Conduzco una máquina más vieja que yo, un Corvette, que fue rojo, del 63. No es necesario que explique que carece de ordenador a bordo. Pero ¿quién necesita un ordenador a bordo existiendo Google Maps?

Estoy invitado a cenar en el agradable y suntuoso chalet de un posible esponsor para los artículos sobre carreras de coches, LAS ALMAS Y LA F1, que escribo para este periódico, en una urbanización de las afueras de Madrid.

-No te preocupes, que ya te mando mi ubicación por guasap y sólo tienes que seguir las instrucciones que te diga el teléfono.

-Fenomenal.

No hace demasiado tiempo que tengo un esmarfon, esa suerte de varita mágica capaz de milagros que ni el mago Merlín, pero rara vez he utilizado el Google Maps para orientarme, porque yo soy Tigre Manjatan, Art Briz, y siempre he presumido de encontrar el servicio -al fondo del pasillo- sin tener que preguntarle a ningún empleado de El Corte Inglés.

-No bebas, Tigre, que hay controles por todas partes.

Naturalmente no tiene ningún miedo de mis posibles errores de conducción si voy bolinga, lo único que le preocupa es que me caiga un multón que me deje sin pasta para burbon durante una semana.

-Ni una gota, oh capitán mi capitán.

Mi presunto patrocinador es un hombre culto, que ha leído a Walt Whitman; o que al menos ha visto la famosa peli de Weir titulada El Club de los Poetas Muertos, así que se ríe complacido al otro lado del guasap, mientras yo empiezo a sentir ya la boca seca. Pero una promesa es una promesa.

Así que ahí estoy, saliendo de la M-50 y escuchando la agradable voz de Petra -Siri no es mi tipo- diciéndome: tuerce a la derecha, gira levemente hacia la izquierda, en la rotando toma la calle de los Abstemios Anónimos… naturalmente me pierdo a mitad de camino, porque las calles no tienen nombres visibles en ningún sitio, pero como Google Maps me lleva de la manita enseguida vuelvo a encontrarme.

Por fin estoy en la zona de la lujosa ciudad dormitorio para ricos. Y ya estoy dentro de la urbanización… creo. Petra me hace seguir por la calle de los Afortunados, doblar por la de los Indecisos, y seguir hasta el final la Avenida de TeLaHemosMetidoDobladaCapullo. Y ya estoy otra vez fuera de la urbanización, pero Petra me anima a entrar en otra.

-Sigue recto por la calle de la Fe.

Sigo recto por la calle de la Fe.

-Tuerce por De Este Agua no Beberé.

Tuerzo, intentando sonreír, que me vea el Dios de las Tecnologías desde el satélite donde esté tomándose sus copitas en este momento.

-Continúa por TeLaHemosVueltoAMeterDobladaCapullo.

¡Maldita sea su estampa! También me ha sacado de la segunda urbanización y ahora ando rodando por la EmeQuinientosNosecuantos. Me vuelvo a Mad Madrid ya, y que me patrocine Five Queens, que es mi marca de burbon favorita.

Llamo para avisar de mis infortunos.

-Qué raro, pero si Google Maps es infalible.

Tu abuela es infalible, lo pienso pero no se lo digo. Y entonces comienza a darme instrucciones a la antigua usanza: cuando veas un cartel con dos tetas amarillas… (las pintó su hija, que es grafitera) lo rodeas, dejas atrás una casa que está decorada imitando la falda escocesa de Jackie Stewart…

Y así, sí. Llego a la casa, ceno con el promotor y su bella novia de turno, pero no acaba de concretarse lo del patrocinio.

Dejamos a su reina de corazones en el jardín apiscinado y salimos juntos a pasear por la infinita pradera que hace de corazón y centro de la urbanización, y es allí cuando comienza a darme la charla.

-Pero tío -ha leído a Whitman o visto la peli de Weir, pero sabe hablar en lenguaje coloquial para que puedan entenderle los animales salvajes, como su colega con coleta (mucho más antigua que la de Pabliño Iglesias, amante también de las ciudades dormitorio para ricos).

-Pero tío ¿qué?

-Que Google Maps es perfecto, es imposible perderse.

-Ya.

-Mira, te lo voy a demostrar.

Enciende su varita mágica y dice: mira estamos aquí. Pero cuando mira él se da cuena que el puntito que marca supuestamente nuestra posición no está ni de coña en el mismo lugar que nosotros. Y así una vez, dos, hasta cuatro, que se cansa, saca sus modales de ejecutivo triunfador y en el mapa, con la punta del datil de la mano derecha, me cuenta como podré salir del privilegiado vaciadero de Mad Madrid y volver a mi cubil.

Ya algo había oído sobre los DESATINOS DE GOOGLE MAPS, pero ahora ya los he sufrido en mi propia piel de rayas, en mis carnes de felino viejo:

Google Maps falla más que una escopeta de feria.

Google Maps PARECE ESTAR CONTROLADO POR UN DIOS INFORMÁTICO BORRACHO, MUY BORRACHO.

Luego, ya en Mad Madrid, pregunto en el bar, a mí las redes me la soplan, y me explican que por una parte los satélites con la localización están demasiado cargados, y que además los han desviado ligeramente, porque el personal estaba dejando de comprar el navegador para el coche y sólo llevaba el teléfono.

-Si podemos sacarle la pasta a los pringaos dos veces, ¿por qué vamos a conformarnos con una?

Teléfonos inteligentes, estafadores sutiles e ingeligentes… y eso me hace pensar en Orange y sus trampas para ingenuos instalados bajo los hojas de la APP, los zarpazos en la factura y demás, pero eso lo voy a dejar para otro día, porque estoy trabajando en la computadora que el Bar Ring siempre tiene a mi disposición y también me han dicho que hasta que no termine este artículo: ni una gota.

-Qué luego haces faltas de ortografía, se hunde tu reputación y te quedas sin pasta para pagarme las copas (¡Eso es un amigo!).

¡Dios, el desierto del Calahari es un lugar húmedo comparado con mi boca!

Bah, me quedan ya menos de tres líneas.

-Emilio, ya he terminado, así que:

Otro burbon, por favor. Y uno más de mi parte para Google Maps, chín chín de borracho a borracho. De animal a máquina controlada por tramposos profesionales: el mundo entero es ya Las Vegas.

 

Tigre tigre.

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