Mientras el PSOE se desploma en Andalucía, la amalgama de Podemos, IU y nacionalistas andaluces es incapaz de recoger un sólo voto de esa debacle. Peor aún: pierden tres escaños. “Lose-lose” en la izquierda, en un naufragio sin precedentes. ¿Responsabilidades, análisis, autocrítica? Nada. “Llega el fascismo”, el eslogan de consumo fácil para seguir cavando su tumba política y haciendo un terrible daño a la izquierda de este país.

No hay 400.000 fascistas en Andalucía. Vox es una escisión del PP, que nació con la matraca moralista del aborto y la religión, y que se ha subido a la ola del momento populista, explotando de forma espuria determinadas banderas que nadie enarbolaba. Por un lado, utilizando de forma demagógica la inmigración, con un discurso grueso y tendencioso, no exento de ribetes xenófobos. Por otro lado, practicando el identitarismo nacional, apelando a unas supuestas esencias frente al nacionalismo centrífugo que promocionaba un golpe de Estado. Arremetiendo contra el desbarajuste autonómico. Apelando a la testosterona y a una quintaesencia secular presuntamente asediada por los de dentro y los de fuera. Enseñando la puerta de salida, por la frontera, a Valls y Echenique, como si lo criticable no fueran las ideas sino el lugar de nacimiento. Como si la ciudadanía no nos la dieran las leyes, sino los ocho apellidos, el terruño o las raíces.

Pero no, no basta con describir a Vox, aunque resulta recomendable hacerlo con precisión, evitando lugares comunes. No hay ahí fascismo, aunque sí haya populismo y una preocupante reacción nacional-identitaria. Y no hay fascismo entre otras cosas por un programa neoliberal canónico, que repite los viejos mantras tan aplaudidos por los voceros mediáticos con mando en plaza. Tipo único de IRPF, fin a la progresividad fiscal, eliminación de Sucesiones y Patrimonio, desregulación y liberalización del suelo. El condimento neoliberal al rancio ultraconservadurismo moral y al zafio identitarismo completan el pintoresco cuadro híbrido. El análisis, sin embargo, no elude la pregunta: ¿y por qué este fulgurante ascenso? No vale escurrir el bulto después del desastre.

Iglesias y Garzón apelan a acelerar la dinámica de los -ismos particularistas y el tal Espinar nos cuenta por tuiter que los ricos ya tienen tres partidos a los que votar. Mientras tanto, la participación se desploma en los barrios obreros, con los trabajadores dando la espalda a la izquierda oficial de este país. Algunos han votado a Vox, reconozcámoslo aunque dé miedo. Más miedo da la grotesca reacción de los líderes de esta dizque izquierda.

El PSOE se hunde con todo el equipo: esto es, con su tupida red clientelar y corrupta, que no admite ni siquiera un tenue maquillaje. El espantapájaros del “vienen los fachas” suena a eco vacío después de décadas de recortes sociales y de degradar los servicios públicos implementando políticas neoliberales miméticas a las de la derecha. La alternativa nueva (Podemos y adláteres) suena ya vieja y acabada: la nadería posmoderna inunda las campañas y los debates, como si lo transformador fuera el lenguaje inclusivo llevado hasta el ridículo más obsceno, al tiempo que crece la precariedad y la desigualdad socioeconómica.

La retórica identitaria y particularista ha quebrado la unidad de acción de la izquierda. Ha neutralizado cualquier intento de construir una alternativa real a la hegemonía liberal. Incapaces de ofrecer una alternativa seria a las políticas desregulacionistas y privatizadoras de la derecha, la izquierda busca diferenciarse de aquella en una demencial guerra cultural, dirigiéndose las minorías, a las identidades, promocionando incluso su competición a la hora de jerarquizar la importancia de los intereses particulares de cada uno, perdiendo cualquier horizonte real de transformación social coordinada y de lucha colectiva.

En paralelo, el desconcierto es tal que se han buscado de forma apresurada sustitutos a los ejes más reconocibles de la izquierda: análisis de las condiciones reales de vida de las personas, idea de ciudadanía, unidad territorial y derechos sociales. Todo ello sustituido, por un lado, por un zafio populismo de corte peronista, y, por otro, por el nacionalismo identitario más supremacista. Todo vale para sacar un puñado de votos, para perpetuarse unos meses en el poder. Aunque por el camino se certifique la defunción política de esta presunta izquierda, por pura corrupción intelectual y, ahora además, por el naufragio electoral.

¿Qué hace la izquierda oficial pactando con unos tipos que desprecian las listas de espera en la sanidad pública catalana, la misma sobre la que han aplicado brutales recortes sociales, porque lo único que les interesa es la independencia y la fragmentación de España? ¿Qué hace la izquierda oficial participando de mareas y confluencias para defender el regionalismo más retrógrado, el nacionalismo más reaccionario, la insolidaridad, los presuntos derechos históricos, el derecho a decidir (o privilegio de separar) que divide a los trabajadores y rompe la igualdad? ¿Qué hace la izquierda oficial llamando preso político al político golpista preso, y exiliado al cobarde prófugo de la justicia? ¿Qué hace la izquierda oficial pidiendo audiencia a Torra, el mismo que llama colonos y botiflers a los no nacionalistas y bestias taradas a sus conciudadanos españoles?

Basta ya, compañeros. Basta ya de identitarismos. Basta ya de particularismos fragmentarios. Basta ya de exaltar las diferencias de género, de raza, de sexo, de lugar de nacimiento. Basta ya de populismo reaccionario. Basta ya de amnesia; basta ya de olvidar que la izquierda debe dirigirse a todos los trabajadores y debe volver a hablar de lucha contra las desigualdades, de trabajo frente la obscena precariedad que nos inunda, de vivienda pública frente a la especulación de fondos buitre y desregulaciones, de la imperiosa necesidad de lograr unas condiciones de vida dignas y decentes. Y para todo ello se necesita un Estado fuerte, no pequeños reinos de taifas separados por fronteras de la identidad, y enfrentados en una demencial lógica de la competencia y la insolidaridad.

Urge plantar cara a esta deriva antes de que sea demasiado tarde. Urge ofrecer una alternativa real desde una izquierda digna de tal nombre.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

5 Comentarios

  1. Otro que no se ha entereado de que va el movimiento indentista en Cataluña, como si la trataran tan bien que se tiene que ser golpista, cobarde, populista para querer independizarse….hacer un referendum no es un golpe d estado. Decir esto es subirse al mismo carro nacionalista del fascimo. Aquí no hay solución. Una izquierda demócrata debe permitir un referéndum, o se es demócrata o se otra cosa. Democracia es votar.

  2. Lamento decirle que usted tiene una noción sesgada y caricaturizada de la democracia. ¿Pueden votar los ricos para no pagar impuestos? ¿Y se puede votar para excluir a personas que participen de determinada identidad (mujeres, negros, homosexuales) del cuerpo político democrático? Pues por supuesto que no. Precisamente porque eso nada tiene de democrático.

    Cuando se hace un referéndum, ¿quién participa en el mismo? ¿Los nacidos en Cataluña, los originarios, los residentes, los que acrediten pureza identitaria, ocho apellidos, raíces seculares? Si deciden solo “los catalanes”, desde antes de decidir ya estamos otorgándoles la potestad de ser ese “demos” que decide… para lo cual alguien previamente ha debido designar que son ellos quienes pueden decidir con independencia del resto de sus conciudadanos. ¿Y a ese alguien quién lo ha elegido? Pues nadie, ellos mismos. En base a la pura arbitrariedad. El argumento es circular y nos lleva a un callejón sin salida.

    Al mismo callejón que seguir sin entender que los Estados democráticos no son comunidades de sangre o de identidad, son comunidades de ciudadanos. Mestizos, mestizos todos. La ciudadanía no admite grados, se es ciudadano o no se es. No vale estratificar como usted pretende la ciudadanía: los de primera, y el resto, nativos o extranjeros cuyo papel es el de esperar a que los más cualificados decidan si les privan de la misma. De ahí que unos pocos no puedan disponer de la ciudadanía de todos. Por eso mismo ninguna pretendida identidad puede esgrimirse para la apropiación indebida de la ciudadanía compartida. Precisamente no hay nada menos democrático que tal pretensión.

  3. Muchas gracias. Quería empezar de esta forma mi mensaje, por haber irrumpido. Llevábamos muchos años sin una izquierda de verdad, y que diga las cosas sin complejos. Habéis dado, y espero que sigáis dando, una bocanada de aire fresco muy necesaria.

    Respecto al tema catalán, que es el que le han respondido. Que les quede claro que sí entendemos todo, otro tema es que no seamos tontos ni nos chupemos los dedos. En definitiva, “ricos” que no quieren contribuir con el resto (tiene mucha más miga, pero es un resumen). Mira, ya tienen algo en común con vox.

  4. Gracias por el artículo Guillermo. Abre un resquicio de esperanza para los que nos sentimos de izquierdas (de esa izquierda que busca la igualdad, la defensa de los más débiles y la justicia social a tracés de la solidaridad) y asistimos perplejos como los partidos de la izquierda oficial, así como muchos periodistas y personas corrientes, tienen como gurús izquierdistas a políticos como Rufián que, mediocridad aparte, son capaces de sostener que “ellos les pagan la beca comedor a los niños de Jaén” y que “tendrán que ser solidarios en tanto en cuanto quieran serlo”. Un discurso tan asqueroso y tan “fascista” hacia las regiones más pobres del país como el que podría tener Vox frente a inmigrantes árabes o africanos.

    Aunque no estaba seguro de querer votar en las últimas elecciones andaluzas, al final me obligué a hacerlo por Adelante Andalucía, no sé si por considerarlo el mal menor o sencillamente por costumbre. Si en las próximas, sean europeas, generales o autonómicas, hay una opción de izquierda real y solidaria, no dudaré a la hora de votar.

    Un saludo.

  5. Señor del valle, su discurso no dista en fondo al del caudillo y su “una grande y libre” pero la realidad histórica de este pais es otra que no refiere o desconoce. Los reinos de taifas sobreviven en toda vigencia y le sugiero leer el fondo existencial de esta acepción y su significado histórico. Yo pertenezco a un país dentro del suyo que en lugar de 400 tiene 4000. Los vascos conservan su lengua, la más antigua de Europa incluído el griego jónico, y los catalanes exhiben sus documentos de 1200 años de antigüedad. Habla a tus lectores de tu España y yo daré cuenta de los horrores, disparates y vergüenza que ese trazo histórico nos trajo

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