Con la madurez que dan los años. Las horas y horas que ha pasado en las pistas de medio mundo. Manteniendo la esencia de su juego, la que le llevó a la cima del tenis mundial. Eléctrico, sorprendente, preciso, físicamente perfecto. Sin dar una bola por perdida.

Ese es el Nadal que ahora tenemos. El que barrió, literalmente, a Djokovic de la pista. Al final el esfuerzo del balear en cuartos le sirvió mucho más que el descanso del serbio que llegó a esta semifinal sin tener que jugar.

En la Caja Mágica. No podía ser en otro lugar. Porque mágico fue el tenis de Nadal. Vi el primer set en directo y el segundo en diferido, uno no puede hacer más.  Rompiendo una racha de siete derrotas seguidas ante Djokovic. Que es un fenómeno pero que no está en su mejor momento. Siempre he pensado que su peor enemigo no era el rival de turno sino su cabeza. El serbio ha despedido a su equipo técnico, se encuentra en un momento de transición. Y esa no es la mejor forma de enfrentarse a un Nadal pletórico en tierra batida. Y en Madrid, donde se encuentra como en casa. Porque es madridista y el público, aunque los haya de todos los colores futbolísticos,  le considera uno de los suyos. No hay ciudad más abierta que la capital. Y Nadal es considerado como un madrileño más.

Siempre faltarán palabras para hablar de Rafa. Lo suyo es difícil de explicar. Si todos los españoles tuviéramos su capacidad de sufrimiento, de superación, que bien iría este país. Nada de Nadal sobre la pista sucede por casualidad.

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