Ha sucedido. El PSOE ha explotado. Lo que hacía tiempo se vaticinaba ha superado con creces la imaginación de quienes consideraban que la formación socialista no tenía remedio.

La debacle viene preparándose desde hace tiempo, posiblemente desde la década de los años ochenta, cuando Felipe González vendió la organización dejándola vacía de contenido y colocando centinelas que velasen por asegurar que las personas con ética y escrúpulos no pudieran cambiar el rumbo.

Poco a poco la caída con sordina, aparentando regeneración y disimulando con manos de pintura y logotipos modernos ha ido precipitándose. Los debates ideológicos se abandonaron y fueron sustituidos por batallas intestinas entre las denominadas “familias” que solamente tenían en común los enemigos a los que machacar.

Perpetuándose en el tiempo una manera de funcionar hoy encontramos un PSOE plagado de perfiles que, como se definiera ayer Pradas, llevan toda su vida enganchados a las faldas del partido. El andaluz, visiblemente dolido, ponía sobre la mesa su trayectoria desde los quince años en las Juventudes Socialistas. Se revelaba así frente a quienes habían tomado la decisión de impedirle acceder al que fuera su despacho en Ferraz. Por otra parte, los que dan semejante orden llevan toda su vida -como Pradas- saltando de rama en rama y picando de flor en flor, cortando cabezas cuando fuera menester para mantenerse a flote.

El mal del PSOE es la profunda falta de ética que rige en su seno. La proliferación de perfiles que repiten argumentarios mientras cumplen órdenes macabras contra algún “compañero”. Y cuando esto se repite una y otra vez en todos los territorios, en todas las agrupaciones, finalmente todo estalla por los aires.

Lo que ayer se hizo visible es la punta del iceberg.  La brutal consecuencia de haber mantenido una organización que ha funcionado a base de venganzas, intereses personales e injusticias continuas. Un mapa plagado de salvajadas contra militantes que, cuando han apelado a los órganos establecidos para dirimir conflictos, para defender sus derechos, han visto en la mayoría de los casos cómo se ha reforzado siempre la actitud del más fuerte sin atender a un mínimo de justicia, sino a un marcado interés. Se ha regado un jardín de plantas carnívoras durante demasiado tiempo y al final, como era de esperar, se comen a bocados entre ellas.

Aunque lo parezca, no hay bandos. Más allá de esa primera línea de fuego donde pueden distinguirse los bloques de la contienda actual, se esconden miles de heridas que jamás fueron curadas con asepsia. Hoy estallan en un sálvense quien pueda. Es el retrato de lo que ocurre en la mayoría de las casas del pueblo, hoy llamadas sedes. Y como no podía ser de otra manera, quien ha sembrado vientos, termina recogiendo tempestades.

Tanto los “pedristras” como los “susanistas” las han hecho de todos los colores. No hay vencedores ni vencidos, salvo una víctima indudable: el PSOE. No son pocos los militantes que hoy hacen las malteas. Se alistan a esa legión huérfana de socialistas sin partido. Mientras los máximos responsables de todo lo que lleva sucediendo se pelan por sus puestos, estatutos manidos y manipulados en mano, los que conformaban la esencia socialista -los trabajadores, los que jamás perdieron su conciencia de clase- no reconocen ya su casa en ese partido.

Estos días serán cruciales: o se sientan las bases para una refundación del PSOE, con proyecto, con ideas y sin toda la tropa de sanguijuelas apoltronadas, o habrá que plantearse la formación de un partido socialista desde la base, fuera ya de Ferraz.

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