Eso no se hace.

Eso no se hace.

Eso no se hace.

Orino en el Parque del Oeste detrás de un seto. Cinco de la mañana. Sábado.

Un joven vestido con el uniforme habitual de los stripper toca mi hombro. Me corta la meada. Hay otro hombre vestido igual.

Eso no se hace. Debe acompañarnos a la central.

Automóvil con luces. Entra en el coche.

Eso no se hace.

Déjenme coger mi bolso. Despedirme de mi amiga. Está aquí mismo. Al otro lado del seto. Se va a preocupar.

No. Entra en el coche.

Por favor, no. No me lleven a la central. No lo volveré a hacer.

Dentro.

Me siento. Se cierran las puertas de las que no escapa nadie.

Por favor, no lo volveré a hacer.

El coche se mueve, rueda. Apagan la radio. Viaje eterno. Rodamos hasta la Casa de Campo.

Por favor, llévenme a la central. Ahora sí quiero ir.

Eso no se hace.

El conductor para el coche y me obliga a bajar. Me aleja de los faros apagados. Me tumba. Me toca. Cae sobre mí.

Eso no se hace.

Viene el otro stripper. Ya está bien. Se te está yendo de las manos. Como susto es suficiente. Sube al coche.

Enciende el motor. Dudo desesperada: salir corriendo detrás de ellos; quedarme en la Casa de Campo sin bolso, dinero, móvil.

Se marchan.

Tiritando una noche de julio en Madrid, recompongo mi ropa y camino a ciegas. Necesito ser invisible. No lo soy.

Una prostituta me pregunta qué hago ahí. Le cuento. Hijos de puta, dice. Me acompaña a una salida. Un camello nos ofrece lo que vende. Me regala dinero para un taxi.

Vuelvo a casa. Mi amiga está esperando en nuestro portal preocupada, enfadada. Eso no se hace.

Y yo no denuncio. Estaba borracha. Cinco de la mañana. Orinaba en un parque.

 

Y eso no se hace.

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