me refiero a los que dirigen el equipo de Mercedes, que para quienes no sigan la F1, porque esto es literatura y no crítica o crónica de deportes, amados lectores y hermanos, añadiré que esos señores se llamaban, y llaman Toto y Niki; quedan menos ridículos (suena a pareja de payasos) si añadimos los apellidos: Toto Wolf y Niki Lauda.

Terminando, que es gerundio y tengo que bajar a comprar unas botellas de espiritoso americano, que apenas me queda medio vaso.

Terminando, repito. Que Rosberg sabía lo que hacía. Que lo ha logrado. Que ha puesto en su sitio a Mercedes y al enemigo a quien llamaba amigo: Luigi Jamilton.

Pero lo bonito es que lo sigue poniendo en su sitio. Lo sigue dando por el culo. Todo el rato. (Dar por el culo, en un escrito literario, aclaro para posibles lectores mojigatos, no tiene nada que ver con el sexo; es una expresión que hasta el más lerdo debería comprender que significa: fastidiando al máximo, muy al máximo).

Primero se la metió hasta dentro, Nico a Lewis, cuando ganó el campeonato. Volvió a metérsela, más hondo y con un anillito de pinchos alrededor del nabo (sigue siendo literatura, hermanos, no os pongáis nerviosos), cuando anunció que se retiraba de la F1.

Y el pobre Luisito Hamilton caminando con las piernas abiertas, con la torpeza de un pato. Luisito y también los mafiosos “mercedarios·”. Todos caminando como patos desfondados.

Y además -qué belleza- sigue haciéndolo. No pierde ocasión de volver a apretar donde más duele. “Ahora Lewis y yo podríamos hasta casarnos” afirmó sonriente y burlón en una de las miles de entrevistas que concede sin recato ni descanso.

La venganza, que quizá no traiga la verdadera felicidad, pero que es algo que nos encanta a quien miramos el espectáculo, y también -sobre todo- a los literatos. Nico Rosberg, en representación de todos los que el mundo marca como perdedores para evitar su brillo deslumbrante, se ha vengando.

Venganza, venganza. Revenge, revenge.

Bravo Nico, te aplaudo. Y nada de vaselina, sigue dándole por el tras -es decir: fastidiando al máximo- al sucio y presumido tipo que te lo hizo a ti cada día y cada noche, durante dos largos, casi eternos, insoportabilísimos, años.

Otro burbon, por favor. Hermanas, hermanos.

 

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